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jueves, 7 de abril de 2016

Prendámosle fuego a la casa del árbol.

Leí el lunes pasado un post bastante largo de tumblr al que llegué por un tuit. Ese post relataba incidentes de corte machista dentro de la comunidad de los juegos de miniaturas que le han acontecido a una (o tal vez varias, no especifica si todos son suyos o incluye de más mujeres) chica canadiense. El motivo fundamental de que hiciera el post estaba en que aparentemente se había formado una campaña de acoso contra ella por sus comentarios y críticas sobre un juego en concreto y señalaba a miembros de la editorial que publica el juego y produce sus miniaturas.

En su post, esta chica calificaba la situación de terrorismo blanco machista, por identificar a los responsables de la conducta como varones blancos que abusaban verbalmente y/o físicamente de las mujeres y de gente de color. La lista de lo que refiere podéis leerla pero es la típica lista que va de los comentarios peyorativos sobre las mujeres y su valía, pasando por comentarios sexuales improcedentes y llegando a tocar o pellizcar en diversas partes de su cuerpo. En cuanto a lo racista, relata un incidente concreto en el que los habituales de una tienda se refirieron a un cliente negro con la palabra "nigger" ("negrata/negraco") con esa actitud "de buen rollo" de los blancos que no saben que la forma en la que la usan entre ellos no es permisible desde fuera. 

Sobre la cuestión de los abusos físicos, etc., sería de esperar lo de lo "recurre a la policía". Pues bien, relata también las ocasiones en las que ha recurrido a la policía y las respuestas obtenidas, casi todas tan familiares como el típico "Pero ¿cómo ibas vestida?". El incidente que es especialmente sangrante es el de 2015: 

Es 105 y estoy denunciando el acoso ante la Real Policía Montada del Canadá:
-¿Esto como el juego ése del WaterGame*?" pregunta la agente. Sonrío aliviada.
-Sí. Sí, es muy parecido.
La agente suspira, -Tendríamos mucho menos trabajo si las mujeres permanecieran lejos de fracasados psicópatas.- Miro las pruebas delante de mí. Estoy de acuerdo.
En cada discusión sobre acoso online me encontrarás diciéndole a las mujeres que llamen a la policía. Lo que no oyes es a la policía diciéndole a las mujeres que se mantengan alejadas de las comunidades de juegos por su propia seguridad. ¿Qué dirían los gamers si supieran que la policía les dice a las mujeres que eviten las tiendas de juegos de la misma forma que evitan las casas de las fraterninades?
-De todos modos, ¿por qué es tan importante para usted? La agente es brusca pero lo aprecio.
-Es mi afición. Me encanta. Llevo haciendo esto veinte años.
Su respuesta me corta hasta el corazón: -Encuéntrese otra afición o acabará muerta. 

Llevamos viendo en los últimos cinco años una radicalización en la retórica y la conducta en la comunidad de jugadores de videojuegos (agarrados a la etiqueta de "gamer" [N.del A.: odio esta etiqueta; yo, al menos, soy un jugador de juegos]) que culminó en el Gamerhate. La importancia de este fenómeno creo que es tan grande por lo que significa implícitamente que en sí mismo (las campañas de acoso contra mujeres que han montado, pesadillas que niegan en los hechos la pretensión de que todo es un tema de ética periodística en la crítica de videojuegos, que siempre fue un sector poco independiente, aunque llegó a tener momentos de mucha vergüenza ajena mucho antes del Gamerhate). Soy de los que cree, en efecto, que el Gamerhate es uno de los teatros de una guerra cultural**, al igual que lo fueron los Sad Puppies: es el resultado del choque entre un colectivo o comunidad que ha construido una identidad de grupo o tribu, una identidad cultural, en torno a unas premisas y reglas que estructuran esa comunidad y su visión del mundo, y, en este caso, cambios en la realidad que ponen en cuestión esa visión del mundo. 

En el caso de lo que señala la autora de Latining en su post original, nos encontramos con que la comunidad de los juegos de miniaturas sufre de una serie de problemas comunes con el Gamerhate y que creo que podría describirse como "síndrome de la casa del árbol" (o como "síndrome del club de caballeros", según señalaré luego).

DISCLAIMER: aunque soy científico, no tengo una educación formal en humanidades o ciencias sociales***, así que ninguno de mis planteamientos viene de nada más allá de la observación de evidencias empíricas. Sentíos libres de cuestionarme.

La comunidad de los juegos de miniaturas, históricamente, resulta de tres tradiciones previas: la de los juegos de guerra formales (que vienen del Kriegspiel prusiano y de las Little Wars de H.G. Wells), de los soldaditos de plomo y miniaturas (hobby pijo que se remonta al siglo XVIII por lo menos), y de los juegos de rol de los setenta (como forma de visualizar las acciones del Dungeons and Dragons). Esencialmente, estamos hablando de un hobby o afición que, por sus características, se origina en Estado Unidos y es practicado mayoritariamente por varones, partiendo de adolescentes, de clase media en los años setenta, aunque el fenómeno gane inercia en Europa, sobre todo en Reino Unido, en los ochenta, con 'Rogue Trader' y 'Warhammer'. El nivel socioeconómico en estos contextos geográficos lleva implícitamente aparejado el componente de población blanca.

Esta afición, como los juegos de rol, atrae a un perfil de adolescente más que de adulto porque suele acompañarse con ambientaciones fantásticas o de ciencia ficción, dejando para el público más adulto el juego más próximo al wargame formal basado en ambientaciones históricas o más realistas, aunque es una generalización. El conjunto de literatura y películas SFF (Ciencia Ficción y Fantasía), juegos de rol, juegos de miniaturas, cómics, videojuegos, etc. forma un cliché de hobbies propios de "frikis" (N.del A.: odio esa palabra), nerds o geeks. Lo típicamente asociado a estos perfiles es la de personas con mejor rendimiento académico o mayor inteligencia, peor rendimiento deportivo/físico y mayor imaginación que la media (nuevamente, generalización), que encuentran más placer en actividades intelectuales y sedentarias que en las actividades físicas y deportivas. 

Muy probablemente estos clichés no resulten válidos hoy como aplicables a todas las personas que practican estas aficiones, además de que sea ahora un perfil minoritario, pero, y este es el punto clave, en el pasado lo fueron y crearon un sentimiento de grupo y una identidad cultural que definía a "la tribu". Así, lo que resulta es una caracterización de que quienes forma(ba)n parte de esta comunidad concreta de los juegos de miniaturas eran hombres (por motivos socioculturales las mujeres socializaban de otra forma y las aficiones de guerra "no eran de chicas"), blancos y de clase media, o, lo que es lo mismo: lo que la sociedad nos machaca como el "por defecto" de la humanidad. Que conste que no entro en el aspecto de la orientación sexual o la pertenencia a identidades LGTBQ o alternativas pero no creo ni que deba mencionar que todos estos "generales de salón" eran heteros (al menos hasta el momento en que no lo eran, según aceptación local). Y todo esto en un contexto general de una sociedad heteropatriarcal.

El problema es que una vez establecida esta identidad cultural y las narrativas asociadas a ella, la existencia de una realidad "ahí fuera" que no encaje con ellas y que quiera participar de la actividad puede encontrarse con el fenómeno del "gatekeeping" inherente. Igual que esa mitad de los jugadores de videojuegos que son mujeres no son "verdaderas gamers" (lo que coño que quiera que sea eso), las mujeres que quieren participar en la comunidad de juegos de miniaturas son "bichos raros" y no son "verdaderas aficionadas". Además, tienen que enfrentarse a un entorno que ha sido generado y perpetuado durante años y en el que las representaciones de las mujeres (y de las minorías) se limitan a estereotipos o formas concretas muy restringidas y, habitualmente, sexualizadas (si buscáis miniaturas de elfas os haréis idea. La idea de que haya miniaturas de mujeres que enseñen menos carne que las de los hombres es, por ahora, una especie de novedad). 

Ese "gatekeeping" ocurre porque una fracción importante de hombres considera que la afición es su propiedad particular y que cualesquiera cambios en la narrativa establecida por su identidad cultural es un atentado contra ellos que pretende destruir la afición. En el fondo, es una manifestación de una visión limitada de la realidad que pone en cuestión los privilegios de los que disfrutan en la sociedad, que obliga a replantearse que ser hombre, blanco, cis y heterosexual (cishetwhitemale) no es el "default" de la humanidad. Dado que estas aficiones tienen un componente de escapismo bastante relevante, considero que esa defensa desesperada de una visión del mundo, que hace central ese combo cishetwhitemale, tiene un punto de ansiedad. Personalmente, sospecho que  esa ansidedad tiene que ver con la crisis social más general en la que nos encontramos, en la que los referentes que funcionaban para las generaciones precedentes han quedado destruidos desde la misma base, en la que la inseguridad laboral ha robado el papel central en la sociedad a los hombres y una de sus razones de ser.

Estos movimientos reaccionarios frente a las mujeres y las minorías (y su representación legítima) en estas aficiones son los estertores de una época que muere, un intento de preservar una realidad que no es tal y a la que intentan escapar ciertos individuos que por su propia neofobia son incapaces de lidiar con el hecho de que su ideología "neutral" colisiona de cara con el futuro de la sociedad. Porque esto es fundamental: estos movimientos (o actitudes, si no están constituidos como movimientos) se pretenden neutrales, no quieren mezclar en sus juegos/libros/lo-que-sea política/sexualidad/etc., rehusan la inclusión en "su" afición, aquello que choca con su ideología y buscan la "neutralidad". Sin embargo, como decía Theodor Adorno "La llamada neutralidad es cualquier cosa menos neutral. Al abstenerse de tomar partido, en realidad, está tomando partido." La ideología, como explica aquí Slavoj Zizek:

existe por defecto, es una infraestructura de nuestra percepción que condiciona como vemos el mundo (Bonus: el de los chicos de Bukku qui y la ideología en los videojuegos). La neutralidad, por tanto, no es tal, sino que es un punto de vista concreto que impone sesgos a priori en nuestra forma de ver el mundo. El problema que tienen los Gamerhaters, los Cachorritos tristes y otros es que "el mundo se ha movido", que la sociedad y sus valores han cambiado: la historia ha seguido su curso, colectivos oprimidos e invisibilizados han reclamado su lugar y las limitaciones en la narrativa ya no sirven. 

La metáfora de la casa del árbol que comentaba al principio es apropiada por la inmadurez que lleva implícito este rechazo a adaptarse a una realidad más variada, como si no pudieran salirse de los límites de su forma de ver el mundo en blancos y negros como cuando eran críos, pero también es procedente la del club de caballeros, creo yo, por las implicaciones de género y clase socioeconómica que tienen estas aficiones. A partir de ahí, las consecuencias de este berrinche, ese terrorismo que señalaba la autora de Latining, son sólo la consecuente radicalización de un colectivo que se resiste a perder sus privilegios. Va siendo hora de prenderle fuego a la casa del árbol y de invitar a los mendigos a desayunar en el club.

Ampliación 18/4/2016: un artículo interesante que complementa/reitera bastantes de las cosas que señalaba.

*¿Warhammer, quizás?
***JA JA JA JA JA.

P.S.: en un foro tuve bronca cuando comenté que consideraba que, independientemente de los valores literarios de Tolkien, su obra era racista. Sigo sosteniéndolo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Cyberpunk, Steampunk y el fin del futurismo.

A raíz de la última columna de Mosky, me surgió, de forma más o menos intuida, aunque debía estar cociendo desde hace tiempo dentro de mi cabeza, la relación cultural y socialmente anímica entre el Cyberpunk, el Steampunk y nuestro mundo o sociedad.

La movida de wikileaks de la liberación de documentos y los intereses que pueden hallarse detrás de los nobles propósitos de claridad y limpieza en la información que los gobiernos proporcionan a la ciudadanía da pie a plantearse de forma seria que, dejando de lado a los rusos (la cleptocracia del momento) y a los chinos (la dictadura autoritaria por excelencia), quienes difícilmente se ruborizan al dejarse en evidencia sus abusos de las libertades y derechos humanos, es probable que haya grandes grupos de intereses económicos y corporaciones detrás de estas maniobras. Va muy en la línea de argumentar que los gobiernos tradicionales están en declive y que todos los servicios que prestan podrían ser privatizados (algo que la última crisis global ha desmentido, sobre todo cuando Alemania y Francia han mantenido el pulso firme de sus economías mediante un intervencionismo nada disimulado).

Dejando de lado la noticia reciente, lo que queda es la idea, que ya tenía muy asentada, de que el Cyberpunk hace tiempo que pasó de ser ficción especulativa a una especie de crónica realista de nuestro tiempo sólo parcialmente deformada por la falta de ciertas informaciones. El futuro de William Gibson en los años ochenta es nuestro presente, mutatis mutandis. Las megacorporaciones de poder desproporcionado son un hecho desde hace años y la voracidad de Microsot, Google y otros son un reflejo de la lógica monopolista del neoliberalismo económico, la misma situación del entorno reaganiano en el que escribía Gibson. La privatización y mercantilización de casi todo es otro signo similar y no hay que esforzarse demasiado para ver que los contratista de seguridad que han operado y operan en Irak y Afganistán no son más que compañías de mercenarios que trabajan para las compañías privadas que operan en ambos países tan pronto como lo hacen para los gobiernos de ambos estados. De momento las formas y las acciones en los mercados han evitado la violencia física utilizando estos agentes (sin incluir el espionaje industrial, claro) pero no hay que descartar nada en la lucha por los dividendos.
Es cierto: no tenemos las nubes cerradas y el entorno opresivo del Cyberpunk pero a lo mejor es que no nos estamos fijando bien o que el cambio ha sido tan gradual que no lo sabemos captar. Los bloques de publicidad de cualquier cadena mayoritaria nos lanzan un lenguaje de encefalograma plano y una realidad pequeñoburguesa que, comparada con lo que se percibe en la calle, sólo se adapta a un sector de población que sólo podemos definir como los esclavos corporativos, los sarariman que ni siquiera son sarariman porque ya ni siquiera en Japón se opera con aquellos principios feudales por los que uno entregaba su vida a la compañía a cambio de que la compañía te asegurase tus medios de vida. Sales a las calles para contemplar algo que convierte Blade Runner en crónica social mientras la televisión te remite a una vida pequeñoburguesa que sólo pertenece a los lacayos de las compañías.

Aquí estamos, 2010. El Steampunk asciende como corriente estética. ¿Dónde está el atractivo de un futuro pasado, de esa tecnología que nunca fue basada en el vapor y el carbón? Dando de lado los aspectos de imagen, ciertamente de un barroquismo y un estilo reconocibles, hay algo reconocible, aunque a lo mejor no tan obvio: el futurismo, el optimismo que radicaba en las visiones de Verne y de Wells que confiaba en que la tecnología mejoraría nuestras vidas. El ascenso del Steampunk es una reacción frente a un presente en el que la tecnología no nos ha resuelto la vida, si no es que no nos ha vuelto más esclavos de ella misma y de los poderes fácticos (medios de comunicación que nos bombardean con los anuncios, el Spam, el estar controlados y localizados por el móvil, etc.) o directamente está destruyendo nuestro medio ambiente (contaminación, cambio climático y calentamiento global...).
La atracción del Steampunk responde a la necesidad humana de buscar un futuro que, ahora mismo, nos resulta oscuro. Al contrario de lo que argumentaba algún gilipollas, no se ha producido el fin de la historia pero si que se ha producido el fin del futuro. Ha dejado de existir la aspiración por un futuro mejor ya que se ha proclamado que la utopía es inviable e irrealizable, sólo existe un presente perpetuo en el que las cosas son como son y en el que las mejoras y los cambios que pueda haber sólo podrán ocurrir dentro de las reglas del juego que están establecidas. 1984 en versión capitalista liberal o, si se prefiere, Un Mundo Feliz.

En medio de la crisis económica en la que estamos, las evidencias están ahí para verlas: la guerra constante en la que el enemigo es Eurasia, y siempre ha sido Eurasia, es sustituida por las crisis regulares del mercado en las que los especuladores rebañan el pastel sacando beneficio de la destrucción del tejido productivo de los estados. En vez de destruir físicamente los recursos producidos en las fábricas en la guerra contra Estasia, que siempre ha sido nuestro enemigo, los recursos son destruidos en las crisis del mercado y por la obsolescencia programada para generar una necesidad constante de consumo.
El sistema, claro está, queda en manos de los productos electorales de turno, cuya competencia, más allá de los talentos y capacidades de sus miembros, siempre estará limitada por los mercados, las manos invisibles y otros poderes cuya entidad se aproxima más a la metafísica que a lo material. Si los objetivos del marxismo y el socialismo científico son una utopía, al considerarlos fuera de un marco leninista, que se aproxima a la religión, los postulados del capitalismo neoliberal no son mucho mejores: el comunismo busca inmanentizar el escatón (motivo por el que las religiones lo aborrecen: no pueden tolerar un paraiso terrenal, si no se quedarían sin negocio) pero el capitalismo emplea figuras que refieren a la retórica de las divinidades y del destino.

El futurismo lleva años muerto o en coma porque, precisamente, el futuro carece de atractivos. La carrera espacial dejó de tener interés cuando no había unos soviéticos para competir, así que ¿por qué molestarse en marcharse fuera? Podíamos conseguir el paraiso en la Tierra (en versión capitalista y a un precio asequible, claro está). Se acabó soñar con las estrellas, que eso es algo muy caro y no interesa a los votantes. Aquí está toda la aventura que podemos necesitar: televisión, consolas, internet... Y mientras, todos esos medios de comunicación cumplen poco con su nombre y son empleados para vendernos la próxima mierda que no necesitamos y la próxima moda a la que debemos adaptarnos si no queremos ser unos raros y unos marginados y queremos encajar en el grupo; modas, claro, que sólo esconden la necesidad de seguir vendiendo para que la bicicleta del negocio se mueva, no importa que eso implique consumir recursos, no importa que eso no repercuta, no ya en nuestra calidad de vida, sino en nuestra felicidad.
Mientras mucho chupapollas va por ahí alardeando de que hace falta una reforma laboral (sobre los trabajadores por cuenta ajena claro, porque ellos se levantaron por los cordones de sus propias botas), lo que no tenemos es un futuro, con reforma o sin ella, y no a nivel de país sino de especie. Quizá, si en algún momento se reúne suficiente gente despierta, esto pueda cambiar pero por el momento no hay muchos motivos para sentirse optimista.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Cuestión de fe.

Los días me van pasando en el curso de programación y la cosa resulta interesante, además de que noto la mejora de mis capacidades y que ya pienso en términos de lenguaje y veo el código (por lo menos la mayoría de las veces). Tampoco sé si me va a servir de algo profesionalmente pero hace curriculum y aprendo, que ya es algo que me gusta, además de que veo las posibilidades del asunto.

A nivel profesional, por otra parte, estoy moviéndome para ver si saco una beca en un grupo de investigación en patología renal. El tema está asociado a los efectos secundarios de cierta familia de fármacos, lo que me resulta interesante después de la experiencia del máster, y me parece prometedor, así que con algo de suerte no tendré que tirarme mucho tiempo en el paro. Ya veremos.

Por las mañanas me está alegrando el día un libro de Terry Pratchett, probablemente el mejor que tiene del Mundodisco si no de toda su producción: Dioses Menores. Pratchett es sin duda uno de los mejores escritores de humor que he leído, sobre todo por su humanidad, por su modo de aprehender los pequeños detalles de egoísmo y altruismo de las personas a diario y no sólo las personalidades de sus héroes y sus villanos. En la producción de Pratchett los lanceros griegos también son personas. Pero no es grande sólo por eso, no sólo por el material que podría dar lugar a un gran drama, también lo es por su fe completa y absoluta en que el pegamento que sostiene unida a toda la humanidad es su inmitigable, perpetua y obstinada estupidez.

Pratchett, a mi modo de ver, es quizás el último gran cínico. Un cínico adaptado a su tiempo, sin duda, pero un cínico al fin y al cabo. Su apreciación de la naturaleza humana es tan válida como la de Shakespeare, la de Hammett o la de Chandler (curiosamente, todos ellos escritores de género pero cuyas obras tratan de la naturaleza humana), aunque cambie el estilo y se centre en lo humorístico. Deja claro que los seres humanos pueden ser ambiciosos, mezquinos, rastreros, egoistas, generosos, amables, sacrificados y leales pero, ante todo y sobre todo, son estúpidos. Y, a pesar de ello, sobreviven y no son ni más ni menos dignos de respeto que cualquier otro ser vivo.
Dioses Menores es, en este contexto, una historia sobre la fe, sobre cómo los seres humanos tenemos una tendencia a rellenar los huecos de nuestra ignorancia con lo que llevamos dentro y cómo precisamente eso que llevamos dentro puede y acaba sustituyendo aquello que existe fuera de nosotros en realidad. Es una historia (aunque me tiente escribir lección) sobre el fanatismo, sobre los límites de la verdad y sobre la tolerancia (pero esto último es más o menos constante en la obra de Pratchett). El arte de la novela está en que lo que podría ser fácilmente un panfleto contra la religión no lo es, sino que es una puñalada certera contra las organizaciones religiosas.

El tema me ha rondado la cabeza estos días y no sé si precisamente escogí leerme este libro por eso (aparte de que necesitaba una dosis de literatura de humor, eso seguro) o si fue que escogí este libro y por fin he hilado unas cuantas ideas personales que me rondaban en la cabeza sobre la cosa esta de recurrir a la propia imaginación para hallar patrones y rellenar huecos en la realidad sobre los que ignoramos sus fundamentos. Se fundieron las ideas del libro con otras que arrastraba de Me Llamo Earl y de mi propia experiencia pero, como en mi caso nunca ha habido algo así como la fe en un Demiurgo o un Creador, lo mío era relativo al Karma.

De una forma consistentemente irritante, he tenido durante mucho tiempo una especie de fondo de complejo de culpa para intentar hallarle un sentido "kármico" a mis fracasos, incluso a pesar de no existir relación de ningún tipo, una forma de rellenar nexos entre mis faltas reales o percibidas y mis fracasos y/o expectativas frustradas, materiales o emocionales (tipo "Hoy me ha salido mal esto y ha sido porque hace dos días, en vez de estudiar/planchar/etc. me quedé jugando con la consola/tirado en la cama/etc."). No necesito a ningún especialista para ver las señales de una conducta neurótica en eso, vaya, pero esta maldita psique mía está tan jodidamente organizada para ver patrones que la apofenia y yo somos uno.

Lo que ocurre es que, sencillamente, crea uno o no en Dios o lo que sea, es una putada estar en el extremo chungo de las cosas y la pregunta deja de ser ¿por qué a la gente buena le ocurren cosas malas? para ser ¿por qué a mí? Naturalmente, la vida no es justa, no hay justicia porque en el universo material no hay una ley natural basada en la ética o en la moral; de hecho, ni siquiera el karma funciona como un sistema de compensación sobrenatural, si uno se ajusta a la definición se trata, estrictamente, de la acción y sus consecuencias, una especie de mecánica newtoniana de las acciones, nada más. El problema es que el hábito creado socialmente de críos sobre recompensas y castigos no sirve para lidiar con la realidad y tienes que desprenderte de él a medida que maduras pero, aún así, el cerebro aborrece el caos y tiene que imponer sus moldes para soportar el "abismo".

En el último par de años he tenido algunos momentos verdaderamente malos por la ristra de malos rollos que se me juntaron, sobre todo profesionalmente. No me acuerdo quién (¿Murakami?) escribió algo así como que cuando te acostumbras a no conseguir lo que quieres, acabas por no saber qué deseas. Con este marco mental, al final, cuando no consigues lo que quieres, acabas por perder la voluntad para tomar decisiones por miedo a hundirte aún más en la mierda.

viernes, 12 de febrero de 2010

Las Heroínas de Masamune Shirow.

Hace ya tiempo, cuando empezaron a popularizarse el manga y el anime en España, o sea, más o menos por el 1991 con Saint Seya/los Caballeros del Zodiaco y, sobre todo, con Dragon Ball, uno de los primeros autores en ser publicado y que tuvo bastante éxito (en Europa y EEUU también), fue Masamune Shirow. Shirow se caracterizaba por ser un tío raro para el modelo de autor de manga por varios motivos: se guionizaba, se dibujaba y se hacía prácticamente todo el trabajo de sus obras él solo y no con un estudio de asociados como la mayoría; se mantenía anónimo porque tenía un “trabajo de día” de profesor de secundaria; sus historias y sus guiones tenían un estilo muy occidental, que parecía más relacionado con las películas de acción americanas y con el cyberpunk de William Gibson que con la tradición japonesa; y metía mucha, pero que mucha miga filosófica a sus historias de una forma más o menos evidente.

En el momento en que se le empezó a publicar por aquí, allá por el 1994, sus obras fueron de las más vendidas: Appleseed, Dominion, Black Magic, Orion y, sobre todo, Ghost in the Shell. En buena medida, su éxito radicó en ese estilo que atraía a los fans de la Jungla de Cristal, Aliens, Terminator y el cine de acción clásico de los 90, especialmente a los que por entonces estábamos en la adolescencia; y también a que un par de las primeras cintas que sacaron al mercado los de Manga Films (por entonces aún sacaban anime) fueron, precisamente, Dominion, con su aire de comedia un punto melancólica, y Appleseed, que era puritito cyberpunk que hurgaba en la naturaleza humana.

Las cintas fueron facilitadores para la reputación de Shirow y sus títulos pero lo que realmente hizo que pegara el pelotazo y se convirtiera en un referente fundamental del manga y el anime fue, sin ninguna duda, la salida en 1996 (aunque era de un año antes) de Ghost in the Shell, la película de setenta y tantos minutos que adaptaba su, por entonces, última obra. El material original era cerebral, lleno de notas al pie de cada viñeta, en los márgenes de las páginas y, prácticamente, en cualquier espacio libre. Shirow había hecho un manga en el que había volcado todas sus obsesiones y cuestiones sobre el indivíduo, la existencia y la vida en un sentido muy zen, algo que había prefigurado en Appleseed pero que aquí había saltado por los aires. Era como si hubiesen pasado a Phillip K. Dick con William Gibson y Eduardo Punset por la túrmix. La película cogía todo ello y hacía una versión transitable, algo que se le debe agradecer a Mamoru Oshii, con un ambiente hipnótico, a lo que contribuyó mucho la música de Kenji Kawai.

Así, Shirow se convirtió en un referente imprescindible para el cómic japonés en España (y en Occidente), gracias a la reorganización de su material, y pudimos recibir su producción posterior, que fue la secuela de Ghost in the Shell, Man Machine Interface, donde todos sus planteamientos suben un grado adicional y sus estudios sobre seguridad informática hacen de la historia algo para gente con un conocimiento algo más profundo sobre las estructuras de redes que el lector ocasional. Pero Mamoru Oshii decidió que la colaboración con Shirow podía dar sus frutos y ambos se volvieron a aliar para una segunda película (Innocence, también hipnótica pero no tan atractiva) y dos temporadas y una película de una serie de televisión, Ghost in the Shell: Stand Alone Complex.

Sin embargo, Shirow lleva mucho tiempo parado como autor. Lo último propiamente de manga fue un Ghost in the Shell 1.5 con historias de personajes secundarios de la obra original. La mayoría de su trabajo posterior a MMI ha sido dedicado a hacer Fan Service o, lo que es lo mismo, dibujar tías con las tetas gordas. ¿Por qué uno de los autores con unos guiones más enrevesados, reflexivos y profundos se ha pasado a un material que está a dos pasos del hentai más explícito? Pues porque le da el mismo dinero por menos trabajo, lógicamente. Sus libros de ilustraciones demuestran que ha hecho trabajos para videojuegos, novelas y otro material por el que debía sacar un buen dinero sin tener que dedicarle tanto esfuerzo. Es una pena, porque en el panorama editorial que hay hoy en el manga, una obra con el mismo estilo que gastaba entonces destacaría como una antorcha en la oscuridad.

Dinero Facil.

Uno de los rasgos fundamentales de sus obras es que Shirow empleaba personajes femeninos que resultaban muy convincentes como heroínas de acción. Psicológicamente no estaban mucho más trazadas que John McClane (o que la teniente Ripley, para ser más apropiados) pero resultaban suficientemente distintas unas de otras y, como se dice en inglés, eran muy agreeable y convincentes desde el punto de vista del protagonista de una historia de acción, aunque fuese porque empleaba un rasgo central para construir el personaje de forma que no existiesen demasiadas capas pero en sus historias nunca pesó tanto el desarrollo de los personajes como el avance de la trama.

Cada una a su manera, es un recuerdo diferente y una forma de romper con los cánones femeninos japoneses. Las mujeres de Shirow no son, precisamente, unas pavas que se queden a verlas venir y que necesiten un hombre para todo. Salvo una excepción, superan los modelos que incluso otros manga plantean, con personajes que, por mucho que sean protagonistas, en el fondo siguen demostrando ese rollo tan japonés de la mujer tradicional que busca un hombre para su vida (como podría ser el caso de un montón de personajes de series de magical girls). Es cierto, sin embargo, que eso a veces puede levantar dudas sobre estas chicas y su equilibrio mental, como comentaré ahora, pero aún así se me hace difícil pensar en mejores ejemplos de mujeres fuertes en el género.

Las mujeres de Shirow, por orden, son:

-Leona Ozaki: la protagonista de Dominion es una agente de la policía de New Port City, una megalópolis en un futuro hipercontaminado en la que se ha hecho necesaria una policía blindada, o sea, policía con tanques. Leona tiene bastantes malas pulgas, es una chica joven y atractiva con elevado sentido de la justicia (o más bien del orden) y con una fijación un tanto enfermiza con su mini-tanque Bonaparte que todavía no está claro si tiene algo de fetichista.

Una respuesta proporcionada.

-Deunan Knute: protagoniza Appleseed. Hija de un oficial SWAT y también agente SWAT ella misma, se ve metida junto a su novio ciborg, Briareos, en las intrigas dentro y alrededor de Olimpo, una especie de estado a lo Fundación asimoviana que se ha convertido en el centro del mundo civilizado después de una Tercera Guerra Mundial que fue más limitada de lo esperado.

Es una tía dura, resuelta y un tanto paranoica: tan pronto va de compras con una amiga como duerme en un saco detrás del sofá para evitar que la maten en la cama. Eso último es perdonable, ya que no es difícil ser paranoide si intentan matarte. Su relación con Briareos es la única realmente estable y más o menos sana de un personaje de Shirow pero el grado de modificación cibernética de éste hace que la cuestión sobre sus relaciones física sea el elefante en la habitación para cualquiera que lee este manga.

A veces es un poco hombruna pero tiene sentido del humor y no es tan impulsiva como Leona ni tan fría como Kusanagi.

Una parejita encantadora.

-Seska Fuze: navegante de nave espacial del Gran Imperio Yamato, hechicera con grandes poderes e hija de Fuzen, el líder del Clan Fuze de sacerdotes-hechiceros. Es egoísta, pueril, impulsiva, autocondescendiente, obstinada… pero todo eso deriva de su confianza en sí misma y en sus habilidades, que están a la altura: es capaz, poderosa y resuelta. Puede que sus motivos y sus decisiones sean equivocadas pero cree en lo que hace y no se arredra por prácticamente nada. Su cuelgue por el comandante Ronnel la hace un poco tierna. Sin ella, Orion no sería la misma historia.

Es un mondo de entender la responsabilidad como otro cualquiera
(ojo, lectura en sentido oriental, de derecha a izquierda).

-Motoko Kusanagi: el personaje más duro de cascar de toda la colección. Protagonista indiscutible de Ghost in the Shell, es fuerte, resuelta, inteligente y profesional pero también es fría, muy fría, dura, no se casa con nadie y su ética deja un poquito que desear. Su cuerpo es artificial, salvo su cerebro (lo que da pie a algunas de las cuestiones de la historia) y eso puede que tenga que ver con sus discapacidades morales.

Kusanagi es también un personaje interesante porque es sexualmente ambigua: en las páginas del manga puede vérsele con un amante y también con unas amantes, aunque éstas a través de enlace cibernético, lo que alienta dudas sobre si lo es de verdad o si online no cuenta.

Pasando por alto todo lo anterior, Kusanagi tiene también interés porque es un personaje que manifiesta una especie de continua insatisfacción con todo. Desde el principio de la historia se le ve irritada o, como mínimo, hastiada con lo que hay a su alrededor. Es una construcción de motivo que conduce a lo que ha de ocurrir hacia el final de la historia pero su actitud distante, aunque comprensible, le resta empatía y quizás es por lo que se hace más difícil conectar con ella a nivel emocional que con alguno de los personajes secundarios. Eso, por otra parte, transmite exactamente una idea sobre el contexto social en que se desarrolla la historia.

Cuerpo Artificial. Se acabó el gimnasio.

Sinceramente, dudo que Shirow sea un gran constructor de personajes pero a mí me gustan sus mujeres de la misma forma que me gusta la teniente Ripley de Sigourney Weaver. No tendrán una gran complejidad psicológica pero, joder, cuando hay que empezar a pegar tiros uno no se va a poner a llorar como en Magnolias de Acero.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Vosotros estáis muertos y yo estoy vivo.

En la última entrada comentaba la ola de éxito de las novelas de Larsson y el contraste con la serie negra clásica y los elementos canónicos del género. De pasada mencioné a Phillip K. Dick, uno de los escritores fundamentales del género de ciencia-ficción en Estados Unidos durante los años 60 y 70 como un ejemplo de escritor en los que la personalidad del autor permeaba las páginas de su obra. En esta entrada voy a explicar la referencia tan bien como pueda.
Philip Kindred Dick nació en Chicago en 1928. Su nacimiento fue prematuro y simultáneo al de una hermana melliza que nació en el mismo día en que vieron la luz. Este evento formaría parte de la idiosincrasia literaria de Dick en la forma del “gemelo fantasma”. Después de mudarse a California, los padres de Dick se divorciaron y fue su madre quien obtuvo la custodia. Sin duda, la presencia materna categórica también se convirtió en un elemento cuasi-constante de las historias de Dick en la forma de femmes-fatales.

La formación literaria de Dick, en sentido académico, no llegó a ser muy completa. Aunque entró en la universidad de Berkeley para conseguir un título en filología alemana, nunca llegó a completar una titulación, entre otras cosas por ciertas asociaciones al servicio militar imperantes en aquel momento. Fue durante aquella época, a finales de los 40 y principios de los 50, cuando comenzó su producción literaria. Inicialmente, Dick se centró en la novela estricta, sin embargo, no consiguió despegar y sólo llegaría a publicar en vida una obra para el público general, Confessiones de un Artista de Mierda.
La producción de Dick dentro de la ciencia-ficción, no obstante, fue más exitosa, comenzando por historias vendidas en los años 50 a los pulps y recibiendo un espaldarazo de reconocimiento por el Hombre en el Castillo, más en el terreno de la ucronía y la ficción especulativa, que fue reconocida con el Premio Hugo en 1963. En años posteriores, Dick sería premiado varias veces con el Premio Nebula y nuevamente con el Premio Hugo en 1975 por Fluyan mis Lágrimas, dijo el Policía. La mayoría de sus obras, sin embargo, eran publicadas por editoriales de bajo fuste, lo que hacía que Dick viviera de su trabajo como escritor pero con penurias económicas casi constantes. Como respuesta, intensificó su ritmo de trabajo a costa de sostenerse días enteros sin dormir mediante anfetaminas.
En los años 70, a consecuencia de su uso de los estimulantes, Dick entró en una fase en la que sus facultades mentales y su obra, se vieron afectadas. Sus intereses derivaron hacia la teología, la filosofía, la religión y, especialmente, el gnosticismo. En cierto momento, hacia 1974, Dick entró en una etapa de iluminismo y paranoia en la que se consideró a sí mismo contactado por entidades extraterrestres que le enviaban mensajes directamente, algo que reflejó en sus novelas VALIS y Radio Libre Albemut narrándolo con un escalofriante desdoblamiento.

Dick, en 1982 sufrió un infarto cerebral tras el que entró en coma. Después de varios días sin respuesta en el electroencefalograma se le desconectó del soporte vital. Su padre llevó sus cenizas hasta su lugar de descanso, una tumba anexa a la de su hermana fallecida al poco de nacer.

La obra de un escritor es un reflejo del mismo, algo en lo que todo el mundo puede coincidir. Si bien un escritor puede no tener experiencia directa de aquello sobre lo que escribe (si no, la mayoría de escritores criminales estarían tras las rejas), su personalidad, sus experiencias, sus obsesiones, sus complejos, sus glorias y miserias, grandes y pequeñas, influyen en su obra, ya sea en los temas, en el estilo o en la composición. El escritor se manifiesta porque cuenta la historia como él la cuenta, con todos los detalles que eso implica. Pero en el caso de Dick no hay un estilo estricto.
La mayoría de estudiosos considera que Dick no llegó a cuajar como novelista mainstream debido a que no tenía un estilo propio. Su narración suele ser funcional, práctica, sin alardes descriptivos y con un uso justo de los adjetivos. No puede hablarse de una construcción de su prosa que manifieste su personalidad pero, a pesar de todo, Philip K. Dick causa un efecto estilístico a nivel psicológico. ¿Por qué? La causa radica en la presencia ominosa, y aún agobiante, de sus temas y obsesiones preferidos.
La figura de la femme-fatale que mencionaba más arriba, aparece de forma reiterada, por ejemplo, como Rachel Rosen en ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?, por ejemplo, o Pat Conley en Ubik, pero es secundario, en todo caso, en comparación con el peso de otras dos cuestiones esenciales para Dick: la identidad personal y la realidad. En casi toda la obra de Dick, la interdependencia existente entre ambos conceptos es obsesiva o casi: en ¿Sueñan…? Deckard se retuerce en las dudas de su propia identidad al hallarse frente a los Nexus-6 con recuerdos implantados y su actitud frente a ellos, tan carente de empatía como la de los mismos androides en relación a los humanos y los animales.* Los eventos de la novela reforzarán esa misma cuestión al plantearle una realidad que no debería ser. En Ubik, por otra parte, las incongruencias en el tiempo y las actividades de los psíquicos ponen también en entredicho la definición de la realidad para el protagonista. En ambos libros la identidad del personaje se pone en entredicho por una realidad, supuestamente inmutable, que entra en conflicto con sus recuerdos y su concepto de quienes son ellos mismos: la percepción de la realidad les define a ellos tanto como ellos definen su realidad.

Por otra parte, las cuestiones de la religión entran también en el mismo saco, ya que, para Dick, Dios entra a ser el eje inamovible que podría definir la realidad de forma absoluta, terminaría con las crisis de identidad y con la enorme sensación de miedo, de paranoia, que flota en la narración. En Laberinto de Muerte, la presencia de lo divino es el elemento conclusivo para la crisis de identidad y para el miedo. Este esquema, lógicamente, se manifestó de forma aplastante en VALIS y en Radio Libre Albemut, donde resulta sobrecogedor asistir al deslizamiento de Dick hacia el disociamiento de personalidad y su convencimiento de que la realidad que percibía encubría otra realidad enteramente distinta en la que el Imperio Romano nunca había terminado y en la que el cristianismo formaba una resistencia activa. No creo que sea demasiado casual que esta etapa fuese posterior al caso Watergate y a la salida a flote de la podredumbre del COINTELPRO del FBI, por otra parte. En cierto modo, la psique de Dick estaba interpretando los eventos de la realidad adaptándolos a su marco mental. Sufría de paranoia por las anfetaminas, si, pero su paranoia tenía método y operaba de forma muy literaria.

Lo fundamental de la obra de Dick, pues, es ese reflejo de una sensación de los hombres de su tiempo. El análisis crítico de su obra ha llevado a los especialistas a un acuerdo en que, si bien Dick no era un buen escritor, estilísticamente hablando, si que era un gran escritor como cronista de las sensaciones de su tiempo. Su obra refleja una sensación de paranoia, de dislocación de la identidad del individuo en el mundo del siglo XX y, especialmente, en la sociedad estadounidense. Las raíces de esa sensación deberían, si no lo son o han sido, objeto de un estudio serio pero es innegable que estaban ahí y es poco o nada casual que las generaciones posteriores, los hijos de los baby-boomers, revelasen esa inquietud existencialista en los movimientos de los años 60, ya que después de la Segunda Guerra Mundial y sus horrores, había muchas nociones sobre el ser humano que habían quedado en suspenso (¿cómo era posible digerir con valores previos la industrialización de la muerte que se había llevado a cabo en la Alemania nazi?). Creo que Dick es una fruta tardía del mismo árbol que dio el Horror Cósmico de Lovecraft: las circunstancias cambian, el Angst es el mismo.
Sin embargo, la mayor prueba de la tremenda sombra de Dick en sus libros, de su impronta en su obra, está en las adaptaciones fílmicas de su obra. Desde Blade Runner a Minority Report pasando por Desafío Total, en todas ellas está esa sensación del indivíduo corriente atrapado en una situación kafkiana en la que pierde el sentido de su identidad y se convierte casi en una víctima de las circunstancias. En todas ellas flota esa sensación de ambigüedad, de paranoia y desconocimiento sobre los límites de la realidad y si de verdad uno es uno mismo. De alguna forma, no importa quién las adapte, Ridley Scott, Paul Verhoeven, Steven Spielberg, Dick está presente, más que como un fantasma, como una presencia inevitable, una consecuencia necesaria de la historia. Philip K. Dick es más grande que su obra y, como en el título sobre su biografía, está vivo.

*El mismo Dick, durante las proyecciones de los primeros montajes de Blade Runner admitiría que su idea no tenía que ver con el jugo que le había sacado Scott al guión de Hampton Fancher y David Peoples en la película; su idea original iba más por el análisis de indivíduos carentes de empatía, como los nazis de los campos de exterminio, pero quedó muy satisfecho con la interpretación de la historia.

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jueves, 10 de septiembre de 2009

Ajuste de Cuentas.

En este año, si habéis tenido oportunidad de pasar por alguna librería o tienda de ocio de masas (Fnac, por ejemplo) y/o habéis visto las noticias, ha habido una expectación bastante grande por la salida del último libro (literalmente, por aquello de que murió al poco de entregar el manuscrito) de Stieg Larsson (La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire), que fue, poco más o menos, la última moda del género de la Serie Negra. Best Sellers en toda clase de géneros los ha habido y los habrá, sólo hace falta acordarse de hace unos cuatro o cinco años, cuando el género de los misterios y conspiraciones tenía en lo alto a Dan Brown con su Código DaVinci. La novela negra, no puede negarse, ha sido siempre un género con un público amplio, así que lo del Best Seller debería estar aún más justificado, sin embargo, Patricia Highsmith, especialista en la novela de suspense, no estrictamente el noir, comentaba en un ensayo suyo que, en realidad, el género es una especie de apuesta segura de los editores porque se mueve en un rango de ventas que suele cubrir la inversión y dar beneficios pero tiene un techo. El fenómeno de un Larsson suele ser algo excepcional, por tanto, y hay motivos para examinar esos posibles motivos, sobre todo cuando la novela de suspense convencional se mueve alrededor de las 240 páginas como mucho (cito a Highsmith) y el sueco éste era un grafómano que rellenaba 600 páginas sin pensárselo mucho.

Habiendo leído los tres tomos a lo largo del año (más o menos desde Abril), llegué a la conclusión este verano de que son historias más bien flojas. Se puede trazar facilmente una línea y colocar a ambos lados los puntos a favor y en contra y, una vez hecho esto, lo cierto es que no sale muy bien librado.

Puntos a Favor:
-Se lee facilmente a pesar de sus dimensiones: está escrito de una forma directa y eso facilita mucho las cosas a la hora de pasar páginas sin que se note el paso del tiempo.
-Se aprecia la voluntad de compromiso social del autor: la temática de los tres libros muestra una intención de denuncia de los abusos legales (e ilegales) contra las mujeres y el machismo soterrado presente en la sociedad sueca, esa tan modélica en otras cosas.
-Hay una labor de documentación bastante buena: algo que es, en cierto modo, previsible debido a que Larsson era periodista y, hasta donde he leído, bastante decente.

Puntos en Contra:
-Falta de estilo: desconozco si en el sueco original pueden apreciarse más elementos que definan la forma de escribir de Larsson pero si estos libros se pueden leer tan facilmente es, precisamente, porque no hay estilo. La prosa es clara y directa, si, pero también falta de personalidad y del elemento artístico.
-El grupo de novelas se basa en unos personajes protagonistas que son, básicamente, una Mary Sue del autor (Mikael Blomkvist, que se tira cualquier cosa con tetas) y una versión Darker and Edgier de Pippi Calzaslargas (admitido por el autor).
-El ritmo: el primer libro requiere un esfuerzo bastante grande para avanzar hasta la mitad, momento en el que toma todo suficiente inercia como para avanzar por sí solo. Eso hace que, en realidad, no pueda considerarse que todo el trabajo de documentación o la prosa directa cumplan con su objetivo, ya que da la sensación de que el autor no organizó su material de forma sensata y que rellenó páginas de forma inútil. Da la sensación de que la historia podría contarse en menos páginas sin que sufriese por ello.
-El ojo que todo lo ve: esto quizá es una cuestión personal pero me disgusta el uso del punto de vista de narrador que empleó Larsson con las novelas. Su omnisapiencia se pone en el camino del misterio y el suspense ya que, aparte de revelar la identidad de los culpables antes de que el trabajo investigador tenga lugar (por lo menos en el segundo y tercer libros), permite ver la tramoya de la adversidad contra los personajes en vez de dejar la idea de que algo va a ocurrir pero sin desvelar qué ni cuando ni cómo.

Hace bastante tiempo, encontré un ensayo de Raymond Chandler en el que definía y hacía crítica de los elementos del género. El ensayo se titulaba el Sencillo Arte del Asesinato (podéis encontrarlo completo aquí)y puede considerarse como una guía fundamental de la lógica argumental en la literatura criminal. Los cadáveres en una historia del género tienen que tener sentido, han de ser moneda de cambio en el contexto del mundo en que se mueven los personajes, no una excusa para tener un misterio que investigar. En ese sentido, los cadáveres en cierta ficción televisiva, C.S.I., más concretamente, son sólo un elemento para poder montar el espectáculo de trabajo de pruebas científicas a su alrededor. Se apunta a un culpable por un puzzle de pruebas materiales en el que poco importa el móvil. Es cierto que por el procedimiento criminal, el investigador y el judicial, las pruebas materiales son y deben ser esenciales para montar el caso pero una muerte desprovista de su contexto no tiene sentido social, no dice nada acerca del mundo en el que ocurre. En este aspecto, por lo menos, Larsson salva la ropa.
El personaje de Lisbeth Salander, sin embargo, no resulta muy novedoso. Resulta más bien obvio que es lo que tira de la historia y, en consecuencia, la novela tiene un gimmick en Salander. Es un personaje especialito por los motivos que se cuentan a lo largo de los tres libros pero no es ninguna novedad. Desde la época dorada del Pulp, incluidas las femmes fatales, este tipo de mujeres adelantadas a la moral genérica de su tiempo existían a ambos lados de la ley. Salander, como ya indiqué arriba, no es más que un personaje fetiche llevado a una versión más oscura y extrema. Está razonablemente bien costruido pero es, en el fondo, el único elemento que consigue arrastrar al lector a lo largo de las mil ochocientas páginas en total o así de las tres novelas. Que Blomkvist vaya por ahí tirándose a cualquier cosa con la excusa de las parejas abiertas no mejora las cosas.
A nivel personal, lo que encuentro peor en las novelas es la falta de estilo. Aunque facilita la lectura, hace que luego no quede nada concreto en la cabeza acerca del autor, no transmite a la persona detrás de la obra. En ese sentido, quizás la influencia periodística fue algo que se cargó la posible perpetuación de Larsson. Si uno atiende a los más grandes del género, puede observar que Hammett tenía un estilo claro pero seco, duro, con un stacatto implacable y que transmitía la calle con toda su dureza, algo que no es raro si uno examina su vida y transfondo; Chandler tampoco hacía demasiadas concesiones en su prosa pero sus metáforas y símiles eran una demostración de que había estudiado literatura y poesía; Cornell Woolrich, por otra parte, era un maestro en la morbosidad y lo siniestro de sus historias pero su prosa, para mi gusto, era demasiado rosada (en lo que su sexualidad, probablemente, influyese). En cualquier caso, estos autores demuestran que su personalidad permeaba las páginas de sus respectivas obras (algo que tienen en común con Phillip K. Dick y sobre lo que escribiré en algún otro momento) y uno puede atisbar algo del autor en su prosa (no necesariamente en sus personajes). De Larsson quedará su objetividad periodística y su compromiso contra el machismo en una frialdad sueca.

No sé otra gente que se los haya leído pero yo probablemente no vuelva a hacerlo, sin embargo, los clásicos es probable que los coja una y otra vez sin dudarlo. Os dejo, para terminar, con unas cuantas de las metáforas y símiles de Chandler, que podrían, perfectamente, hacer haikus:

Actress.
She smelled the way
the Taj Mahal looks
by moonlight.

Police Woman.
To say her face would stop a clock
would be to insult her.
It would stop a runaway horse.

Los Angeles.
One great big
sun-tanned
hangover.

Silent Intruder.
A wedge of sunlight
slipped over the edge of the desk
and fell noiselessly on the carpet.

Pathos.
Her voice faded off into a sort of sad whisper
like a mortician
asking for down payment.

Seascape.
On the right of the fat solid Pacific
trudging into shore
like a scrubwoman going home.

Another lady.
She had a mouth
that seemed made
of three-decker sandwiches.

Malibu.
More wind-blown hair and sunglasses
and attitudes
and pseudorefined voices
and waterfront morals.

Finale.
I newer saw any of them again
-except for the cops.
No way has yet been invented to say
goodbye to them.