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sábado, 28 de enero de 2012

Fraudes

Lo que llevamos de mes ha sido laboralmente intenso y me ha pasado cierta factura de castigo físico pero me he entretenido fijándome con atención y dándole vueltas a ciertas ideas que partieron de una reunión con unos amigos, Nyita y Copépodo, sobre nuestro mundillo. Me daba rabia no encontrar tiempo para darles cuerpo pero, allá vamos, intentaré que tengan un poco de sustancia.

En nuestra reunión salía el tema de las tesis, las condiciones de las de cada uno (Copépodo está terminándola, Nyita también pero aún no está a la vista registrarla; y yo aún ni me lo huelo) y cosas del laboratorio, que en muchos casos se resumen en que los jefes suelen ser unos malditos negreros o, simplemente, no tienen ni puta idea de qué ocurre en el mundo más allá de su vida inmediata (lo que no deja de hacer que muchos pringuemos de mala manera porque ellos no se enteran). En todo esto, sacaba detalles de una compañera, la neocatecumenal, cuyo jefe se comporta de manera extraordinariamente gilipollas y que parece no enterarse de que a ella se le acaba la financiación el martes que viene y que no va a trabajar de gratis.

De esta discusión sacamos una conclusión firme significativa, que es que la carga de trabajo que tenemos es una barbaridad sobre todo por las exigencias para publicar, el hecho que condiciona tu carrera como científico académico, básicamente. Esas exigencias de publicar más, publicar mejor, etc., que las entidades de investigación (centros del CSIC, centros del Instituto de Salud Carlos III, Universidades* etc.) valoran a la hora de evaluar tu labor investigadora están viciadas por diferentes factores, a saber:

-Publicar en según qué áreas no es nada fácil y la competencia puede hacer que los referees, los revisores a los que el editor de la revista manda el artículo para que evalúen su valor para publicar, aprovechen el anonimato para cargarse artículos que entran en conflicto de intereses con sus propias investigaciones. Eso, claro, si no son imbéciles y carecen de comprensión lectura, como ocurrió con uno del último artículo que envió mi grupo. Ah, y qué risa cuando las publicaciones quieren que hinches sus índices de impacto y de citaciones: "Es un bonito artículo éste que nos has mandado. Sería una pena que no se llegase a publicar."

-Los fondos de investigación en España son una mierda, no se pueden comparar con los que reciben en otros países y, además, se invierten mal. Aquí andamos arañando el fondo del barril, improvisando equipos y reactivos y siempre investigando sobre la marcha, de forma poco organizada. Importa sacar cuanto antes sin importar que la calidad sea regulera porque es la única forma de intentar justificar la obtención de más fondos. Lo de que se inviertan mal tiene una explicación: la mano de obra es lo más barato. Eso justifica que se gasten dinerales en equipos y materiales carísimos pero que en la práctica nadie sabe utilizar bien: no se dedican fondos a contratar técnicos o personal exclusivo para el manejo de equipos complicados porque, total, ya se lo aprenderán los becarios. Así luego pasa lo que pasa.

-Por supuesto, luego está la idiosincrasia nacional, con demostraciones tan sangrantes como la de un imbécil que se dedica a vender la cancamusa por una pasa mientras epata al personal para que se crean muy refinados, alternativos y conocedores. Está visto que aquí lo mejor es gastarse el dinero en Calatravas y otros cabrones que tienen la ética de trabajo de un pirata somalí.

Y, sin embargo, todo esto apunta a un problema concreto y específico, la ciencia, a día de hoy, está tocada por el capitalismo salvaje neocon más hijo de la gran puta. Es cierto, los científicos operamos desde una serie de postulados laborales que convierten el entorno, en la mayoría de casos de lo académico, en una torre de marfil (y he sido de los que ha señalado y lanzado sus propias diatribas sobre ello en este mismo blog, ya lo creo), pero es muy diferente buscar ciencia aplicada y útil para la humanidad de buscar ciencia que dé beneficios económicos. Uno de los ejemplos más claros lo publicó P.Z. Myers en su blog, Pharyngula, hace unos días, en una entrada demoledora en la que dejaba al desnudo las acciones de la editorial Elsevier (que publica un buen lote de revistas científicas de todas las áreas) para promover la aprobación e una legislación sobre trabajos de investigación que supondría un retroceso conceptual sobre la difusión del conocimiento científica a la era de los sumos sacerdotes egipcios, aproximadamente.

A consecuencia de todo esto, se trabaja mal y aprisa, planificando de forma floja, sin profundizar y sin reflexionar más allá del paso más inmediato. Por no hablar de cómo se tratan los datos... Es de saber común que los números son como los delincuentes, sólo tienes que apretarles los suficiente hasta que dicen lo que tú quieres que digan. Naturalmente, los datos adversos se quedan bajo la alfombra, en una costumbre que se ha afianzado de no publicar datos negativos jamás, cosa completamente estúpida, pues esos datos pueden ser tan informativos como los afirmativos. Todos los epígrafes de esta entrada de la wikipedia sobre mala conducta científica los he visto yo y algunos hasta alguno lo he practicado. Este artículo del PLoS ONE se adentra un poco más en el tema.

Bastantes de vosotros no lo sabréis pero en el momento en que un grupo quiere publicar, prácticamente todo el trabajo lo hacen ellos (las figuras, tablas, la redacción... La revista, esencialmente, sólo revisa y edita de acuerdo con unos criterios del área de conocimiento (sin que los referees cobren nada, trabajan por cortesía y renombre) y publica en formato digital y físico, si lo tienen) y, además, en muchos casos deben pagar para publicar. Cuando uno de los principales grupos editoriales ingresa 1.100 millones de dólares de beneficio (un margen del 36%) con la publicación de artículos y presiona para apropiarse los derechos de artículos de investigación basados en trabajo científico hecho con fondos públicos, hay que plantearse qué es lo que está pasando aquí y si, en realidad, las formas actuales de revisión por pares no han degenerado en el chanchullo de unos cuantos como tantas otras cosas.

La conclusión, por otra parte, es que así, como siempre, no se puede hacer ciencia de verdad.

*Es una forma de hablar, claro.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Miniactualización.

Para que os hagáis idea, por si todavía no la tenéis, de cómo funciona mi cerebro y (lo que pasa por ser) mi sentido del humor, he aquí la siguiente anécdota ocurrida ayer.

Volviendo de comer al labo, nos encontrábamos en el ascensor mis compañeras Croutón (muy maja y bastante roja), Kika (neocatecumenal pero muy maja a pesar de ello), Zubiroshka (navarra y maja también) y Culebras (sureño cosmopolitizado)*. A raíz de no sé qué tema, se dispara la siguiente conversación (más o menos):

Culebras: "Entonces, Kika, si los del PP privatizasen el cielo, ¿les seguirías votando?"
Kika: (riendo) "No sé."
Croutón: "Jo, imagínate a Rajoy privatizando el cielo para sacar pasta."
Illuminatus: "Bueno, privatizar el cielo no sé pero podrían probar a vender indulgencias otra vez. Creo que en el siglo XVI tuvieron bastante éxito con la idea."**
[Culebras se parte el culo en silencio con la mandíbula desencajada. Croutón y Zubiroshka tratan de ocultar que se están riendo. Kika se tuerce el gesto y se queda callada]

*Nombres inspirados en la realidad con el fin de preservar sus intimidades.
**El caso es que me salió del tirón y sin intención de hacer daño. Es una de las pequeñas zonas de conflicto con gente religiosa metida en ciencia: cuando sacas trapos sucios que ponen en evidencia la hipocresía de sus iglesias, saben que tienes razón. Por eso les duele, porque no es un insulto deliberado, no es un ataque a las zonas blandas de la pederastia como algo indivdual: es algo estructural.

sábado, 22 de mayo de 2010

Efecto Möndei.

He tenido una semana bastante larga. Aprovechando algunos tiempos muertos me puse a buscar y encontré algo interesante. Aunque a lo mejor la gracia sólo se la encuentran los que tienen una formación científica, creo que merecía la pena compartirlo.

lunes, 4 de mayo de 2009

Vuelta a la casilla de salida.

Desde que me marché del laboratorio, ya hace poco más de un mes, he reducido mucho el ritmo de mi vida. He pasado de no tener prácticamente más de cuatro o cinco horas diarias mías a tener el día entero y eso da un montón de oportunidades para obsesionarse con todo tipo de ideas, algunas bastante nocivas. Aunque me dedico y he dedicado a buscar empleo y cosas que hacer, la verdad es que no hay mucho movimiento y mi cualificación hace que esté muy especializado, lo que es igual de malo que no tener cualificación en según qué contextos. 
Podría ponerme a soltar el discurso sobre la falta de compromiso con la investigación en España (que es cierto, a nivel del Estado y aún más a nivel del sector privado), sobre que el sistema de doctorado y de plazas de investigación es un chanchullo (que también es cierto: basta ver la docencia y/o investigación de algunos titulares) o cualquier otra de las quejas que circulan desde... principios del siglo XX, más o menos, pero no me apetece. Lanzar la diatriba otra vez no tendría mucho más efecto y no tengo ni los ánimos ni la paciencia para un ejercicio de pataleo inútil.
Se dice que madurar consiste, sobre todo, en una pérdida de la inocencia pero creo que también consiste en atemperar la parte emocional y llevarla bajo control. Normalmente, eso es lo que hace que uno pase del idealismo al pragmatismo. El idealismo es una contaminación romántica, una forma de ver las cosas pueril y que choca de plano con la realidad, tanto la material como la de la naturaleza humana. No hay nada de malo en tener ideales o principios pero la asociación con las emociones suele hacer que se pierda de vista que las ideas son perfectas (por ser absolutas o todo lo contrario, parciales) y que el mundo real/material tiene más partes móviles y por tanto no funciona igual. No voy a repetir la lista de fracasos ideológicos o el abuso que se ha hecho de todo tipo para encubrir las acciones más deshonestas y viles en nombre de los principios, los valores o los ideales.
Con la ciencia puede ocurrir lo mismo que con cualesquiera otros principios: la imagen general suele ser de progreso y avance, y desde luego que lo ha habido, pero por cada Dr. Barnard ha habido un Dr. Menguele y más de una y de dos ventajas tecnológicas que han mejorado nuestra vida han tenido un origen bastante lamentable. El ejemplo que se me viene a la cabeza más rápidamente puede ser la mejora de la psiquiatría desde los años 50 en que bastantes científicos respetables experimentaron con gente bajo la cobertura del programa MK Ultra de la CIA. Hasta los pasillos blancos e inmaculados pueden llevar a salas de tortura.
No me he caído del guindo, o séa, no estoy divagando sobre todo esto porque haya perdido mi idealismo. Conocí a muchos de mis profesores de la facultad lo suficiente como para darme cuenta de que un científico sigue siendo una persona y eso implica tener defectos o incluso taras. La cuestión es que llegado a este punto me planteo si realmente merece la pena formar parte del sistema. Me gusta lo que hago y la investigación tiene cosas realmente estimulantes e interesantes pero una de las cosas que nunca te enseñan es que la base de la rutina diaria de cualquier persona dedicada a la ciencia es la lucha contra la frustración: no es que las cosas puedan salir mal, es que salen mal la mayoría de las veces. La investigación avanza por caminos muy estrechos todos ellos paralelos porque lo que pueda ser cierto en unas condiciones no tiene por qué serlo en otras muy parecidas. La mayoría de lo que se publica en las revistas de ciencia tiene mucho de aproximaciones burdas.
Como todo el mundo va a lo suyo en última instancia, estar en este negocio puede ser muy jodido si además de las dificultades prácticas uno tiene que lidiar con las personales. Me preocupa mi futuro y, aunque me gusta lo que sé hacer, me falta motivación e ilusión. He perdido por el camino el idealismo y me he vuelto más cínico. Eso supone algo positivo: supone la diferencia entre los partidarios del terrorismo y los partidarios de la huelga y la resistencia pasiva. Es un premio de consolación ético y moral, que en el fondo es una tontería a efectos de empleo pero creo que he mejorado como persona y eso siempre ha sido uno de mis objetivos vitales. 

sábado, 3 de enero de 2009

Los Rostros de la Ciencia.

Aparte de la obvia pereza para escribir que me han generado otras tareas más fundamentales a las que dedicar el tiempo (un curso de doctorado, fundamentalmente)  y las fechas en la que estamos, me temo que mis problemas de actualización también han tenido que ver con problemas de hardware que debo agradecer a la durabilidad de los productos coreanos (ni uno me ha salido decente, malditos sean).

Lo cierto es que en este tiempo se me han juntado suficientes historias como para escribir algo decente: el contenido y la calidad del curso de doctorado; el tema que mencionaba AkaTsuko en su comentario a la columna pasada sobre investigar acerca de asuntos incógnitos; o sobre los científicos, la ciencia y la forma en que nos ven los que no son del entorno. Lo cierto es que prefiero dejar los dos primeros para más tarde, ya que sin duda le sacaré más partido cuando tenga más ganas  de extenderme y de organizar mis ideas de forma más coherente. Además, sin duda es un tema que me toca más de cerca.

La imagen pública de las personas dedicadas a la ciencia suele estar basada en dos modelos diferentes e igualmente simplistas: bien el del geek tirando a asocial o bien el tipo comprometido que, normalmente, está en los medios. Lo cierto es que, aunque la gente que se dedica a la ciencia trata con cuestiones que a la mayoría de la gente ni se le ocurre, eso no significa que sean cerebritos ni el doctor Quest, más bien son personas bastante normales y corrientes y algunas de ellas incluso rematadamente aburridas y vulgares. Lo que la mayoría de la gente no parece entender es que la ciencia y el mundo científico es un reflejo de la sociedad que lo produce. 

He tenido bastante tiempo y oportunidades para comprobar que en el mundillo científico no existe un estado de iluminación que eleve a la gente que se dedica a ello sobre el resto de los seres humanos. Las envídias, las inseguridades, las ganas de figurar, la ganas de medrar, los egos desmesurados, las torpezas sociales, la paranoia... todo ello acompaña a la gente que se dedica a la ciencia del mismo modo que en cualquier oficina, cualquier empleo. Porque en el fondo, la ciencia no deja de ser más que un empleo cualquiera en el que las diferencias se basan en el trabajo que uno hace pero no en las personas que lo hacen. La transcendencia, la repercusión de ese trabajo, normalmente, no será épica, sólo será un ladrillo más en un inmenso edificio de conocimiento. El hecho de que la comunidad científica sea más reducida que otras no significa que todos los científicos sean estrellas, sólo que hay un número menor de ellas.

Si acaso, uno de los problemas del entorno científico es que la competencia puede sacar lo peor de las personas, lo que hace que sea facil ver comportamientos que uno consideraría más acusados en el mundo de los negocios en unas disciplinas que, al menos teoricamente, se basan en la colaboración, el apoyo muto y el intercambio de ideas. Esto mismo, claro, es válido también para la calidad del empleo y la explotación laboral. Los jefes son muy diversos y algunos de ellos exprimen a los empleados tanto como cualquier jefe cabrón de otro mundillo. Nuevamente, la ciencia es un reflejo de la sociedad que lo produce y cuando hay fondos limitados para becas, proyectos y demás, el conseguir los mejores resultados (o la reputación de los mejores resultados) obliga a ir a por todas.

Ojalá puediese decir que lo normal es que la gente que se dedica a la ciencia es como aquellos con los que he trabajado pero no es así. Existe la misma densidad media de cabrones por cada cien personas que en cualquier otro trabajo. Es una lástima que no enseñen en las facultades que antes de ser biólogo/químico/físico/médico/lo-que-séa, hay que ser persona.