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jueves, 7 de abril de 2016

Prendámosle fuego a la casa del árbol.

Leí el lunes pasado un post bastante largo de tumblr al que llegué por un tuit. Ese post relataba incidentes de corte machista dentro de la comunidad de los juegos de miniaturas que le han acontecido a una (o tal vez varias, no especifica si todos son suyos o incluye de más mujeres) chica canadiense. El motivo fundamental de que hiciera el post estaba en que aparentemente se había formado una campaña de acoso contra ella por sus comentarios y críticas sobre un juego en concreto y señalaba a miembros de la editorial que publica el juego y produce sus miniaturas.

En su post, esta chica calificaba la situación de terrorismo blanco machista, por identificar a los responsables de la conducta como varones blancos que abusaban verbalmente y/o físicamente de las mujeres y de gente de color. La lista de lo que refiere podéis leerla pero es la típica lista que va de los comentarios peyorativos sobre las mujeres y su valía, pasando por comentarios sexuales improcedentes y llegando a tocar o pellizcar en diversas partes de su cuerpo. En cuanto a lo racista, relata un incidente concreto en el que los habituales de una tienda se refirieron a un cliente negro con la palabra "nigger" ("negrata/negraco") con esa actitud "de buen rollo" de los blancos que no saben que la forma en la que la usan entre ellos no es permisible desde fuera. 

Sobre la cuestión de los abusos físicos, etc., sería de esperar lo de lo "recurre a la policía". Pues bien, relata también las ocasiones en las que ha recurrido a la policía y las respuestas obtenidas, casi todas tan familiares como el típico "Pero ¿cómo ibas vestida?". El incidente que es especialmente sangrante es el de 2015: 

Es 105 y estoy denunciando el acoso ante la Real Policía Montada del Canadá:
-¿Esto como el juego ése del WaterGame*?" pregunta la agente. Sonrío aliviada.
-Sí. Sí, es muy parecido.
La agente suspira, -Tendríamos mucho menos trabajo si las mujeres permanecieran lejos de fracasados psicópatas.- Miro las pruebas delante de mí. Estoy de acuerdo.
En cada discusión sobre acoso online me encontrarás diciéndole a las mujeres que llamen a la policía. Lo que no oyes es a la policía diciéndole a las mujeres que se mantengan alejadas de las comunidades de juegos por su propia seguridad. ¿Qué dirían los gamers si supieran que la policía les dice a las mujeres que eviten las tiendas de juegos de la misma forma que evitan las casas de las fraterninades?
-De todos modos, ¿por qué es tan importante para usted? La agente es brusca pero lo aprecio.
-Es mi afición. Me encanta. Llevo haciendo esto veinte años.
Su respuesta me corta hasta el corazón: -Encuéntrese otra afición o acabará muerta. 

Llevamos viendo en los últimos cinco años una radicalización en la retórica y la conducta en la comunidad de jugadores de videojuegos (agarrados a la etiqueta de "gamer" [N.del A.: odio esta etiqueta; yo, al menos, soy un jugador de juegos]) que culminó en el Gamerhate. La importancia de este fenómeno creo que es tan grande por lo que significa implícitamente que en sí mismo (las campañas de acoso contra mujeres que han montado, pesadillas que niegan en los hechos la pretensión de que todo es un tema de ética periodística en la crítica de videojuegos, que siempre fue un sector poco independiente, aunque llegó a tener momentos de mucha vergüenza ajena mucho antes del Gamerhate). Soy de los que cree, en efecto, que el Gamerhate es uno de los teatros de una guerra cultural**, al igual que lo fueron los Sad Puppies: es el resultado del choque entre un colectivo o comunidad que ha construido una identidad de grupo o tribu, una identidad cultural, en torno a unas premisas y reglas que estructuran esa comunidad y su visión del mundo, y, en este caso, cambios en la realidad que ponen en cuestión esa visión del mundo. 

En el caso de lo que señala la autora de Latining en su post original, nos encontramos con que la comunidad de los juegos de miniaturas sufre de una serie de problemas comunes con el Gamerhate y que creo que podría describirse como "síndrome de la casa del árbol" (o como "síndrome del club de caballeros", según señalaré luego).

DISCLAIMER: aunque soy científico, no tengo una educación formal en humanidades o ciencias sociales***, así que ninguno de mis planteamientos viene de nada más allá de la observación de evidencias empíricas. Sentíos libres de cuestionarme.

La comunidad de los juegos de miniaturas, históricamente, resulta de tres tradiciones previas: la de los juegos de guerra formales (que vienen del Kriegspiel prusiano y de las Little Wars de H.G. Wells), de los soldaditos de plomo y miniaturas (hobby pijo que se remonta al siglo XVIII por lo menos), y de los juegos de rol de los setenta (como forma de visualizar las acciones del Dungeons and Dragons). Esencialmente, estamos hablando de un hobby o afición que, por sus características, se origina en Estado Unidos y es practicado mayoritariamente por varones, partiendo de adolescentes, de clase media en los años setenta, aunque el fenómeno gane inercia en Europa, sobre todo en Reino Unido, en los ochenta, con 'Rogue Trader' y 'Warhammer'. El nivel socioeconómico en estos contextos geográficos lleva implícitamente aparejado el componente de población blanca.

Esta afición, como los juegos de rol, atrae a un perfil de adolescente más que de adulto porque suele acompañarse con ambientaciones fantásticas o de ciencia ficción, dejando para el público más adulto el juego más próximo al wargame formal basado en ambientaciones históricas o más realistas, aunque es una generalización. El conjunto de literatura y películas SFF (Ciencia Ficción y Fantasía), juegos de rol, juegos de miniaturas, cómics, videojuegos, etc. forma un cliché de hobbies propios de "frikis" (N.del A.: odio esa palabra), nerds o geeks. Lo típicamente asociado a estos perfiles es la de personas con mejor rendimiento académico o mayor inteligencia, peor rendimiento deportivo/físico y mayor imaginación que la media (nuevamente, generalización), que encuentran más placer en actividades intelectuales y sedentarias que en las actividades físicas y deportivas. 

Muy probablemente estos clichés no resulten válidos hoy como aplicables a todas las personas que practican estas aficiones, además de que sea ahora un perfil minoritario, pero, y este es el punto clave, en el pasado lo fueron y crearon un sentimiento de grupo y una identidad cultural que definía a "la tribu". Así, lo que resulta es una caracterización de que quienes forma(ba)n parte de esta comunidad concreta de los juegos de miniaturas eran hombres (por motivos socioculturales las mujeres socializaban de otra forma y las aficiones de guerra "no eran de chicas"), blancos y de clase media, o, lo que es lo mismo: lo que la sociedad nos machaca como el "por defecto" de la humanidad. Que conste que no entro en el aspecto de la orientación sexual o la pertenencia a identidades LGTBQ o alternativas pero no creo ni que deba mencionar que todos estos "generales de salón" eran heteros (al menos hasta el momento en que no lo eran, según aceptación local). Y todo esto en un contexto general de una sociedad heteropatriarcal.

El problema es que una vez establecida esta identidad cultural y las narrativas asociadas a ella, la existencia de una realidad "ahí fuera" que no encaje con ellas y que quiera participar de la actividad puede encontrarse con el fenómeno del "gatekeeping" inherente. Igual que esa mitad de los jugadores de videojuegos que son mujeres no son "verdaderas gamers" (lo que coño que quiera que sea eso), las mujeres que quieren participar en la comunidad de juegos de miniaturas son "bichos raros" y no son "verdaderas aficionadas". Además, tienen que enfrentarse a un entorno que ha sido generado y perpetuado durante años y en el que las representaciones de las mujeres (y de las minorías) se limitan a estereotipos o formas concretas muy restringidas y, habitualmente, sexualizadas (si buscáis miniaturas de elfas os haréis idea. La idea de que haya miniaturas de mujeres que enseñen menos carne que las de los hombres es, por ahora, una especie de novedad). 

Ese "gatekeeping" ocurre porque una fracción importante de hombres considera que la afición es su propiedad particular y que cualesquiera cambios en la narrativa establecida por su identidad cultural es un atentado contra ellos que pretende destruir la afición. En el fondo, es una manifestación de una visión limitada de la realidad que pone en cuestión los privilegios de los que disfrutan en la sociedad, que obliga a replantearse que ser hombre, blanco, cis y heterosexual (cishetwhitemale) no es el "default" de la humanidad. Dado que estas aficiones tienen un componente de escapismo bastante relevante, considero que esa defensa desesperada de una visión del mundo, que hace central ese combo cishetwhitemale, tiene un punto de ansiedad. Personalmente, sospecho que  esa ansidedad tiene que ver con la crisis social más general en la que nos encontramos, en la que los referentes que funcionaban para las generaciones precedentes han quedado destruidos desde la misma base, en la que la inseguridad laboral ha robado el papel central en la sociedad a los hombres y una de sus razones de ser.

Estos movimientos reaccionarios frente a las mujeres y las minorías (y su representación legítima) en estas aficiones son los estertores de una época que muere, un intento de preservar una realidad que no es tal y a la que intentan escapar ciertos individuos que por su propia neofobia son incapaces de lidiar con el hecho de que su ideología "neutral" colisiona de cara con el futuro de la sociedad. Porque esto es fundamental: estos movimientos (o actitudes, si no están constituidos como movimientos) se pretenden neutrales, no quieren mezclar en sus juegos/libros/lo-que-sea política/sexualidad/etc., rehusan la inclusión en "su" afición, aquello que choca con su ideología y buscan la "neutralidad". Sin embargo, como decía Theodor Adorno "La llamada neutralidad es cualquier cosa menos neutral. Al abstenerse de tomar partido, en realidad, está tomando partido." La ideología, como explica aquí Slavoj Zizek:

existe por defecto, es una infraestructura de nuestra percepción que condiciona como vemos el mundo (Bonus: el de los chicos de Bukku qui y la ideología en los videojuegos). La neutralidad, por tanto, no es tal, sino que es un punto de vista concreto que impone sesgos a priori en nuestra forma de ver el mundo. El problema que tienen los Gamerhaters, los Cachorritos tristes y otros es que "el mundo se ha movido", que la sociedad y sus valores han cambiado: la historia ha seguido su curso, colectivos oprimidos e invisibilizados han reclamado su lugar y las limitaciones en la narrativa ya no sirven. 

La metáfora de la casa del árbol que comentaba al principio es apropiada por la inmadurez que lleva implícito este rechazo a adaptarse a una realidad más variada, como si no pudieran salirse de los límites de su forma de ver el mundo en blancos y negros como cuando eran críos, pero también es procedente la del club de caballeros, creo yo, por las implicaciones de género y clase socioeconómica que tienen estas aficiones. A partir de ahí, las consecuencias de este berrinche, ese terrorismo que señalaba la autora de Latining, son sólo la consecuente radicalización de un colectivo que se resiste a perder sus privilegios. Va siendo hora de prenderle fuego a la casa del árbol y de invitar a los mendigos a desayunar en el club.

Ampliación 18/4/2016: un artículo interesante que complementa/reitera bastantes de las cosas que señalaba.

*¿Warhammer, quizás?
***JA JA JA JA JA.

P.S.: en un foro tuve bronca cuando comenté que consideraba que, independientemente de los valores literarios de Tolkien, su obra era racista. Sigo sosteniéndolo.

domingo, 6 de marzo de 2011

Terror y Pavor.

De unas semanas para acá he tenido en la cabeza una idea acerca de dos interpretaciones de un mismo personaje que no he tenido tiempo para poner por aquí hasta ahora. Lo interesante acerca de ello es que son como variaciones sobre un mismo tema musical, ambas apropiadas y válidas pero que despiertan sensaciones diferentes. Me refiero a las dos versiones de el Joker, la de Jack Nicholson en el Batman de Tim Burton de 1989 y la de Heath Ledger en el Caballero Oscuro de 2008.

Las diferencias son claras: el Joker de Nicholson toma la mayor parte de sus manerismos, no sólo su estética, de ese otro Joker tan pop de César Romero en la serie de los años sesenta. A la vez, la violencia de la película de Burton era más explícita y clara que en la serie, que no dejaba de ser un producto para audiencia infantil televisiva con insinuaciones y dobles sentidos para los adultos que captaban el surrealismo y dadaismo implícito en muchas de las situaciones. Sin embargo, había diferencias muy evidentes entre ambos Jokers.

El Joker de Nicholson, por histriónico y chistoso que sea, es un asesino psicótico que carece no ya de escrúpulos sino de cualquier tipo de freno. Su conducta, aunque está encaminada a la de convertirse en el único señor del crimen de Gotham, es caótica, aleatoria y caprichosa. Elimina o somete a los demás líderes del crimen organizado pero sus planes van encaminados a generar el pánico y crear el terror en la ciudad: desde los productos de uso diario con componentes químicos que al combinarse producen el compuesto letal SmileX que reproduce su rictus sonriente hasta el ataque con gas de idénticos efectos en medio de la ciudad. Pero esos planes, carentes de la lógica del enriquecimiento que es intrínsecamente criminal, están interrumpidos por dos obsesiones/caprichos que atienden a su demencia: Batman (agente causal de su estado) ; y Vicki Vale (objeto de sus "afectos"). Ambos personajes hacen que altere sus planes, si bien Batman está empeñado en ello con lógica, cuando, en realidad, podría llevarlos a término si obviase su presencia.
El Joker de Ledger, por otra parte, es mucho más darker and edgier y, sin ninguna duda, es ciertamente un Joker 9/11. Como dicen algunos, es un Joker tremendamente desagradable de ver y que convierte la experiencia en algo de lo que no se puede obtener placer alguno. Sus planes son mucho más resueltos y cuidadosos que los de su homónimo del 89 y se puede argumentar que hasta más inteligentes. Sin embargo... Sin embargo hay algo ahí que hace que chirrie un poco con el modelo del Joker. Es demente, es psicópata, es psicótico pero presenta lo que, en términos de esa escuela de vacuidades que es el departamento de Ciencias del Comportamiento del FBI* lo marca como un asesino en serie organizado, en contraste con el de Nicholson.
Todos esos planes (lo de los Bancos, lo del Alcalde, el hospital, los barcos y la ayudante del fiscal), todo ello hace que su demencia tenga método y que lo tenga más allá de la que siempre fue la lógica interna del Joker: causar caos. Este Joker, como dijo otro, tiene aspiraciones filosóficas/sociológicas, parece que está guiado por el guión para algo más que para generar un antagonista demente que inflija miedo al espectador.

Y así llegamos al punto de fricción, por así decirlo, entre los propósitos de ambas interpretaciones y los resultados: ¿cuál de los dos Jokers es más inquietante?

A mí me cuesta decidirme. Es cierto, Ledger bordó un papel en el que parecía que había caído del lado malo del nido del cuco, por así decirlo, y que hace preguntarse cosas sobre su fallecimiento posterior, pero ¿es suficiente el hecho de que el Joker de Nicholson sea histriónico y chistoso para aliviar el miedo que provoca que sea un asesino de masas que no se sabe dónde ni cuándo ni por qué va a golpear? En la película de Nolan se observa que el Joker mata a miembros del crimen organizado de forma "espectacular" y con toda la frialdad del mundo pero sólo observamos al de Nicholson matar a uno de sus propios hombres y, desde luego, nada dice "mantente lejos de ese tío" como un personaje que se carga a sus propios aliados.
Esta cuestión es discutible pero, aunque a la mayor parte de la gente le haya causado un efecto visual más obvio el rollo siniestro, sucio y "realista" del Joker de Nolan, creo que ambas formas del personaje son tremendamente peligrosas y desasosegantes. A partir de ahí, la cuestión de "gusto", supongo.


*En serio, leerse cualquier perfil psicológico generado por esta gente, en frío, te convence de que, en realidad, podría ser cualquiera. No dan prácticamente nada de información.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Deberes para las Vacaciones.

El otro día, a través del Oráculo, me enteré que había alguna persona que sufre un déficit de cine clásico que no llegaré a considerar mortal pero si pone en serio peligro su salud (sobre todo porque cualquiera sabe a quién puede preguntarle por ahí y qué le recomendarían; que me acaba viendo cine iraní). En consecuencia, he decidido escribir una lista de películas de cine clásico que hay que ver si o si para que tanto él como quien más quiera aproveche las fiestas para ilustrarse a la vez que se entretiene. La lista tendrá la longitud que me dé la gana, incluirá títulos en blanco y negro y llevará los comentarios que me vengan a la cabeza. La única cosa en común es que son grandísimas películas que hay que haber visto para no ser un ignorante iletrado imbécil.

-Los Violentos Años Veinte/The Roaring Twenties (1939). Dirigida por Raoul Walsh. Protagonizada por James Cagney y Humphrey Bogart. Historia canónica del cine de gangsters post años veinte, en la que el protagonista volvía de la Primera Guerra Mundial a un país en el que no acababa de encontrar su lugar en la sociedad y caía en el submundo del contrabando de alcohol. La historia es tanto crítica social como cine de género pero ningún gafapasta lo comprenderá. Por cierto, Jimmy Cagney también era actor de comedia musical.

-Historias de Filadelfia/The Philadelphia Story (1940). Dirigida por George Cukor. Protagonizada por Katharine Hepburn, Cary Grant y James Stewart. El ejemplo canónico de la comedia de Cukor y una demostración de que lo que se necesita en una película es, ante todo y sobre todo, un buen guión.

-Double Indemnity/Perdición (1944). Dirigida por Billy Wilder. Protagonizada por Barbara Stanwick y Fred MacMurray, con Edward G. Robinson para rematar. Guión de Raymond Chandler. Película canónica en el cine negro porque expresa claramente su naturaleza trágica: los personajes no pueden escapar de su destino por obvio que sea.

-La Dalia Azul (1946). Dirigida por George Marshall. Protagonizada por Alan Ladd y Veronica Lake. Guión de Raymond Chandler. Esta película muy probablemente marcase el punto más alto, interpretativamente hablando, de las carreras de sus protagonistas. Su argumento es, además, el ejemplo canónico de la historia de cine negro y el reflejo social de éste: había paletadas de jóvenes que habían vuelto de la guerra a un mundo que ya no era suyo y a los que les esperaba un futuro incierto en el que llevar sus cicatrices de dentro y de fuera. Y Veronica Lake era un bollito.

-El Tercer Hombre (1949). Dirigida por Carol Reed. Protagonizada por Orson Welles (otra vez) y Joseph Cotten. Más cine negro, con fondo de la postguerra en la Viena machacada por la Segunda Guerra Mundial y que demuestra, gracias al brillante (otra vez) Welles, que la mayoría de los malos en el mundo real no lo son por maldad sino por su completo desprecio de los demás.

-Al Rojo Vivo/White Heat (1949). Dirigida por Raould Walsh. Protagonizada por James Cagney y Virginia Mayo. Otra historia de cine negro en la que, sencillamente, hay momentos brillantes.

-Sed de Mal/Touch of Evil (1958). Dirigida por Orson Welles. Protagonizada por Charlton Heston (haciendo de policía mexicano; y no es unintencional comedy) y Orson Welles (demostrando que no sólo los directores reguleros como Kevin Smith se ponen fanegas). Por cierto, también está Marlene Dietrich. Otra película de cine negro brillante, esta vez en la frontera y con el fondo de los polis chungos, y con tres actorazos. ¡Vedla ya!

-El Apartamento (1960). Dirigida por Billy Wilder. Protagonizada por Jack Lemon, Shirley MacLaine (cuando estaba como un bollito) y Fred MacMurray (qué suerte que nos dejase Perdición y ésta para perdonarle sus películas Disney...). La historia de un tipo cualquiera, pequeño e insignificante, que para trepar en su compañía les deja el apartamento a sus jefes para que lo empleen de picadero. Una reflexión sobre la naturaleza humana, el amor, la amistad y lo que importa en la vida.

-Uno, Dos, Tres (1961). Dirigida por Billy Wilder. Protagonizada por James Cagney (que, para variar, no hace de gangster). Billy Wilder repartiendo hostias a todos los bandos de la Guerra Fría. Frenética y brillante, es una de las mejores comedias de la historia.

Y de momento, ya está bien. Es casi seguro que en el futuro añadiré más películas a esta lista pero como no tengo prisa en hacer un top 100, espero que baste. Ahora, a disfrutarlas.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Cyberpunk, Steampunk y el fin del futurismo.

A raíz de la última columna de Mosky, me surgió, de forma más o menos intuida, aunque debía estar cociendo desde hace tiempo dentro de mi cabeza, la relación cultural y socialmente anímica entre el Cyberpunk, el Steampunk y nuestro mundo o sociedad.

La movida de wikileaks de la liberación de documentos y los intereses que pueden hallarse detrás de los nobles propósitos de claridad y limpieza en la información que los gobiernos proporcionan a la ciudadanía da pie a plantearse de forma seria que, dejando de lado a los rusos (la cleptocracia del momento) y a los chinos (la dictadura autoritaria por excelencia), quienes difícilmente se ruborizan al dejarse en evidencia sus abusos de las libertades y derechos humanos, es probable que haya grandes grupos de intereses económicos y corporaciones detrás de estas maniobras. Va muy en la línea de argumentar que los gobiernos tradicionales están en declive y que todos los servicios que prestan podrían ser privatizados (algo que la última crisis global ha desmentido, sobre todo cuando Alemania y Francia han mantenido el pulso firme de sus economías mediante un intervencionismo nada disimulado).

Dejando de lado la noticia reciente, lo que queda es la idea, que ya tenía muy asentada, de que el Cyberpunk hace tiempo que pasó de ser ficción especulativa a una especie de crónica realista de nuestro tiempo sólo parcialmente deformada por la falta de ciertas informaciones. El futuro de William Gibson en los años ochenta es nuestro presente, mutatis mutandis. Las megacorporaciones de poder desproporcionado son un hecho desde hace años y la voracidad de Microsot, Google y otros son un reflejo de la lógica monopolista del neoliberalismo económico, la misma situación del entorno reaganiano en el que escribía Gibson. La privatización y mercantilización de casi todo es otro signo similar y no hay que esforzarse demasiado para ver que los contratista de seguridad que han operado y operan en Irak y Afganistán no son más que compañías de mercenarios que trabajan para las compañías privadas que operan en ambos países tan pronto como lo hacen para los gobiernos de ambos estados. De momento las formas y las acciones en los mercados han evitado la violencia física utilizando estos agentes (sin incluir el espionaje industrial, claro) pero no hay que descartar nada en la lucha por los dividendos.
Es cierto: no tenemos las nubes cerradas y el entorno opresivo del Cyberpunk pero a lo mejor es que no nos estamos fijando bien o que el cambio ha sido tan gradual que no lo sabemos captar. Los bloques de publicidad de cualquier cadena mayoritaria nos lanzan un lenguaje de encefalograma plano y una realidad pequeñoburguesa que, comparada con lo que se percibe en la calle, sólo se adapta a un sector de población que sólo podemos definir como los esclavos corporativos, los sarariman que ni siquiera son sarariman porque ya ni siquiera en Japón se opera con aquellos principios feudales por los que uno entregaba su vida a la compañía a cambio de que la compañía te asegurase tus medios de vida. Sales a las calles para contemplar algo que convierte Blade Runner en crónica social mientras la televisión te remite a una vida pequeñoburguesa que sólo pertenece a los lacayos de las compañías.

Aquí estamos, 2010. El Steampunk asciende como corriente estética. ¿Dónde está el atractivo de un futuro pasado, de esa tecnología que nunca fue basada en el vapor y el carbón? Dando de lado los aspectos de imagen, ciertamente de un barroquismo y un estilo reconocibles, hay algo reconocible, aunque a lo mejor no tan obvio: el futurismo, el optimismo que radicaba en las visiones de Verne y de Wells que confiaba en que la tecnología mejoraría nuestras vidas. El ascenso del Steampunk es una reacción frente a un presente en el que la tecnología no nos ha resuelto la vida, si no es que no nos ha vuelto más esclavos de ella misma y de los poderes fácticos (medios de comunicación que nos bombardean con los anuncios, el Spam, el estar controlados y localizados por el móvil, etc.) o directamente está destruyendo nuestro medio ambiente (contaminación, cambio climático y calentamiento global...).
La atracción del Steampunk responde a la necesidad humana de buscar un futuro que, ahora mismo, nos resulta oscuro. Al contrario de lo que argumentaba algún gilipollas, no se ha producido el fin de la historia pero si que se ha producido el fin del futuro. Ha dejado de existir la aspiración por un futuro mejor ya que se ha proclamado que la utopía es inviable e irrealizable, sólo existe un presente perpetuo en el que las cosas son como son y en el que las mejoras y los cambios que pueda haber sólo podrán ocurrir dentro de las reglas del juego que están establecidas. 1984 en versión capitalista liberal o, si se prefiere, Un Mundo Feliz.

En medio de la crisis económica en la que estamos, las evidencias están ahí para verlas: la guerra constante en la que el enemigo es Eurasia, y siempre ha sido Eurasia, es sustituida por las crisis regulares del mercado en las que los especuladores rebañan el pastel sacando beneficio de la destrucción del tejido productivo de los estados. En vez de destruir físicamente los recursos producidos en las fábricas en la guerra contra Estasia, que siempre ha sido nuestro enemigo, los recursos son destruidos en las crisis del mercado y por la obsolescencia programada para generar una necesidad constante de consumo.
El sistema, claro está, queda en manos de los productos electorales de turno, cuya competencia, más allá de los talentos y capacidades de sus miembros, siempre estará limitada por los mercados, las manos invisibles y otros poderes cuya entidad se aproxima más a la metafísica que a lo material. Si los objetivos del marxismo y el socialismo científico son una utopía, al considerarlos fuera de un marco leninista, que se aproxima a la religión, los postulados del capitalismo neoliberal no son mucho mejores: el comunismo busca inmanentizar el escatón (motivo por el que las religiones lo aborrecen: no pueden tolerar un paraiso terrenal, si no se quedarían sin negocio) pero el capitalismo emplea figuras que refieren a la retórica de las divinidades y del destino.

El futurismo lleva años muerto o en coma porque, precisamente, el futuro carece de atractivos. La carrera espacial dejó de tener interés cuando no había unos soviéticos para competir, así que ¿por qué molestarse en marcharse fuera? Podíamos conseguir el paraiso en la Tierra (en versión capitalista y a un precio asequible, claro está). Se acabó soñar con las estrellas, que eso es algo muy caro y no interesa a los votantes. Aquí está toda la aventura que podemos necesitar: televisión, consolas, internet... Y mientras, todos esos medios de comunicación cumplen poco con su nombre y son empleados para vendernos la próxima mierda que no necesitamos y la próxima moda a la que debemos adaptarnos si no queremos ser unos raros y unos marginados y queremos encajar en el grupo; modas, claro, que sólo esconden la necesidad de seguir vendiendo para que la bicicleta del negocio se mueva, no importa que eso implique consumir recursos, no importa que eso no repercuta, no ya en nuestra calidad de vida, sino en nuestra felicidad.
Mientras mucho chupapollas va por ahí alardeando de que hace falta una reforma laboral (sobre los trabajadores por cuenta ajena claro, porque ellos se levantaron por los cordones de sus propias botas), lo que no tenemos es un futuro, con reforma o sin ella, y no a nivel de país sino de especie. Quizá, si en algún momento se reúne suficiente gente despierta, esto pueda cambiar pero por el momento no hay muchos motivos para sentirse optimista.

martes, 27 de julio de 2010

Homenaje.

Aprovechando que últimamente tengo la situación más organizada, sobre todo gracias a lo de salir a correr por las mañanas, me he permitido establecer una rutina mejor de lectura, series y otras cosas para aliviar el tedio y el hastío. Ya que hago lo que puedo para encontrar empleo, no puedo dedicarme a agobiarme y sentirme culpable por no encontrar nada de momento y tengo que tener ilusión por algo, aunque sea tan pedestre como la historia de éste o aquel libro o ésta o aquella serie (joder, Lost tiró de mí el año pasado, que ya fue algo importante). En esa línea estuvo lo que disfruté de JCVD, película tremenda que no puedo sino recomendar a todos desde aquí.

El caso es que hoy quiero homenajear a uno de los actores más injustamente tratados del cine y la televisión actual. Sé que a muchos les rechinará pero creo que se lo merece. Creo, sin ninguna duda, que su potencial todavía está por explorar y el tiempo me dará la razón de la misma forma en que la recibieron aquellos que defendían a Alfredo Landa y José Luis López Vázquez.
Es cierto, no ha aparecido realmente en películas muy reseñables o en papeles en los que haya podido demostrar una gran profundidad actoral pero creo que su actitud de estajanovista del cine es encomiable de la misma forma en que aquellos actores del cine español del desarrollismo hacían un montón de películas para (sobre)vivir y luego revelaron su capacidad dramática con la muerte del tirano. Hace falta también dar un voto de confianza a un actor y juntarlo con un director de verdad para que florezca todo su talento.
Con una mirada a su carrera en la IMDB, podemos comprobar que actuó por lo menos en una cinta injustamente menospreciada de serie negra junto a Alec Baldwin (quien luego hubo de ganar peso para poder contener todo el talento que despliega en 30 Rock. ¡Vedla, malditos, que es muy grande!) pero su lista de papeles en grandes producciones no es tan larga, a pesar de que lista por lo menos 190 entradas como actor en su perfil (alguna de ellas como reiteradas apariciones en una serie).
Sus facciones, duras, y su lenguaje corporal ha favorecido que se le encasille en papeles de gangster, chuloputas o cosas parecidas pero creo que ahí hay un potencial enorme para papeles serios y profundos en los que pueda explotar sus facetas dramáticas en serio. Tengo el profundo convencimiento de que un actor con el sentido del humor necesario para poder realizar un papel en una película en la que participa Roger Corman y rodada con estándares de cine de guerrillas tiene que tener suficiente pathos para invocar un personaje que hurgue en el interior de las personas y les lleve por las emociones que quiera, maldita sea.
Y, qué coño, que creo que Eric Roberts, después de rodar mierdas grandísimas y seguir rodando películas tiene ese sentido de la dignidad tan presente en el cine español de que más cornadas da el hambre.