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jueves, 7 de abril de 2016

Prendámosle fuego a la casa del árbol.

Leí el lunes pasado un post bastante largo de tumblr al que llegué por un tuit. Ese post relataba incidentes de corte machista dentro de la comunidad de los juegos de miniaturas que le han acontecido a una (o tal vez varias, no especifica si todos son suyos o incluye de más mujeres) chica canadiense. El motivo fundamental de que hiciera el post estaba en que aparentemente se había formado una campaña de acoso contra ella por sus comentarios y críticas sobre un juego en concreto y señalaba a miembros de la editorial que publica el juego y produce sus miniaturas.

En su post, esta chica calificaba la situación de terrorismo blanco machista, por identificar a los responsables de la conducta como varones blancos que abusaban verbalmente y/o físicamente de las mujeres y de gente de color. La lista de lo que refiere podéis leerla pero es la típica lista que va de los comentarios peyorativos sobre las mujeres y su valía, pasando por comentarios sexuales improcedentes y llegando a tocar o pellizcar en diversas partes de su cuerpo. En cuanto a lo racista, relata un incidente concreto en el que los habituales de una tienda se refirieron a un cliente negro con la palabra "nigger" ("negrata/negraco") con esa actitud "de buen rollo" de los blancos que no saben que la forma en la que la usan entre ellos no es permisible desde fuera. 

Sobre la cuestión de los abusos físicos, etc., sería de esperar lo de lo "recurre a la policía". Pues bien, relata también las ocasiones en las que ha recurrido a la policía y las respuestas obtenidas, casi todas tan familiares como el típico "Pero ¿cómo ibas vestida?". El incidente que es especialmente sangrante es el de 2015: 

Es 105 y estoy denunciando el acoso ante la Real Policía Montada del Canadá:
-¿Esto como el juego ése del WaterGame*?" pregunta la agente. Sonrío aliviada.
-Sí. Sí, es muy parecido.
La agente suspira, -Tendríamos mucho menos trabajo si las mujeres permanecieran lejos de fracasados psicópatas.- Miro las pruebas delante de mí. Estoy de acuerdo.
En cada discusión sobre acoso online me encontrarás diciéndole a las mujeres que llamen a la policía. Lo que no oyes es a la policía diciéndole a las mujeres que se mantengan alejadas de las comunidades de juegos por su propia seguridad. ¿Qué dirían los gamers si supieran que la policía les dice a las mujeres que eviten las tiendas de juegos de la misma forma que evitan las casas de las fraterninades?
-De todos modos, ¿por qué es tan importante para usted? La agente es brusca pero lo aprecio.
-Es mi afición. Me encanta. Llevo haciendo esto veinte años.
Su respuesta me corta hasta el corazón: -Encuéntrese otra afición o acabará muerta. 

Llevamos viendo en los últimos cinco años una radicalización en la retórica y la conducta en la comunidad de jugadores de videojuegos (agarrados a la etiqueta de "gamer" [N.del A.: odio esta etiqueta; yo, al menos, soy un jugador de juegos]) que culminó en el Gamerhate. La importancia de este fenómeno creo que es tan grande por lo que significa implícitamente que en sí mismo (las campañas de acoso contra mujeres que han montado, pesadillas que niegan en los hechos la pretensión de que todo es un tema de ética periodística en la crítica de videojuegos, que siempre fue un sector poco independiente, aunque llegó a tener momentos de mucha vergüenza ajena mucho antes del Gamerhate). Soy de los que cree, en efecto, que el Gamerhate es uno de los teatros de una guerra cultural**, al igual que lo fueron los Sad Puppies: es el resultado del choque entre un colectivo o comunidad que ha construido una identidad de grupo o tribu, una identidad cultural, en torno a unas premisas y reglas que estructuran esa comunidad y su visión del mundo, y, en este caso, cambios en la realidad que ponen en cuestión esa visión del mundo. 

En el caso de lo que señala la autora de Latining en su post original, nos encontramos con que la comunidad de los juegos de miniaturas sufre de una serie de problemas comunes con el Gamerhate y que creo que podría describirse como "síndrome de la casa del árbol" (o como "síndrome del club de caballeros", según señalaré luego).

DISCLAIMER: aunque soy científico, no tengo una educación formal en humanidades o ciencias sociales***, así que ninguno de mis planteamientos viene de nada más allá de la observación de evidencias empíricas. Sentíos libres de cuestionarme.

La comunidad de los juegos de miniaturas, históricamente, resulta de tres tradiciones previas: la de los juegos de guerra formales (que vienen del Kriegspiel prusiano y de las Little Wars de H.G. Wells), de los soldaditos de plomo y miniaturas (hobby pijo que se remonta al siglo XVIII por lo menos), y de los juegos de rol de los setenta (como forma de visualizar las acciones del Dungeons and Dragons). Esencialmente, estamos hablando de un hobby o afición que, por sus características, se origina en Estado Unidos y es practicado mayoritariamente por varones, partiendo de adolescentes, de clase media en los años setenta, aunque el fenómeno gane inercia en Europa, sobre todo en Reino Unido, en los ochenta, con 'Rogue Trader' y 'Warhammer'. El nivel socioeconómico en estos contextos geográficos lleva implícitamente aparejado el componente de población blanca.

Esta afición, como los juegos de rol, atrae a un perfil de adolescente más que de adulto porque suele acompañarse con ambientaciones fantásticas o de ciencia ficción, dejando para el público más adulto el juego más próximo al wargame formal basado en ambientaciones históricas o más realistas, aunque es una generalización. El conjunto de literatura y películas SFF (Ciencia Ficción y Fantasía), juegos de rol, juegos de miniaturas, cómics, videojuegos, etc. forma un cliché de hobbies propios de "frikis" (N.del A.: odio esa palabra), nerds o geeks. Lo típicamente asociado a estos perfiles es la de personas con mejor rendimiento académico o mayor inteligencia, peor rendimiento deportivo/físico y mayor imaginación que la media (nuevamente, generalización), que encuentran más placer en actividades intelectuales y sedentarias que en las actividades físicas y deportivas. 

Muy probablemente estos clichés no resulten válidos hoy como aplicables a todas las personas que practican estas aficiones, además de que sea ahora un perfil minoritario, pero, y este es el punto clave, en el pasado lo fueron y crearon un sentimiento de grupo y una identidad cultural que definía a "la tribu". Así, lo que resulta es una caracterización de que quienes forma(ba)n parte de esta comunidad concreta de los juegos de miniaturas eran hombres (por motivos socioculturales las mujeres socializaban de otra forma y las aficiones de guerra "no eran de chicas"), blancos y de clase media, o, lo que es lo mismo: lo que la sociedad nos machaca como el "por defecto" de la humanidad. Que conste que no entro en el aspecto de la orientación sexual o la pertenencia a identidades LGTBQ o alternativas pero no creo ni que deba mencionar que todos estos "generales de salón" eran heteros (al menos hasta el momento en que no lo eran, según aceptación local). Y todo esto en un contexto general de una sociedad heteropatriarcal.

El problema es que una vez establecida esta identidad cultural y las narrativas asociadas a ella, la existencia de una realidad "ahí fuera" que no encaje con ellas y que quiera participar de la actividad puede encontrarse con el fenómeno del "gatekeeping" inherente. Igual que esa mitad de los jugadores de videojuegos que son mujeres no son "verdaderas gamers" (lo que coño que quiera que sea eso), las mujeres que quieren participar en la comunidad de juegos de miniaturas son "bichos raros" y no son "verdaderas aficionadas". Además, tienen que enfrentarse a un entorno que ha sido generado y perpetuado durante años y en el que las representaciones de las mujeres (y de las minorías) se limitan a estereotipos o formas concretas muy restringidas y, habitualmente, sexualizadas (si buscáis miniaturas de elfas os haréis idea. La idea de que haya miniaturas de mujeres que enseñen menos carne que las de los hombres es, por ahora, una especie de novedad). 

Ese "gatekeeping" ocurre porque una fracción importante de hombres considera que la afición es su propiedad particular y que cualesquiera cambios en la narrativa establecida por su identidad cultural es un atentado contra ellos que pretende destruir la afición. En el fondo, es una manifestación de una visión limitada de la realidad que pone en cuestión los privilegios de los que disfrutan en la sociedad, que obliga a replantearse que ser hombre, blanco, cis y heterosexual (cishetwhitemale) no es el "default" de la humanidad. Dado que estas aficiones tienen un componente de escapismo bastante relevante, considero que esa defensa desesperada de una visión del mundo, que hace central ese combo cishetwhitemale, tiene un punto de ansiedad. Personalmente, sospecho que  esa ansidedad tiene que ver con la crisis social más general en la que nos encontramos, en la que los referentes que funcionaban para las generaciones precedentes han quedado destruidos desde la misma base, en la que la inseguridad laboral ha robado el papel central en la sociedad a los hombres y una de sus razones de ser.

Estos movimientos reaccionarios frente a las mujeres y las minorías (y su representación legítima) en estas aficiones son los estertores de una época que muere, un intento de preservar una realidad que no es tal y a la que intentan escapar ciertos individuos que por su propia neofobia son incapaces de lidiar con el hecho de que su ideología "neutral" colisiona de cara con el futuro de la sociedad. Porque esto es fundamental: estos movimientos (o actitudes, si no están constituidos como movimientos) se pretenden neutrales, no quieren mezclar en sus juegos/libros/lo-que-sea política/sexualidad/etc., rehusan la inclusión en "su" afición, aquello que choca con su ideología y buscan la "neutralidad". Sin embargo, como decía Theodor Adorno "La llamada neutralidad es cualquier cosa menos neutral. Al abstenerse de tomar partido, en realidad, está tomando partido." La ideología, como explica aquí Slavoj Zizek:

existe por defecto, es una infraestructura de nuestra percepción que condiciona como vemos el mundo (Bonus: el de los chicos de Bukku qui y la ideología en los videojuegos). La neutralidad, por tanto, no es tal, sino que es un punto de vista concreto que impone sesgos a priori en nuestra forma de ver el mundo. El problema que tienen los Gamerhaters, los Cachorritos tristes y otros es que "el mundo se ha movido", que la sociedad y sus valores han cambiado: la historia ha seguido su curso, colectivos oprimidos e invisibilizados han reclamado su lugar y las limitaciones en la narrativa ya no sirven. 

La metáfora de la casa del árbol que comentaba al principio es apropiada por la inmadurez que lleva implícito este rechazo a adaptarse a una realidad más variada, como si no pudieran salirse de los límites de su forma de ver el mundo en blancos y negros como cuando eran críos, pero también es procedente la del club de caballeros, creo yo, por las implicaciones de género y clase socioeconómica que tienen estas aficiones. A partir de ahí, las consecuencias de este berrinche, ese terrorismo que señalaba la autora de Latining, son sólo la consecuente radicalización de un colectivo que se resiste a perder sus privilegios. Va siendo hora de prenderle fuego a la casa del árbol y de invitar a los mendigos a desayunar en el club.

Ampliación 18/4/2016: un artículo interesante que complementa/reitera bastantes de las cosas que señalaba.

*¿Warhammer, quizás?
***JA JA JA JA JA.

P.S.: en un foro tuve bronca cuando comenté que consideraba que, independientemente de los valores literarios de Tolkien, su obra era racista. Sigo sosteniéndolo.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Mi vida.

El otro día me dió por pensar un poco sobre mi condición actual y mi vida y me dí cuenta de que podría resumirla en series de Televisión:

-Mi familia es como la de los Soprano, sólo que sin los chanchullos.
-Mi trabajo es como de the Office, aunque mi jefe sea majo, pero con lo que implica sobre el día a día.
-Mis amigos son... bueno, una mezcla entre los de Friends y Cómo conocí a vuestra Madre pero con más mala hostia (como debe ser).
-Me gustaría que la política fuese más como la de el Ala Oeste pero sin duda es como en the Thick of It.
-Me gustaría gustaría tener una vida sexual como de the OC o Gossip Girl pero se parece más a la de Bored to Death.
-Me gustaría viajar tanto como los de Star Trek pero no llego ni a Perdidos.
-Me gustaría sacarle a mis días el partido que les saca Jack Bauer en 24 a los suyos pero me los paso como los camellos de the Wire.

lunes, 10 de enero de 2011

Worf y el arquetipo en Star Trek.

Ya me vale tomármelo con tanta calma y escribir una columna sobre Star Trek pero vaya, el blog es mío y me lo follo como quiero. El caso es que últimamente me ha dado por terminarme ST: Deep Space 9 (en adelante DS9) la mejor de las series de la franquicia (después estaría ST: the Next Generation, en adelante TNG, pero es sólo mi opinión y está sesgada por mi preferencia por los arcos argumentales largos). Sé que esta columna no interesará a los más profanos pero me gustaría que encontrasen por lo menos un ligero interés para adentrarse en el mundillo con calma y poco a poco.

Worf, hijo de Mogh, empezó como un personaje menor dentro de ST:TNG. La concepción inicial de la secuela de Star Trek orientaba al Enterprise como una especie de metáfora familiar donde cada personaje principal tenía un arquetipo asociado, de modo que el capitán Picard (best captain ever, no discussion) era el padre, la doctora Crusher (hmmmmm, redheaaaaadssssss) era la madre (MILFtástica, claro) y el resto de los tripulantes venían a ser los hijos, dentro de una especie de jerarquía que podría discutirse si incluía necesidades especiales. La idea del Enterprise como una especie de culebrón familiar, por tanto, no es ningún descubrimiento y los arcos de los personajes en TNG, bastante tenues, marcaban el reparto de los argumentos episódicos, algo que ni siquiera la muerte de Gene Rodenberry cambió, a pesar de que la serie cogió más vuelo y se volvió más profunda en términos político-estratégicos in universe.
Dentro del marco familiar, como digo, Worf era el chaval adoptado de ambiente marginal. Ser el único Klingon en la Flota Estelar marcaba el tono: el público estaba acostumbrado a que los Klingon, una especie de hunos galácticos, fuesen el enemigo y aquí había uno que era parte de la tripulación-familia (y por la época como meter un soviético en un submarino americano). La historia de Worf venía a ser que sus padres naturales habían muerto en un ataque romulano sobre la colonia en que vivían, Khitomer, algo que cambió el equilibrio de poder entre el la Federación, el Imperio Klingon y el Imperio Romulano, llegando a una alianza entre los dos primeros. Worf había sido adoptado por un suboficial de la Flota Estelar que formó parte de la tripulación de una de las naves que acudieron a ayudar a los supervivientes del ataque.
Worf creció en el entorno de su familia adoptiva, aunque cuando tuvo edad suficiente también viajó a Q'uonos (pronúnciese Cronos) y conoció a sus familiares lejanos, optó por graduarse como oficial de la Flota Estelar. Atípico como poco.
Worf, a lo largo de TNG y después en DS9, demuestra que es un arquetipo auténtico de mestizo atrapado entre dos mundos canónico, aún siendo totalmente Klingon. Worf es la demostración de los efectos de la educación sobre la genética desde el mismo momento en que, aunque asume como suyos los valores Klingon y se precia de ser un guerrero en la tradición de su especie, no acaba de encajar del todo dentro de la sociedad Klingon. No obstante, esto se debe a que manifiesta una idealizacion del mismo concepto de lo que es ser Klingon. Repetidamente, como adversarios o como aliados, Worf se encuentra con Klingons que no alcanzan el estándar de honorabilidad, valor o cualesquiera otros valores que dan forma al Klingon ideal. Worf, extrañado en su etapa infantil y juvenil de su familia y su sociedad natal, demuestra estar desconectado de la realidad Klingon.
En ese sentido, Worf es un conducto para negar, hasta cierto punto, la objeción clásica de la uniformidad arquetípica de las especies aliens en ST (por lo menos en lo personal, si no en la forma humanoide pseudomamífera). Worf es el punto de contacto real del espectador con otra sociedad aparte de la Federación y en la que se demuestra la variedad entre individuos de una misma especie. Mediante Worf llegamos a apreciar las sutilezas en la sociedad y como el patrón ideal de lo que es ser Klingon, si alguna vez llegó a cumplirse, ha entrado en decadencia, arrastrado por intrigas y pequeñas mezquindades que son igual de comunes en las demás especies (incluida la beatífica Federación). Si esto no se aprecia de igual modo entre los romulanos o los cardasianos, por poner ejemplos de antagonistas habituales de la serie, es porque el contacto dentro de sus sociedades está más restringido en cantidad y calidad (hasta la fecha no ha habido protagonistas regulares que mostrasen el funcionamiento interno de ambas sociedades).

Por otra parte, Worf como personaje ofrece un arquetipo que resulta también interesante. Su actitud de rectitud y virtud marcial (bastante más zen y un tanto despegada del mongolismo, en sentido estricto, de los Klingon como guerreros) hace que Worf sea el miembro más solitario de la familia del Enterprise (excepción hecha de Data, que como androide carece de sentimientos, directamente). Ese distanciamiento respecto a todos los demás también es el que le deja parcialmente cojo en sus relaciones sociales: la torpeza de Worf en el terreno de la amistad, las convenciones sociales y las sutilezas del cortejo amoroso (aún sus ideas respecto al amor y el sexo hacen de él un cierto reflejo del caballero artúrico).
Worf vive, ante todo y sobre todo, basando su conducta en unos valores marciales cercanos a lo que vendría a ser el Bushidô o el código de caballería. Su relación con una auténtica mujer medio Klingon-medio humana, K'Elheyr sirve para plantear el conflicto entre esas aspiraciones (su deseo de casarse con ella) y la realidad (una moral sexual imperante en la Federación de lejos más abierta que la presente, aunque nunca se haya comentado muy explícitamente salvo en lo concerniente al planeta de vacaciones Risa). El hijo que surgiría de un reencuentro entre ambos y que crecería sus primeros años sin contacto con su padre regenerará el ciclo del mestizo por otros motivos y volverá a llevar al personaje al entorno familiar dentro del Enterprise para tocar el tema de las responsabilidades y, de hecho, los mismos conflictos a los que se enfrentó el propio Worf en su infancia y juventud.
A la vez, y como reacción al mismo conflicto entre el idea de lo que es ser Klingon y la realidad pero en el sentido opuesto, es el propio Worf el que pasa a demostrar la mayoría de las veces lo que supone dar la talla en honor, valor, disciplina y lealtad. Es él el que demuestra estar por encima, en valores, de la mayoría de los demás Klingon cuando llega la hora de la verdad, si bien, insisto, su aceptación de un modelo ideal de Klingon coarta el obvio disfrute de la vida que si muestran los demás Klingon llegando al entusiasmo temerario.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Grand Guignol.

Vale, ha pasado ya una semana larga desde la crisis de los controladores aéreos. Tenía en mente escribir esta entrada el domingo de la crisis o así pero preferí esperar a ver si todavía daba tiempo a que en los medios surgieran más gilipolleces y, la verdad, a veces aborrezco tener razón y ver la mierda desde lejos.
En esta semana ha dado tiempo para que el personal haga todos sus análisis y gasten materia cerebral, si de eso tienen, que es cuestión aparte, analizando el tema. A mí la cosa me disparó todas las alarmas la tarde del sábado 4 porque me había pegado la noche anterior y casi lo que llevaba de día pegado al Ciclo de Noticias en CNN+. Para los que no hayáis visto the West Wing, el Ciclo de Noticias es, básicamente, el hecho de que los informativos funcionan como los terriers: cogen una noticia y no la sueltan hasta que el público, por puro aburrimiento o lo que sea, se cansa y ya no le interesa seguir chupando su dosis de pánico o, más en general, drama sobre ese tema. Los fines de semana, los puentes y demás periodos vacacionales suelen tener un efecto devastador en ese tipo de cosas porque, al ocurrir menos cosas (al menos donde importa) pueden hacer que se fije un tema en los informativos y eso desgastar mogollón a los gobiernos, empresas, etc.
Pero me desvío. La cuestión en sí es que ya a eso de las séis de la tarde del sábado de la crisis decidí que ya había tenido bastantes análisis incisivos, declaraciones de afectados y otros lloros por el estilo en CNN+ que no me aportaban nada. Si no hubiese estado haciendo cajitas y manualidades diversas para pimpear algunos de mis juegos de mesa habría cambiado de canal dos horas antes pero aguanté la mierda y sólo cambié para ver la película que emitían en Cuatro como homenaje al recientemente difunto Leslie Nielsen, que no era otra que (bendita ironía del Universo) Aterriza como puedas. Para entonces estaba saciado con la sensación de que algo olía a podrido pero bien.

Revisemos, por un momento, los hechos, a grandes rasgos:
-El gobierno aprueba un decreto que modifica por las bravas el régimen de los controladores justo el viernes por la tarde antes de un puente gordo.
-Los controladores se mosquean y deciden realizar una huelga encubierta abandonando sus puestos alegando enfermedad.
-El gobierno cierra el espacio aéreo. Caos aéreo total, cancelaciones catastróficas, etc.
-Se aprueba otro decreto de militarización del espacio aéreo y se da un ultimatum a los controladores.
-Los controladores siguen diciendo que nones.
-El gobierno moviliza a los militares para que tomen el control de las instalaciones civiles del tráfico aéreo, decreta el estado de alerta y planta sobre la mesa las acusaciones de desobediencia y sedición para los controladores que no se presenten.
-El ministro de fomento comenta que los del sindicato de controladores se han reunido con los dirigentes del PP en la semana precedente.
-Los controladores se van doblando y poco a poco se restaura una especie de normalidad.

Lo peor de todo es que en todos los canales había un ambiente de linchamiento mediático contra los controladores. Bien es cierto que ellos no facilitaron las cosas: su modo de hacer huelga no fue legal y no me parece ni medio digno el intentar soslayar una huelga de verdad con una gripe azul, además de que no dieron la cara en los medios de forma terminante. Sin embargo, todos los medios estaban en la misma onda y lanzaron contra los controladores la misma retórica fácil de números y cifras que tan vacía me suena, especialmente cuando el gobierno ha tenido que causar una excepción del orden democrático para solventar la situación.
Es cierto, por otra parte, y como bien señalaba otro bloguero por ahí (leedlo, es muy instructivo. Buzzeado por Patch), que los controladores tienen un régimen de empleo que es especialmente duro. De forma resumida: tienen unas responsabilidades muy jodidas y controlar un espacio aéreo civil no es el "cubo" que tiene un controlador militar. Como el sueldo base es una mierda (cosa que oculta el gobierno), la mayoría del sueldo viene de suplementos de productividad y horas extra. El problema es que el número de controladores (y aquí está la responsabilidad del gremio) está limitado, entre otras cosas, porque los controladores tampoco quieren dejar de cobrar sueldos altos y gestionar quién entra y quién no, aunque AENA tampoco ha contratado nuevos controladores para evitarse el conflicto laboral. Es decir: que ambos extremos de la película han estado implicados en aumentar la presión del tema hasta que ha roto.

Y ¿cómo ha roto la cosa? El tempo de la crisis no es que resulte sospechoso, es que induce a pensar en premeditación a cualquiera que no sea un completo imbécil. Parece ser que para apañar la papeleta de la homogeneización a nivel europeo de las licencias de controlador para el año 2011, los ministerios de Fomento y Defensa montaron un pequeño plan, que es lo que hemos visto desarrollado en el puente precedente. Es decir: que, aparentemente, el gobierno plantó una encerrona a los controladores en la que éstos, gustosamente, entraron sin pensárselo mucho. El descontento social (de todos aquellos socios que podían pulirse euros en el puente porque tienen empleo y esas cosas; que igual es que yo soy un parado resentido, a lo mejor) y la indignación de la opinión pública (ese público tan respetable que permite que le machaquen sus derechos laborales) facilitaron que un gobierno que se dice democrático y socialista haya hecho palanca con la legislación para militarizar civiles y forzarles a trabajar bajo amenaza de presidio.
¿Qué? ¿Cómo se os queda el cuerpo? En vez de haberse planteado una gestión del tema progresiva y razonable en la que aumentar el número de controladores, implantar límites no ya a las jornadas, sino a las horas extra y así dar a los controladores aéreos y al público una solución razonable en la que no comprometer la seguridad del transporte aéreo ni forzar los límites del estado de derecho, han llevado la situación por un camino que a la larga puede hacer que el estatuto de los trabajadores se convierta en papel mojado y elevar la conflictividad laboral. Es algo tal que sacado de Rubicon*. Si es que a los trabajadores les quedan cojones de luchar por sus derechos, que esa es otra. En fin, camaradas, quizá sea hora de volver a la clandestinidad.

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*Rubicon es una serie de la AMC que han cancelado después de una sola temporada. Era realmente buena pero al parece a la audiencia no le ha convencido una serie de espías (en realidad, analistas de inteligencia) en la que el protagonista no tortura terroristas para salvar el país y todo ocurre en tiempos razonables. Aprovechad para verla, que es muy buena y nada maniquea.
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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Cyberpunk, Steampunk y el fin del futurismo.

A raíz de la última columna de Mosky, me surgió, de forma más o menos intuida, aunque debía estar cociendo desde hace tiempo dentro de mi cabeza, la relación cultural y socialmente anímica entre el Cyberpunk, el Steampunk y nuestro mundo o sociedad.

La movida de wikileaks de la liberación de documentos y los intereses que pueden hallarse detrás de los nobles propósitos de claridad y limpieza en la información que los gobiernos proporcionan a la ciudadanía da pie a plantearse de forma seria que, dejando de lado a los rusos (la cleptocracia del momento) y a los chinos (la dictadura autoritaria por excelencia), quienes difícilmente se ruborizan al dejarse en evidencia sus abusos de las libertades y derechos humanos, es probable que haya grandes grupos de intereses económicos y corporaciones detrás de estas maniobras. Va muy en la línea de argumentar que los gobiernos tradicionales están en declive y que todos los servicios que prestan podrían ser privatizados (algo que la última crisis global ha desmentido, sobre todo cuando Alemania y Francia han mantenido el pulso firme de sus economías mediante un intervencionismo nada disimulado).

Dejando de lado la noticia reciente, lo que queda es la idea, que ya tenía muy asentada, de que el Cyberpunk hace tiempo que pasó de ser ficción especulativa a una especie de crónica realista de nuestro tiempo sólo parcialmente deformada por la falta de ciertas informaciones. El futuro de William Gibson en los años ochenta es nuestro presente, mutatis mutandis. Las megacorporaciones de poder desproporcionado son un hecho desde hace años y la voracidad de Microsot, Google y otros son un reflejo de la lógica monopolista del neoliberalismo económico, la misma situación del entorno reaganiano en el que escribía Gibson. La privatización y mercantilización de casi todo es otro signo similar y no hay que esforzarse demasiado para ver que los contratista de seguridad que han operado y operan en Irak y Afganistán no son más que compañías de mercenarios que trabajan para las compañías privadas que operan en ambos países tan pronto como lo hacen para los gobiernos de ambos estados. De momento las formas y las acciones en los mercados han evitado la violencia física utilizando estos agentes (sin incluir el espionaje industrial, claro) pero no hay que descartar nada en la lucha por los dividendos.
Es cierto: no tenemos las nubes cerradas y el entorno opresivo del Cyberpunk pero a lo mejor es que no nos estamos fijando bien o que el cambio ha sido tan gradual que no lo sabemos captar. Los bloques de publicidad de cualquier cadena mayoritaria nos lanzan un lenguaje de encefalograma plano y una realidad pequeñoburguesa que, comparada con lo que se percibe en la calle, sólo se adapta a un sector de población que sólo podemos definir como los esclavos corporativos, los sarariman que ni siquiera son sarariman porque ya ni siquiera en Japón se opera con aquellos principios feudales por los que uno entregaba su vida a la compañía a cambio de que la compañía te asegurase tus medios de vida. Sales a las calles para contemplar algo que convierte Blade Runner en crónica social mientras la televisión te remite a una vida pequeñoburguesa que sólo pertenece a los lacayos de las compañías.

Aquí estamos, 2010. El Steampunk asciende como corriente estética. ¿Dónde está el atractivo de un futuro pasado, de esa tecnología que nunca fue basada en el vapor y el carbón? Dando de lado los aspectos de imagen, ciertamente de un barroquismo y un estilo reconocibles, hay algo reconocible, aunque a lo mejor no tan obvio: el futurismo, el optimismo que radicaba en las visiones de Verne y de Wells que confiaba en que la tecnología mejoraría nuestras vidas. El ascenso del Steampunk es una reacción frente a un presente en el que la tecnología no nos ha resuelto la vida, si no es que no nos ha vuelto más esclavos de ella misma y de los poderes fácticos (medios de comunicación que nos bombardean con los anuncios, el Spam, el estar controlados y localizados por el móvil, etc.) o directamente está destruyendo nuestro medio ambiente (contaminación, cambio climático y calentamiento global...).
La atracción del Steampunk responde a la necesidad humana de buscar un futuro que, ahora mismo, nos resulta oscuro. Al contrario de lo que argumentaba algún gilipollas, no se ha producido el fin de la historia pero si que se ha producido el fin del futuro. Ha dejado de existir la aspiración por un futuro mejor ya que se ha proclamado que la utopía es inviable e irrealizable, sólo existe un presente perpetuo en el que las cosas son como son y en el que las mejoras y los cambios que pueda haber sólo podrán ocurrir dentro de las reglas del juego que están establecidas. 1984 en versión capitalista liberal o, si se prefiere, Un Mundo Feliz.

En medio de la crisis económica en la que estamos, las evidencias están ahí para verlas: la guerra constante en la que el enemigo es Eurasia, y siempre ha sido Eurasia, es sustituida por las crisis regulares del mercado en las que los especuladores rebañan el pastel sacando beneficio de la destrucción del tejido productivo de los estados. En vez de destruir físicamente los recursos producidos en las fábricas en la guerra contra Estasia, que siempre ha sido nuestro enemigo, los recursos son destruidos en las crisis del mercado y por la obsolescencia programada para generar una necesidad constante de consumo.
El sistema, claro está, queda en manos de los productos electorales de turno, cuya competencia, más allá de los talentos y capacidades de sus miembros, siempre estará limitada por los mercados, las manos invisibles y otros poderes cuya entidad se aproxima más a la metafísica que a lo material. Si los objetivos del marxismo y el socialismo científico son una utopía, al considerarlos fuera de un marco leninista, que se aproxima a la religión, los postulados del capitalismo neoliberal no son mucho mejores: el comunismo busca inmanentizar el escatón (motivo por el que las religiones lo aborrecen: no pueden tolerar un paraiso terrenal, si no se quedarían sin negocio) pero el capitalismo emplea figuras que refieren a la retórica de las divinidades y del destino.

El futurismo lleva años muerto o en coma porque, precisamente, el futuro carece de atractivos. La carrera espacial dejó de tener interés cuando no había unos soviéticos para competir, así que ¿por qué molestarse en marcharse fuera? Podíamos conseguir el paraiso en la Tierra (en versión capitalista y a un precio asequible, claro está). Se acabó soñar con las estrellas, que eso es algo muy caro y no interesa a los votantes. Aquí está toda la aventura que podemos necesitar: televisión, consolas, internet... Y mientras, todos esos medios de comunicación cumplen poco con su nombre y son empleados para vendernos la próxima mierda que no necesitamos y la próxima moda a la que debemos adaptarnos si no queremos ser unos raros y unos marginados y queremos encajar en el grupo; modas, claro, que sólo esconden la necesidad de seguir vendiendo para que la bicicleta del negocio se mueva, no importa que eso implique consumir recursos, no importa que eso no repercuta, no ya en nuestra calidad de vida, sino en nuestra felicidad.
Mientras mucho chupapollas va por ahí alardeando de que hace falta una reforma laboral (sobre los trabajadores por cuenta ajena claro, porque ellos se levantaron por los cordones de sus propias botas), lo que no tenemos es un futuro, con reforma o sin ella, y no a nivel de país sino de especie. Quizá, si en algún momento se reúne suficiente gente despierta, esto pueda cambiar pero por el momento no hay muchos motivos para sentirse optimista.

martes, 27 de julio de 2010

Homenaje.

Aprovechando que últimamente tengo la situación más organizada, sobre todo gracias a lo de salir a correr por las mañanas, me he permitido establecer una rutina mejor de lectura, series y otras cosas para aliviar el tedio y el hastío. Ya que hago lo que puedo para encontrar empleo, no puedo dedicarme a agobiarme y sentirme culpable por no encontrar nada de momento y tengo que tener ilusión por algo, aunque sea tan pedestre como la historia de éste o aquel libro o ésta o aquella serie (joder, Lost tiró de mí el año pasado, que ya fue algo importante). En esa línea estuvo lo que disfruté de JCVD, película tremenda que no puedo sino recomendar a todos desde aquí.

El caso es que hoy quiero homenajear a uno de los actores más injustamente tratados del cine y la televisión actual. Sé que a muchos les rechinará pero creo que se lo merece. Creo, sin ninguna duda, que su potencial todavía está por explorar y el tiempo me dará la razón de la misma forma en que la recibieron aquellos que defendían a Alfredo Landa y José Luis López Vázquez.
Es cierto, no ha aparecido realmente en películas muy reseñables o en papeles en los que haya podido demostrar una gran profundidad actoral pero creo que su actitud de estajanovista del cine es encomiable de la misma forma en que aquellos actores del cine español del desarrollismo hacían un montón de películas para (sobre)vivir y luego revelaron su capacidad dramática con la muerte del tirano. Hace falta también dar un voto de confianza a un actor y juntarlo con un director de verdad para que florezca todo su talento.
Con una mirada a su carrera en la IMDB, podemos comprobar que actuó por lo menos en una cinta injustamente menospreciada de serie negra junto a Alec Baldwin (quien luego hubo de ganar peso para poder contener todo el talento que despliega en 30 Rock. ¡Vedla, malditos, que es muy grande!) pero su lista de papeles en grandes producciones no es tan larga, a pesar de que lista por lo menos 190 entradas como actor en su perfil (alguna de ellas como reiteradas apariciones en una serie).
Sus facciones, duras, y su lenguaje corporal ha favorecido que se le encasille en papeles de gangster, chuloputas o cosas parecidas pero creo que ahí hay un potencial enorme para papeles serios y profundos en los que pueda explotar sus facetas dramáticas en serio. Tengo el profundo convencimiento de que un actor con el sentido del humor necesario para poder realizar un papel en una película en la que participa Roger Corman y rodada con estándares de cine de guerrillas tiene que tener suficiente pathos para invocar un personaje que hurgue en el interior de las personas y les lleve por las emociones que quiera, maldita sea.
Y, qué coño, que creo que Eric Roberts, después de rodar mierdas grandísimas y seguir rodando películas tiene ese sentido de la dignidad tan presente en el cine español de que más cornadas da el hambre.

martes, 1 de junio de 2010

La Feria (y el Final de Lost).

El viernes pasado pude salir temprano del labo y me fui a la Feria del Libro. Lo que hace unos años, cuando estaba en la facultad, me resultaba difícil porque estaba ya de exámenes (como estarán dentro de poco muchos a los que no les envidio la situación) ahora se ha convertido medio en hábito, por más que al final no me lleve más de dos o tres cosas por cincuenta euros o menos por dos motivos: 1) porque no tengo pasta; y 2) porque me parece abusivo el coste de algunos libros, hasta en sus ediciones de bolsillo. Me es difícil gastarme más pasta en un libro traducido que puedo leer en inglés, lo que no sólo me ahorra dinero sino también sufrir a algunos traductores ( no necesariamente tiene por qué ser culpa de ellos, creo, sino que tengan que hacer nosecuántos trabajos en poco tiempo y, claro, así salen los trabajos a toda prisa).
De todas formas, el paseo por la feria siempre me ha reportado alguna sorpresa agradable y este año me llevé dos libros (Gomorra y los Soprano y la Filosofía) y un manga sobre la Operación Barbarroja. En realidad, me llevé menos cosas de las que quería llevarme porque había algún otro libro que me interesaba pero, en un raro alarde de sensatez, conseguí ceñirme al presupuesto que me había marcado previamente y me gasté por debajo de los fondos que me había llevado. Aparte de eso, lo habitual: las mismas grandes novedades en todos lados, las casetas que más me interesaban eran las que habían llevado menos material y un montón de gente que carecían del más mínimo sentido de la orientación espacial.
En realidad, el día que me paso por la Feria me lo tomo más como uno de esos días para mí, para estar distanciado de todo y todos y poder disfrutar de mi tiempo despreocupadamente. El resto es secundario. El Retiro, eso si, estaba estupendo y en las zonas de umbría se estaba especialmente a gusto.

Por cierto, soy de los que está satisfecho con el final de Lost:

Sin mi viaje
y sin la primavera
me habría perdido este amanecer.
-Masaoka Shiki-

P.S.: Abono Joven del Teatro Real (menores de 30 años) por algo así como 90 euros para tres óperas (consultad la hoja). No es ya que me tiente, es que lo quieeeero (y pasaré porque ir solo es un rollo). ¿Se apuntaría alguien con la edad?

sábado, 10 de abril de 2010

Comedia.

Tragedy is when I cut my finger. Comedy is when you fall into an open sewer and die.
-Mel Brooks-

Creo recordar que también había una cita por otra persona, no recuerdo quién, que venía a decir que toda manifestación de humor tiene un componente, por pequeño que sea, de sufrimiento ajeno. Me parece que en cierto modo es así y que la mayoría de chistes, situaciones de comedia y demás se basan en que uno de los protagonistas lo pase mal para regocijo del espectador en lo que es una demostración clarísima de Schadenfreude. Habla pobremente acerca de nosotros como especie, creo yo, pero es lo que hay.

Desde que era crío, por educación o por lo que sea, junto a la timidez he llegado a sentir vergüenza ajena. No sé si se puede extraer alguna conclusión sobre mi empatía de ello pero lo pasaba, y aún lo paso, mal cuando algunas personas se ponen en el más absoluto ridículo. Los concursos de la tele eran un campo abonado para esto pero la realidad también tiene más momentos idóneos para buscar una piedra y escapar de la indignidad de compartir especie con algunos ejemplares que hay sueltos por ahí. Sencillamente, resulta difícil estar cerca de personas que no son conscientes de que han perdido toda la dignidad (tampoco es que a mí me quede mucha pero aún hay clases...).
Esto viene porque un gran número de formas de comedia se basan, más que en el sufrimiento físico, en la humillación personal, en despojar a un personaje de cualquier rastro de dignidad, buena reputación o credibilidad que pueda tener y revolcarlo en el barro con tanta alegría como intención. A veces, claro, un personaje no tiene dignidad para empezar (por ejemplo: Urkell o Sheldon, the TBBT, además, profundamente aborrecible). En algunos momentos, he llegado a sentir esa corriente de vergüenza ajena al ver esas comedias. Claro, depende del personaje y cómo de identificado o cómodo me sienta con él pero me pasa.
Seguramente muchos de vosotros tengáis conocimiento de the Office, la serie que transcurre en las oficinas de una sucursal de una compañía papelera que están a punto de cerrar. Supongo que si acaso estaréis más familiarizados con la versión americana, protagonizada por Steve Carell, que es la que emitió la Sexta (los de Cuatro emitieron aquí la británica con un doblaje atroz y nunca más quise saber del tema, claro). El caso es que hace un par de años eché mano al pack con la serie británica al completo por poca pasta. La serie es estupenda y las formas de documental hacen que gane en verosimilitud ese análisis del mundillo de la oficina, con las pequeñas ruindades, los inadaptados sociales y todo lo demás pero el meollo de la serie era, sin lugar a dudas, David Brent, el jefecillo ruin, pueril y estúpido que interpretaba Ricky Gervais.
David es uno de esos personajes que me han causado la horrible sensación de estar partiéndome de risa de algo que me causa auténtica vergüenza ajena. Su grado de estupidez y mediocridad me causaba pavor. Era el perfecto reflejo de esos quiero-y-no-puedo que todos hemos conocido alguna vez, que quieren quedar por encima de los demás y quedan siempre en evidencia porque son auténticamente estúpidos y mediocres. He tenido momentos de sentirme verdaderamente avergonzado y humillado al ver a ese personaje tan aborrecible y mezquino. Sin duda, si no habéis visto esta versión de la serie, deberíais, porque su factura es impecable.

Formalmente, si bien el entorno y las intenciones cambian, the Office tuvo una serie heredera en el Reino Unido. Tuve conocimiento de ella porque primero vi una película que estrenaron aquí, In the Loop, que me llamó la atención porque en ella participaba James Gandolfini, a quien reverencio desde los Soprano. La película es una especie de adaptación de las ideas de la serie por el mismo equipo de ésta pero mantiene el mismo espíritu. La serie se titulaba the Thick of It, que traduciría libremente por En medio del marrón, y relataba el funcionamiento interno del gobierno británico moderno, las luchas internas entre departamentos y ministerios, las filtraciones, los marrones informativos y los esfuerzos de la gente de relaciones públicas para vender la burra a los periodistas y el público en general.
En lo que coincidían, además de las formas de rodar, las dos series era en la mala baba. The Thick of It venía a ser una especie de Yes, Minister con ganas de hacer sangre. Se aprovecha mucho de su forma de contar la historia a lo documental, presentando a unos personajes que alcanzan cotas tan grandes de patetismo que da auténtica vergüenza verles cagarla de forma lamentable y luego intentar resolver la papeleta con la excusas más burdas y estúpidas que se les pueden ocurrir. Y lo mejor es que la sensación con la que uno queda es que la realidad no está muy lejos.
Merece especial atención el personaje de Peter Capaldi, alguien que haría ruborizarse al sargento de la Chaqueta Metálica por el uso de las maldiciones y juramentos y que es capaz de meter más miedo que el mismo Aníbal Lecter cuando aparece en escena.
Sin duda, si hay alguna serie que pase desapercibida ahora mismo por aquí y que se merece ser vista, es ésta. Si podéis soportar la vergüenza ajena...

viernes, 8 de enero de 2010

El Triángulo.

Con los años, he ido abriendo mis horizontes artísticos: en los libros que leía, la música que escuchaba, el cine y la televisión que veía... A la vez he ido perfilando mis criterios, además de mis gustos, lo que justifica mis (y los de cualquiera con un mínimo de sesera) placeres culpables: sé que hay cosas que me gustan que son rematadamente malas pero que sean malas no significa que vayan a dejar de gustarme; sencillamente, les encuentro valores que las redimen, mientras que hay otras cosas que, siendo buenas (por lo menos de forma comúnmente aceptada), dejan de gustarme.
Uno de los esquemas de criterios que he deducido como pilar común de la calidad artística de los productos que circulan por ahí es un triángulo cuyos vértices corresponden a tres conceptos diferentes:
-Contenido: qué cuenta (la historia).
-Estilo: cómo lo cuenta (la forma).
-Contexto: cuánto depende de su momento histórico (el tiempo).
La validez o la aplicación de estos tres conceptos a cada arte o producto artístico no es uniforme, de modo intrínseco, ya que no es lo mismo una novela que un cuadro. La aplicación de cada concepto está ponderada según el medio, ya que no es lo mismo el contenido que pueda tener un cuadro que el de una novela, aunque sea porque el cuadro cuenta con que el observador posea un conocimiento previo (lo que vendría a ser la iconografía, por ejemplo, en el caso de las imágenes religiosas).
Este triángulo, en cualquier caso, indica la calidad de una obra y la duración de éste. Esto es así porque las verdaderas obras maestras se mantienen en un equilibrio razonablemente estable entre los tres vértices del triángulo: su contenido es novedoso, está bien construido y no depende del momento histórico en que se hizo. Esta es la distinción de lo que se han llamado clásicos, las obras que permanecen en la memoria colectiva y con reconocimiento general de su calidad. En cuanto la posición de la obra se desplaza hacia uno de los vértices, se pierde esa posición que, en cierto modo, es más bien producto de la suerte que de una acción deliberada.
Las obras que se desplazan hacia uno de los vértices se hallan lastradas por defectos que condicionan su éxito y la duración de éste: hay historias bien contadas y perdurables pero que carecen de novedad en su argumento; otras tienen un argumento novedoso y perdurable pero mal contado; y otras pueden estar bien contadas y ser novedosas pero pasar de fecha rápidamente por depender terriblemente de su momento histórico. Estas suelen ser las condiciones de la mayoría de obras que tenemos a la vista: productos muy decentes pero que tienen defectos que harán que no lleguen a pasar a la posteridad con reconocimiento general. Si se hallan aplastadas contra uno de los límites del triángulo, directamente, estamos hablando de productos con unos fallos realmente terribles y que desaparecerán de la circulación muy rápidamente, a menos que sean tan malos que sean geniales (como la mayoría de la producción de Chuck Norris) por los motivos equivocados.
Partiendo de esas premisas, por tanto, quisiera especificar una serie de cuestiones. Para empezar, mi ranking de series de televisión imprescindibles:

1. Primer Nivel:
-Los Soprano.
-The Wire.
-El Ala Oeste.
2. Segundo Nivel:
-The Shield.
-Babylon 5.
-Deadwood.
-Roma.
3. Tercer Nivel:
-Star Trek: Deep Space Nine.
-Scrubs.
-30 Rock.
4. Cuarto Nivel:
-Damages.
-El Prisionero.

En segundo lugar, la música americana nunca hubiera sido nada sin los negros.

Tercero: el cine español es una chufa en la que abundan y sobran los paniaguados, los parásitos y los inútiles. Si no habéis leído Mis Problemas con Amenábar, de Jordi Costa y Darío Adanti, leedlo.

Y un par de vídeos.



P.S.: por cierto, el oráculo lo sabe todo (y si no se lo inventa). Así que preguntad.

sábado, 2 de enero de 2010

Todos somos Tony.

"The Emerald Piper. That's our hell. It's an Irish Bar where it's St. Patrick's Day everyday forever.[...]"
-Christopher Moltisanti en Los Soprano.-
Los que me conocen más o menos bien saben que en el panteón televisivo, la cumbre, para mí, está en los Soprano. No estoy solo en ello pero lo mío va más allá de los motivos formales que pueden motivar a los culturetas que consideran que la HBO es lo más de lo más cuando, en realidad, ha tenido cagadas muy gordas (A Dos Metros Bajo Tierra empezó regular tirando a bien pero se convirtió en un coñazo y el personaje de Rachel Griffiths era estrangulable con un alambre oxidado; Carnivàle se hundió en una cadena de cable en la que las audiencias mainstream no son un condicionante tan gordo...). Los motivos por los que la serie se ha convertido en algo de culto y, aún más, en un elemento central de la ficción televisiva del principio del siglo XXI, se basan en que el realismo era incondicional, más allá de la verosimilitud en el estilo, se buscaba retratar de forma pseudo-documental a los personajes sin eliminar los elementos de la construcción de ficción que hacen que progrese una historia. Se pueden percibir los detalles tanto en la construcción de las tramas (los imprevistos que le pueden ocurrir a cualquiera), la ausencia casi total de música salvo la derivada del ambiente, el rodaje con una fotografía realista, los elementos del atrezzo...
Pero aún así, ¿por qué el éxito? El motivo real del éxito de cualquier ficción está en una cuestión imprescindible: la implicación emocional del lector/espectador/jugador con su objeto de disfrute. Eso no quiere decir identificación con el protagonista, aunque siempre ayuda, sino que se meta dentro y los avatares de la narración le causen inquietud y tiren de él durante el progreso de la historia. Recientemente, la editorial Errata Naturae ha publicado un libro que recopila los análisis de varios autores sobre la serie. Independientemente de los elementos de la atracción del mal y todo eso (estamos hablando de una serie en la que los protagonistas se dedican a extorsionar, robar, secuestrar y matar... difícilmente unas actividades muy edificantes), hay un elemento que sostiene los argumentos que plantee hace ya mucho y con los que dí el coñazo a mis amigos: Tony Soprano es un reflejo de todos nosotros.
Los Soprano refleja, sobre todo, la nostalgia de Tony por un pasado que anhelamos pero que tenemos más bien la impresión de que es ficticio. Las comparaciones con la películas de Scorsese (Goodfellas, Casino) o de Coppola (el Padrino) no son apropiadas, sino todo lo contrario, porque en la serie hay muchísimos más niveles de complejidad de los personajes que en las películas que menciono, algo que deriva, en parte, del mayor tiempo de exposición para poder mostrar sus intimidades (86 episodios dan para mucho) pero también de la intención deliberada de evitar los modismos y las limitaciones arquetípicas de los personajes de los filmes que menciono (sugiero volver a ver el Padrino para captar cómo, en realidad, Vito y Michael Corleone, aunque están interpretados de puta madre, se adaptan a un molde de personaje homérico-aristotélico).
Tony es el héroe de la serie pero no es un héroe en el sentido homérico. No hay grandes retos, no hay crisis Bruce-willi-anas ni monstruos reales o transfigurados, sólo la cotidianidad aplastante y estresante que nos ahoga a todos y a la que tiene que enfrentarse como puede, las más de las veces aceptando compromisos y arrastrándose de frustración en frustración. El dinero, las mujeres y el alcohol son sólo un bienestar inquieto, parecido al Orden Mundial en el que vivimos. Todos somos Tony Soprano, precisamente, porque sus miedos, sus ansiedades, son derivados de ser una persona real en un mundo real: las cuestiones de honor, omertá y todos los tópicos de las películas de Scorsese y Coppola quedan supeditados a la realidad del mundo del capitalismo salvaje en que vivimos y el empleo de armas y violencia es sólo por el hecho de la criminalidad, la ilegalidad, no la maldad.
Aún así, si tengo que quedarme con algo concreto que represente la serie es, precisamente, la soledad (the Blackness), ni más ni menos que la sensación de soledad opresiva, que no tiene remedio, aunque uno esté rodeado de amigos e intentando pasarlo bien y que se vuelve casi completamente asfixiante. Tony tiene a una mujer que ya no le ama, unos hijos que le quieren condicionalmente, unos amigos que querrían ocupar su puesto a toda cosa, unos socios que intentan engañarlo, una madre que abusa de él psicológicamente y le chantajea emocionalmente, una colección de amantes de las que alguna es como su madre... Y eso sólo es lo de Tony. Livia, por ejemplo, es un ejemplo de persona que a veces uno puede ver por ahí y que redefine lo que es estar amargado. Da igual de cuantas personas se rodee: Tony está solo.
Una conocida me preguntó una vez acerca de la fascinación de los hombres con los mafiosos y las historias de gangsters. En el fondo, hoy, se trata de eso, de nostalgia, de unos valores que, aunque estén bañados de violencia, cualquiera puede respetar (honor, lealtad a la familia) pero que desaparecieron hace mucho. Hoy por hoy, los Soprano son sólo un reflejo de nuestro mundo y cómo los cambios han afectado a todos los niveles, incluido el crimen organizado. Resulta muy difícil distinguir dónde termina la ficción cuando nos hemos desayunado este año con tanta trama de corrupción y sólo porque estos no usen pistola no quiere decir nada.

P.S.: el lunes pillé una gastroenteritis, causada no sé por qué, que me dejó vomitando y con durchfall (me encanta la palabra, es tremendamente gráfica) toda la noche. A eso hubo que sumarle que la pasé en duermevela y como si tuviese otras cinco personas en la cama, por no hablar de mi cabeza. Algo parecido a lo que le pasa a Tony en el episodio 2x12.