Mostrando entradas con la etiqueta Deformación Profesional. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Deformación Profesional. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de mayo de 2012

Take a Walk on the Wild Side.

De un tiempo a esta parte he venido notando la proliferación en internet de blogs o publicaciones en castellano dedicadas a la divulgación científica de los diferentes campos. Una iniciativa que no es que haga falta ahora, es que siempre ha hecho falta en un país en el que la ciencia, la investigación y la innovación siempre han estado en el último lugar de la cola de prioridades, si es que han aparecido en ella. La divulgación es el comienzo, la base, sobre la que se puede formar a los escolares (y a los adultos curiosos, claro) en el funcionamiento, los objetivos y los logros de la ciencia. Es la forma de contar qué es lo que ocurre en la Torre de Marfil en la que la comunidad se refugia demasiado a menudo, perdiendo la perspectiva de que hay cosas más allá de publicar en ésta o aquella revista, que se nos acaban los fondos o éste o aquel tema oscuro en el que uno se ha especializado. O dicho de otro modo: es un recordatorio de que la ciencia es un principio, no un fin.

Sin embargo, tengo serias objeciones al tono que toman algunas veces, demasiado autocomplaciente y autocongratulatorio con los logros. Quizá sea también cosa mía y mi gusto por ser un aguafiestas pero siempre hace falta transparencia y autocrítica, especialmente con racionalidad y desde el interior, porque si no hay que prepararse para soportar los ataques de los reaccionarios, los ignorantes y los malintencionados que montan cruzadas contra el progreso tecnológico, sean de base religiosa o neohippie.

Por eso, quiero hacer aquí una entrada aclaratoria sobre uno de los aspectos perversos de la investigación en biología: la guerra biológica.

Un poco de Historia.

El antecedente canónico de uso militar de agentes biológicos registrado fue el lanzamiento con catapulta de cadáveres de fallecidos por peste bubónica en el asedio tártaro de la colonia comercial veneciana de Caffá (Teodosia) en Crimea. Aunque esto resulte, de entrada, bastante repugnante, no es muy seguro que fuese la vía de contagio de la peste fuese ésta, ya que el vector (organismo que transmite una infección sin sufrirla) de la bacteria, Yersinia pestis, es la pulga humana común, Pulex irritans, que suele ir montada en ratas y es más razonable que las ratas que merodeasen en el campamento tártaro acabasen por colarse en la ciudad, donde el espacio cerrado hizo el resto. Sea como fuere, la cosa funcionó en lo que respecta a la toma de la ciudad: la Horda de Oro se apoderó del lugar, los venecianos que pudieron huyeron a Europa y el resto, gracias a las costumbres higiénicas deficientes en la Europa post-romana (la primera defensa frente a las pulgas es lavarse) y la población reducida de gatos domésticos, ya nos lo sabemos todos.  

Hay otra referencia de cierta forma de guerra biológica entre los habitantes del Ponto, en el norte de la península de Anatolia, que tenían como costumbre recoger miel elaborada por las abejas a partir de los rododendros de la región. Esta miel era venenosa y queda constancia de ello en la Anábasis de Jenofonte y en los registros de las campañas de Cneo Pompeyo Magno en la región.

El punto clave para la cientifización del uso de agentes biológicos en aplicaciones militares, sin embargo, viene con el surgimiento de la teoría de los gérmenes de Pasteur y con la microbiología. Sin el conocimiento, estudio y aislamiento de los agentes causales se carece de las bases para poder usarla de forma fiable y, lo que en cierto modo es más importante, para industrializarla. A partir de ese momento, se producen verdaderos avances en la investigación, si bien su uso ha resultado limitado, debido a que se han conocido mejor las dificultades de su gestión efectiva.

Básicamente, los programas de guerra biológica sólo toman un desarrollo realmente significativo a partir de los años 20 del siglo XX. Durante la Primera Guerra Mundial, las estrellas fueron los diferentes gases empleados por las potencias de ambos bandos, que demostraron ser idiosincráticos y tener manías raras, como cambiar de dirección con el viento, por ejemplo. Es de imaginar, claro, que la idea de liberar un agente que, además fuese contagioso y pudiese saltar de la tropa enemiga a la propia no debió gustar mucho, sobre todo habida cuenta de las condiciones de hacinamiento e insalubridad presentes en las trincheras del frente, con su humedad, sus hongos, sus ratas... Hasta el médico con las nociones más elementales de epidemiología habría soltado una colleja al general con una idea parecida.

Los nazis, esos malos tan monstruosos y tan de libro, gente a quienes podríamos haber achacado una idea tan peligrosa y tan malvada como el uso de agentes infecciosos, no tuvieron un programa digno de mención (cierto, desarrollaron tres organofosforados neurotóxicos funcionales a bajísima concentración, efecto rápido y dispersión también rápida, el sarín, el tabún y el somán, pero no los utilizaron por el pánico de Hitler a que los aliados hicieran lo mismo; un raro ejemplo de sensatez hitleriana). Fueron los británicos y los canadienses quienes, en preparación frente a esa posible amenaza, desarrollaron sus propios programas, llegando a armamentizar* el carbunco (Bacillus anthracis), la brucelosis (Brucella spp. , conocidas como fiebres de Malta) y el botulismo (Clostridium botulinum). 

Si miramos a oriente, no obstante, allí los japoneses, ya desde los primeros años 30, demostraron una crueldad y una monstruosidad sin precedentes. Si los alemanes industrializaron la muerte en los campos de exterminio (Vernichtungsläger), deshumanizando a las personas hasta hacer de ellos materia prima, los japoneses convirtieron la china ocupada en una gigantesca placa de petri. Por poner un ejemplo, no creo que el más horrible de todos, uno de los procedimientos consistía en abrir heridas en las extremidades a prisioneros de guerra que posteriormente eran infectadas con un inóculo de esta o aquella bacteria para promover la gangrena. El prisionero, en esa fase, era dejado al aire libre en condiciones que favoreciesen la congelación de la herida para poder estudiar el progreso de la patología. Desarrollaron bombas de pulgas, por cierto, que incluso planearon, y no sé si llegaron a, utilizar contra los Estados Unidos. La unidad 731 fue la más conocida de las que realizaron este tipo de experimentos pero no la única y es muy notable que, si los alemanes han reconocido los crímenes del nazismo hasta la extenuación, los japoneses aún no y entre la población general estos episodios son objeto hasta de cierto grado de negación. 

Después de la Segunda Guerra Mundial los soviéticos y los americanos (fundamentalmente, aunque es lógico que británicos y franceses también), arramplaron con todo lo que pudieron de ambos nazis y japoneses (si bien en el caso de los japoneses es especialmente infame el retiro dorado de la mayoría de sus miembros, que lograron entregarse a los estadounidenses) y desarrollaron sus propios programas, que darían para muchas entradas como esta, aunque baste decir que uno de los principales clientes de todo esto fue Saddam Hussein. 

Que conste que, aunque no era un programa militar ni con fines de armamentizar el "bicho", hay algun proyecto de investigación que algo de guerra tiene por ahí.

Cómo funciona esto.

Usar agentes biológicos para fines militares no es fácil, por lo menos en lo que se refiere al patógeno entero, otra cosa son toxinas o productos derivados que no tienen vida, pero, para empezar, cualquier cosa viva tiene un margen de incertidumbre que rebaja su fiabilidad para el uso bélico.

El problema fundamental, aquel en el que todos los que han usado o querido usar agentes biológicos se han topado con el primer obstáculo es el riesgo propio de exposición. Se trate o no de agentes contagiosos, el material biológico tiene la manía de contaminar y proliferar. Esto vale para bacterias, virus, hongos, parásitos e insectos y no hay forma de rodearlo: si no tienes una vacuna, un contraagente o un medio de prevención, estás jugando con fuego y más vale que lo dejes estar. No sería una buena idea que tus tropas ocupen el territorio enemigo y vuelvan a casa trayéndose algo muy malo que luego acabe con tu población civil cuando te las dabas por victorioso. Añadamos en este epígrafe la capacidad de mutación de cualquier organismo vivo y la idea de que se tiene al "bicho" bajo control se diluye muy rápidamente.

El segundo problema es puramente tecnológico: la liberación. Diseminar un gas es relativamente sencillo, tienes un cilindro o bombona y lo abres cuando está el viento a favor o empleas un proyectil para mortero especial. Sin embargo, si se trata de un agente biológico, tienes que tener en cuenta que está vivo: no puedes emplear altas temperaturas o explosivos y, en caso de no formar endosporas, necesitará estar en algún tipo de fase acuosa para estar activo. Es un problema de ingeniería bastante cabrón. 

Otro de los problemas es la armamentización propiamente dicha del agente biológica. Todos los patógenos tienen dos características: virulencia y contagio. La virulencia indica cómo de patogénico es el agente, cuán dañino e invasivo es en el hospedador. El contagio, o la facilidad de contagio, hace referencia a cómo de transmisible es el agente biológico. Si uno emplea un agente derivado o inerte, no es probable que se transmita, por motivos obvios, pero en cuanto recurres a un agente vivo, la probabilidad de contagio aumenta en tanto pueda utilizar más vías de paso de un hospedador a otro y del número de hospedadores en los que pueda alojarse, haya o no patogénesis. De esta forma se comprende que un virus como el de la gripe, transmisible por vía aérea y que puede residir en aves así como en humanos y otros mamíferos sea un ganador nato en términos de contagio. Lo que ocurre es que, normalmente, virulencia y transmisión son inversamente proporcionales. Es decir: cuanto más mortífero es un agente biológico, más difícil es que se transmita con éxito.

Esto último es un hecho observado y conocido que tiene su lógica cuando uno estudia la epidemiología de los paráisitos. El ideal de todos los patógenos es alcanzar la estabilidad del parásito: ocupar su hospedador y vivir de él sin causar perturbaciones graves que comprometan su multiplicación y transmisión a nuevos hospedadores de generaciones posteriores. Por eso mismo, un virus como el ébola, que causa la muerte en tiempo relativamente breve, causando hemorragias y se transmite a través de la sangre, tenderá a evolucionar naturalmente hacia variantes que sean menos mortales, no comprometan la movilidad del hospedador y resulten menos obvias en sus signos externos. 

De este modo, a la hora de escoger un agente biológico hay que formar un criterio sobre el objetivo. No se trata ya sólo de que uno pueda desarrollar un programa defensivo para generar antiagentes, vacunas y antídotos frente a aquellos agentes que se sepa o se sospeche que puede manejar un potencial enemigo, se trata también de determinar qué se quiere hacer con los que uno puede desarrollar de forma ofensiva. Aunque el armamento biológico puede ser un arma de destrucción masiva y un elemento de terror, algo que despierta la imaginación y el miedo del enemigo, lo cierto es que, por lo expuesto más arriba, su mayor utilidad reside en el daño económico que pueden causar (el carbunco, por ejemplo, es perfecto contra el ganado, lo que puede machacar la economía de un país) o en el colapso de la infraestructura sanitaria (que de por sí vendría acompañada por pánico, colapso social y económico...). 

Aunque el uso de la tecnología para fines destructivos, del mismo modo que con las armas nucleares, no ha sido el fin de la ciencia en sí, es cierto que sin la colaboración necesaria de los científicos que han participado en ello no se podrían haber desarrollado estas aplicaciones. La decisión y la implicación ética de los científicos que han colaborado en el desarrollo de estas armas puede tener las coartadas morales que uno quiera pero salvo por los resultados colaterales de vacunas y mejora de la lucha contra estos patógenos, éste es sin duda uno de los rincones más oscuros de la investigación en biología y conviene recordarlo para tener claro que los científicos no somos los espíritus puros que siempre querríamos ser.  

*La traducción que uso yo, porque me da la gana, de weaponization.



sábado, 28 de enero de 2012

Fraudes

Lo que llevamos de mes ha sido laboralmente intenso y me ha pasado cierta factura de castigo físico pero me he entretenido fijándome con atención y dándole vueltas a ciertas ideas que partieron de una reunión con unos amigos, Nyita y Copépodo, sobre nuestro mundillo. Me daba rabia no encontrar tiempo para darles cuerpo pero, allá vamos, intentaré que tengan un poco de sustancia.

En nuestra reunión salía el tema de las tesis, las condiciones de las de cada uno (Copépodo está terminándola, Nyita también pero aún no está a la vista registrarla; y yo aún ni me lo huelo) y cosas del laboratorio, que en muchos casos se resumen en que los jefes suelen ser unos malditos negreros o, simplemente, no tienen ni puta idea de qué ocurre en el mundo más allá de su vida inmediata (lo que no deja de hacer que muchos pringuemos de mala manera porque ellos no se enteran). En todo esto, sacaba detalles de una compañera, la neocatecumenal, cuyo jefe se comporta de manera extraordinariamente gilipollas y que parece no enterarse de que a ella se le acaba la financiación el martes que viene y que no va a trabajar de gratis.

De esta discusión sacamos una conclusión firme significativa, que es que la carga de trabajo que tenemos es una barbaridad sobre todo por las exigencias para publicar, el hecho que condiciona tu carrera como científico académico, básicamente. Esas exigencias de publicar más, publicar mejor, etc., que las entidades de investigación (centros del CSIC, centros del Instituto de Salud Carlos III, Universidades* etc.) valoran a la hora de evaluar tu labor investigadora están viciadas por diferentes factores, a saber:

-Publicar en según qué áreas no es nada fácil y la competencia puede hacer que los referees, los revisores a los que el editor de la revista manda el artículo para que evalúen su valor para publicar, aprovechen el anonimato para cargarse artículos que entran en conflicto de intereses con sus propias investigaciones. Eso, claro, si no son imbéciles y carecen de comprensión lectura, como ocurrió con uno del último artículo que envió mi grupo. Ah, y qué risa cuando las publicaciones quieren que hinches sus índices de impacto y de citaciones: "Es un bonito artículo éste que nos has mandado. Sería una pena que no se llegase a publicar."

-Los fondos de investigación en España son una mierda, no se pueden comparar con los que reciben en otros países y, además, se invierten mal. Aquí andamos arañando el fondo del barril, improvisando equipos y reactivos y siempre investigando sobre la marcha, de forma poco organizada. Importa sacar cuanto antes sin importar que la calidad sea regulera porque es la única forma de intentar justificar la obtención de más fondos. Lo de que se inviertan mal tiene una explicación: la mano de obra es lo más barato. Eso justifica que se gasten dinerales en equipos y materiales carísimos pero que en la práctica nadie sabe utilizar bien: no se dedican fondos a contratar técnicos o personal exclusivo para el manejo de equipos complicados porque, total, ya se lo aprenderán los becarios. Así luego pasa lo que pasa.

-Por supuesto, luego está la idiosincrasia nacional, con demostraciones tan sangrantes como la de un imbécil que se dedica a vender la cancamusa por una pasa mientras epata al personal para que se crean muy refinados, alternativos y conocedores. Está visto que aquí lo mejor es gastarse el dinero en Calatravas y otros cabrones que tienen la ética de trabajo de un pirata somalí.

Y, sin embargo, todo esto apunta a un problema concreto y específico, la ciencia, a día de hoy, está tocada por el capitalismo salvaje neocon más hijo de la gran puta. Es cierto, los científicos operamos desde una serie de postulados laborales que convierten el entorno, en la mayoría de casos de lo académico, en una torre de marfil (y he sido de los que ha señalado y lanzado sus propias diatribas sobre ello en este mismo blog, ya lo creo), pero es muy diferente buscar ciencia aplicada y útil para la humanidad de buscar ciencia que dé beneficios económicos. Uno de los ejemplos más claros lo publicó P.Z. Myers en su blog, Pharyngula, hace unos días, en una entrada demoledora en la que dejaba al desnudo las acciones de la editorial Elsevier (que publica un buen lote de revistas científicas de todas las áreas) para promover la aprobación e una legislación sobre trabajos de investigación que supondría un retroceso conceptual sobre la difusión del conocimiento científica a la era de los sumos sacerdotes egipcios, aproximadamente.

A consecuencia de todo esto, se trabaja mal y aprisa, planificando de forma floja, sin profundizar y sin reflexionar más allá del paso más inmediato. Por no hablar de cómo se tratan los datos... Es de saber común que los números son como los delincuentes, sólo tienes que apretarles los suficiente hasta que dicen lo que tú quieres que digan. Naturalmente, los datos adversos se quedan bajo la alfombra, en una costumbre que se ha afianzado de no publicar datos negativos jamás, cosa completamente estúpida, pues esos datos pueden ser tan informativos como los afirmativos. Todos los epígrafes de esta entrada de la wikipedia sobre mala conducta científica los he visto yo y algunos hasta alguno lo he practicado. Este artículo del PLoS ONE se adentra un poco más en el tema.

Bastantes de vosotros no lo sabréis pero en el momento en que un grupo quiere publicar, prácticamente todo el trabajo lo hacen ellos (las figuras, tablas, la redacción... La revista, esencialmente, sólo revisa y edita de acuerdo con unos criterios del área de conocimiento (sin que los referees cobren nada, trabajan por cortesía y renombre) y publica en formato digital y físico, si lo tienen) y, además, en muchos casos deben pagar para publicar. Cuando uno de los principales grupos editoriales ingresa 1.100 millones de dólares de beneficio (un margen del 36%) con la publicación de artículos y presiona para apropiarse los derechos de artículos de investigación basados en trabajo científico hecho con fondos públicos, hay que plantearse qué es lo que está pasando aquí y si, en realidad, las formas actuales de revisión por pares no han degenerado en el chanchullo de unos cuantos como tantas otras cosas.

La conclusión, por otra parte, es que así, como siempre, no se puede hacer ciencia de verdad.

*Es una forma de hablar, claro.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Miniactualización.

Para que os hagáis idea, por si todavía no la tenéis, de cómo funciona mi cerebro y (lo que pasa por ser) mi sentido del humor, he aquí la siguiente anécdota ocurrida ayer.

Volviendo de comer al labo, nos encontrábamos en el ascensor mis compañeras Croutón (muy maja y bastante roja), Kika (neocatecumenal pero muy maja a pesar de ello), Zubiroshka (navarra y maja también) y Culebras (sureño cosmopolitizado)*. A raíz de no sé qué tema, se dispara la siguiente conversación (más o menos):

Culebras: "Entonces, Kika, si los del PP privatizasen el cielo, ¿les seguirías votando?"
Kika: (riendo) "No sé."
Croutón: "Jo, imagínate a Rajoy privatizando el cielo para sacar pasta."
Illuminatus: "Bueno, privatizar el cielo no sé pero podrían probar a vender indulgencias otra vez. Creo que en el siglo XVI tuvieron bastante éxito con la idea."**
[Culebras se parte el culo en silencio con la mandíbula desencajada. Croutón y Zubiroshka tratan de ocultar que se están riendo. Kika se tuerce el gesto y se queda callada]

*Nombres inspirados en la realidad con el fin de preservar sus intimidades.
**El caso es que me salió del tirón y sin intención de hacer daño. Es una de las pequeñas zonas de conflicto con gente religiosa metida en ciencia: cuando sacas trapos sucios que ponen en evidencia la hipocresía de sus iglesias, saben que tienes razón. Por eso les duele, porque no es un insulto deliberado, no es un ataque a las zonas blandas de la pederastia como algo indivdual: es algo estructural.

martes, 5 de abril de 2011

El Coste del Menú.

En el último mes he estado revisando algunos apuntes que tenía guardados para ver si descartaba o no. Al final he guardado más de lo que quería pero siempre le encuentras algún argumento de esos de "Es que a lo mejor me vendría bien en algún momento." y esas cosas. A raíz de otras historias en paralelo, como una discusión por twitter sobre los transgénicos y una entrada en Mondo Medico sobre el vegetarianismo, se me ocurrió que habría que prestar atención a una cuestión más seria y que está detrás del tema de la alimentación y que es el Coste del Menú pero su coste real en términos sociales.
De forma sistemática:
-Tema transgénicos: los riesos de los transgénicos en términos ecológicos no se han probado de una forma consistente. Los estudios en un sentido o en otro son abundantes y parece no hay una solidez que decante el tema a favor de una u otra postura, por lo que la influencia en el entorno natural no es algo que esté completamente descartado. Los riesgos directos del DNA de plantas o animales para los humanos en la ingesta, por otra parte, han sido rebatidos (la mayoría de publicaciones en este sentido señalan que el DNA transgénico, como el resto del DNA, es digerido y pierde su "identidad", aunque no tengo información sobre si lo mismo ocurre con proteínas de este origen (que podrían actuar como antígenos y alergenos, por tanto).
En cuanto a la posible acumulación de toxina Bt (del Bacillus thuringensis, se emplea como transgén para generar un inhibidor de proteasas contra insectos, especialmente en maíz) en la cadena alimenticia no he encontrado datos suficientes al respecto. Sería, ciertamente, una cuestión digna de estudio.
Lo que si puede considerarse como parte del coste de los transgénicos es el efecto socioeconómico: los transgénicos tienen una serie de ventajas en cuanto a la productividad pero a) tienen un coste mayor y generan una asimetría con los agricultores de páises donde no se los pueden permitir (lo que, por otra parte, perpetúa las subvenciones en el primer mundo que abaratan sus precios en mercado y hunden a los productores locales de esos paises subdesarrollados); b) están sometidos a patentes biológicas, una aberración donde las haya, que luego da problemas cuando cultivos vecinos desarrollan la misma ventaja que el producto patentado; y c) traen de la mano problemas ambientales serios derivados. Este punto es especialmente interesante porque la mayoría de los transgénicos más populares se han diseñado con vistas a la resistencia a herbicidas, así que si se une a la tradicional precisión del personal cualificado agrario... Exacto, habría como para hacer un estudio al respecto.
Por cierto, ¿sabéis lo que son los genes terminator? Algunas compañías encontraron muy divertido el meter un gen que convertía las plantas producidas por sus semillas transgénicas en estériles. Por aquello de que los agricultores tuviesen que volver a comprarles año tras año. Está muy bien si vives en el primer mundo, con agricultura subvencionada, pero ¿qué pasaría en un entorno de agricultores del tercer mundo? Porque todos sabemos cómo va esto: "La primera gratis, porque me caes bien...".

-Tema animales: esto también merecería un estudio de viabilidad ambiental, sobre todo en relación al consumo real de productos animales y cuánto se desperdicia, porque se desperdicia muchísimo, lo que es un resultado de que la carne es un producto animal perecedero a corto plazo, por lo menos si no se quiere invitar a la Salmonella y otros amiguitos del mundo microbiano. Es bien sabido que la mayoría de carnes pueden procesarse por salazón y otros procedimientos para obtener formas que se conserven a largo plazo pero no es lo que se suele hacer más habitualmente en las casas de hoy.
El impacto ambiental del ganado es conocido. El mejor ejemplo es el del ganado porcino y sus purines, su orina rica en formas agresivas del nitrógeno. Con las grandes extensiones de pasto para el vacuno tenemos problemas de desertificación a medio plazo, ya que las herbáceas no pueden sostener bien el terreno y la depredación por los herbívoros tiende a reducir su consistencia.

-Tema agricultura tal cual: ¿sabéis que las alcachofas son cultivadas de forma vegetativa (por "esquejes") para que no se interfecunden? ¿Sabéis que con las remolachas hay que hacer cosa similar? La mayoría de las plantas de consumo humano han sido domesticadas a lo largo de varios miles de años pero algunas de ellas sólo desde tiempos recientes (la alcachofa sólo se documenta a partir del Renacimiento, cuando los horticultores italianos logran obtener variedades aceptables para el gusto europeo y sin los pelos y tricomas tan desagradables y ásperos que suelen tener los pétalos (la parte carnosa que se come) de las variedades obtenidas por cruce (por cierto, eso explica cómo es una de las pocas plantas de consumo humano que sólo aparecen en la iconografía pictórica y escultórica a partir de esta época) y eso obliga a cultivarlas de forma especial y específica, con unos requerimientos estrictos.
El problema es que las explotaciones agrícolas a gran escala están organizadas con vista a simplificar todo de formas que, en muchas ocasiones, son contraproducentes para el entorno. Las grandes explotaciones de cereales, ideales para la recolección mediante maquinaria, agotan el nitrógeno de los suelos en que se efectúan y dejan un terreno en el que la falta de raíces fuertes vuelve a dar problemas de consistencia (inundaciones con corrimiento de tierras, pérdida del manto de humus). El maíz requiere demasiada agua para según que climas... Ya cogéis la idea: la falta de variedad en las especies que ocupan un suelo resulta en un consumo de ciertos recursos y nutrientes que requieren de un aporte externo (abonos) o de un largo tiempo de regeneración por la microfauna y microflora del entorno. Además, el uso de abonos genera, a la larga, problemas de desequilibrio de ciertos iones y lo que son problemas de salinidad.
Ni siquiera me voy a adentrar en los detalles sobre lo que todo lo que las técnicas agrarias conllevan respecto al entorno microbiano.

Si habéis llegado hasta aquí, a lo mejor lo que encontráis es un patrón común a todo esto. Ese patrón común es lo que se llama explotación intensiva: un latifundio agrario monocultivo o una granja ganadera intensiva son expresiones de ese mismo concepto, un concepto aborrecible porque tiene unas consecuencias ambientales severas al generar auténticos ecosistemas de unas dimensiones enormes en las que la naturaleza no puede operar al mismo ritmo que en el entorno silvestre por la actividad humana. Los humanos, para bien y para mal, interferimos con los procesos naturales y eso tiene un coste. El coste de estas explotaciones, a las que se ha trasladado la mentalidad industrial, es especialmente severo por la dificultad de integrarlas en el entorno natural de forma armoniosa y que se sostengan sin tomar medidas que hagan que la situación ambiental degenere aún más.
El mayor problema de estas explotaciones es, precisamente, su homogeneidad, que las hace especialmente vulnerables a enfermedades y plagas (pensad en las granjas británicas afectadas por fiebre aftosa hace unos años, por ejemplo) o que hacen que agoten rápidamente los recursos (lo que antes indiqué sobre el nitrógeno en los suelos de las grandes explotaciones cerealistas). Además de eso, tenemos el problema logístico, es decir, todo el ahorro que se consigue al poder cosechar u ordeñar de forma sistemática y organizada se pierde al tener que trasladar los productos agrícolas hasta los emplazamientos de procesamiento o de consumo y el empleo de técnicas costosas de refrigeración y conservación (¿fresas en invierno? No se paga lo que valen).
La alternativa, lógicamente, es la de organizar explotaciones extensivas, en las que se obtengan los diferentes productos de una forma menos especializada pero también más integrada con el entorno, formando "ecosistemas agrarios" con mayor biodiversidad y que se integren mejor (con cultivos de fabáceas junto a cultivos de cereales, por ejemplo; planteando una organización más interesante y consistente de las parcelas de cultivo). Esto, a la larga, genera una idea de "islas" de producción que permitan un acceso más fácil a los productos desde los puntos de procesamiento y consumo (y encajaría con las ideas de los huertos urbanos si en algún momento se redujesen los problemas de contaminación en según qué ciudades como para hacerlos seguros para consumo humano). Esta idea de descentralización de la producción puede resultar, a primera vista, poco practicable pero creo que es, a largo plazo, la única que permitirá afrontar el futuro con un equilibrio ambiental que garantice satisfacer las necesidades humanas.

lunes, 7 de marzo de 2011

TANSTAAFL

Con ocasión del Carnaval de Biología II edición, me he decidido a hacer una entradilla de interés general sobre un tema que me resulta de interés desde que surgió en el máster el año pasado.

Las siglas que titulan esta entrada de hoy tienen un origen incierto pero que se establece hacia los años 30 o 40 y que indican lo siguiente "There Ain't No Such Thing As A Free Lunch", más o menos "No Existen Los Almuerzos Gratis". Este principio viene a indicar que cualquier producto o servicio aparentemente gratuito ofrecido por alguien es sólo un método para obtener un retorno de beneficios para esa misma persona en un punto posterior en el tiempo. Eso quiere decir que, para la persona que obtiene el producto o servicio, su gratuidad no es auténtica sino que, probablemente, invierta en el que se lo ha ofrecido mucho más, a largo plazo, que si hubiese tenido que pagar por ello desde el momento original. En resumidas cuentas: para obtener algo, tenemos que entregar algo a cambio.

Esto, que es un simple principio de Coste de Oportunidad en economía, en biología tiene ejemplos muy claros en prácticamente todos los niveles: la Evolución de la vida sobre la Tierra es una historia constante de opciones excluyentes por las que unos caminos adaptativos quedaron cerrados para ciertos organismos para siempre porque, simplemente, las vías en las que quedaron fijados resultaron ser otras, que en el fondo no resultaron necesariamente mejores ni peores sino, simplemente, suficientes para sobrevivir.

Ahora bien, el área en el que estas relaciones coste/beneficio se hacen más obvias para cualquiera, sobre todo en nuestra vida diaria, es en el de los tratamientos farmacológicos. Todo tratamiento mediante xenobióticos (es decir, productos ajenos al organismo) presenta efectos secundarios derivados de las interacciones no intencionadas del compuesto con la fisiología del individuo. Esto es así ya que, salvo casos muy atípicos y excepcionales, las estructuras moleculares no son completamente específicas y los patrones estructurales de las dianas biológicas se repiten por homología o analogía (en parte por evolución y herencia, en parte por economía energética: la evolución suele llegar a soluciones parecidas en organismos muy lejanos por una cuestión de que las estructuras atómicas siguen leyes concretas respecto a cargas eléctricas, polaridad, etc.).
Por emplear una metáfora burda pero obvia, si una molécula es la llave para abrir la cerradura de una diana (enzimática, por ejemplo) clave en una enfermedad, trastorno o patología, las llaves siempre tendrán caracteres suficientemente comunes que harán que puedan encajar en más de una cerradura siempre que ésta comparta detalles comunes (por seguir la metáfora: el número de "dientes" de la cerradura, la profundidad de éstos, etc.).

Normalmente, la mayoría de los efectos secundarios suele aparecer cláramente en los ensayos clínicos de fase 3 (aquellos realizados con voluntarios humanos) pero de cuando en cuando se identifican productos en los que, súbitamente, aparecen efectos no indicados en los prospectos al ser comercializados y disponer de todas las autorizaciones, como fue el caso del Lipobay de Bayer, una estatina que presentaba serios efectos adversos. ¿Por qué ocurre esto? Nuevamente, TANSTAAFL.
Me explico: los ensayos clínicos se realizan de una forma muy concreta y con protocolos específicos con el fin de obtener unos resultados fiables. Cada estudio y producto concreto requiere un protocolo concreto y normas concretas pero eso conlleva problemas escondidos que tienen que ver con la eliminación de variación en los resultados para obtener unos estadísticos consistentes. Al eliminar variabilidad se pierde mucha información, especialmente a nivel genético: no todo el mundo es igual, no todos los alelos de las enzimas son iguales, no todo el mundo detoxifica igual y así sucesivamente. La población asiática presenta un alelo distinto de la Alcohol Deshidrogenasa, lo que tiene que ver con su escasa resistencia a los espirituosos; la población negra tiene problemas cardiovasculares diferentes a los de la población caucásica; ciertas personas tienen alelos diferentes de los citocromos que detoxifican la cafeína y les hacen más sensibles o más tolerantes a los efectos del café...

Al tener estudios clínicos que buscan patrones de población concretos (jóvenes, sanos, etc.) se pierde el "realismo" del estudio y se obtiene una muestra que no es representativa de la población total. Normalmente, a los productos comercializados se les sigue en lo que se llama fase 4 y es entonces cuando se detectan muchos de esos casos atípicos que están escondidos en la variación intra e interpoblacional de aquellos genes implicados en el LADME (Liberación Absorción Distribución Metabolización y Excreción) de los fármacos.
Sólo recientemente se ha empezado, a raíz de este tipo de incidentes, a plantear de forma seria una serie de disciplinas asociadas a la farmacología que se ocupan de forma científica del estudio de estos fenómenos, me refiero a la Farmacogenética (el estudio de las variaciones genéticas en la interacción con los fármacos a nivel individual), la Farmacogenómica (idem pero a mayor escala) y la Farmacovigilancia. Hoy se habla mucho de las dos primeras por aquello de la medicina personalizada pero, en realidad, a lo que se refieren, de forma más útil e inmediata, es al estudio e implementación de mejoras en los tratamientos farmacológicos atendiendo a los perfiles genéticos de la población: un uso más eficiente de los fármacos de acuerdo con perfiles de respuesta a estos permitiría ahorros tremendos de dinero al poder alargar la vida útil de fármacos efectivos, que se descartan de forma radical sólo porque sus efectos secundarios más llamativos ocurren en porciones de la población que presentan hipersensibilidad y que podrían ser tratados mejor con otros.

martes, 15 de febrero de 2011

Contra el Sistema.

Aunque en el momento en que escribo esto es ya bastante tarde para uno de mis días de diario, tengo la energía y la voluntad y no sólo esa vaga sensación de deberme a mi público. Es, en todo caso, una deuda pendiente que tenía para conmigo y para con gente a la que conozco y es un ataque de sinceridad en toda regla.

Desde principios de año estoy trabajando nuevamente en un laboratorio con carácter de becario. Supero el mileurismo lo justo para costearme el abono de transporte público y, naturalmente, no tengo las coberturas habituales de un trabajador asalariado, aunque mis jornadas laborales tampoco estén estipuladas. Vuelvo a tener unos ingresos en un concepto que, por otra parte, me resulta desagradable, a nivel profesional. Toda la flexibilidad, toda la falta de requerimientos estrictos de una jornada laboral se equilibra con las obligaciones no expresas de aprender sobre el tema de estudio para poder escribir una tesis, así que la jornada no termina cuando sales del laboratorio y tu tempo libre no es exactamente tal cosa.

Os lo voy a decir con todas las letras: no tengo el menor interés por escribir una tesis ni por conseguir el grado de doctor. Profesionalmente sería una especialización que, además, me restringiría todavía más y que me marcaría con un tema que es posible que no quisiera continuar como investigador.

Creo que hace tiempo que me quemé respecto a la investigación básica y no creo que merezcan la pena todas las horas invertidas en ello ni el esfuerzo para conseguir unos míseros resultados cuya relevancia sólo será medida de acuerdo a algo tan filisteo como un índice de impacto. Soy un mercenario de la ciencia, si, y estoy orgulloso de ello porque tomo mi labor como un profesional que se esfuerza en hacer su trabajo bien de acuerdo con unos criterios más o menos objetivos.
Sin embargo, desprecio el mundillo de la investigación académica: las publicaciones, los egos (desmedidos y heridos), las vendettas, los que se aprovechan del sistema, los dinosaurios... Me resulta indiferente y prescindible en mi vida. Sencillamente, creo que lo que cuenta Sonicando en su última entrada es la base de mis problemas, es actitud prepotente, paternalista y condescendiente (un tanto redundantes entre sí) que ha reinado siempre en la academia respecto a los investigadores noveles y cómo con el pretexto de lo vocacional se ha mantenido un régimen de precariedad y de, ¿por qué no decirlo?, amateurismo respecto a los predoctorales.

Me pesarán los años pero es que, además, no le veo sentido a los doctorados basados en tesis a estas alturas. Una tesis no supone para su lector nada más que el hecho de poder validar un cuerpo de trabajo para obtener el título de doctor, sin importar dónde empezase ni donde terminase. Sencillamente, ya no ocurre como hace años: el proyecto inicial puede no ser ni un vago recuerdo cuando se llega al último punto debido a la competición con otros grupos y a que, sencillamente, las cosas nunca se ajustan al modelo como se había planteado.

Lo admito abiertamente: estoy en contra del sistema: estoy en contra de los doctorados basados en tesis, estoy en contra del sistema de predoctorales como becarios; de los proyectos hiperambiciosos que luego se quedan en punto muerto; de los directores e I.P.s que le cuelgan la mierda a los becarios y les exigen resultados obcecándose en hipótesis que luego chocan con las evidencias; de las putas jerarquías entre los becarios; de la retórica del trabajo en equipo que se queda en la puerta de los laboratorios; de usar fondos públicos como si fuesen la calderilla particular; y estoy en contra de la falta de gestión, control y organización de los laboratorios. Estoy, sencillamente, harto de un mundillo y una forma de entender la ciencia que es de aficionados y en el que la profesionalidad es más un milagro que resulta de esfuerzos más allá del deber de unos pocos que lo añaden a sus responsabilidades reales.

Otros no sé pero yo quiero vivir de la ciencia como un profesional con dignidad profesional.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El Botín de Dublín + Las malvadas Farmacéuticas.

Se me hacía de una pereza infinita el volver a escribir pero quizás por eso mismo necesitaba vacaciones fuera. Mi sobrino tuvo el detalle de acogerme otra vez en su casa en Dublín y su novia (este apartamento era otro significativamente peor, pero el amigo que vivía con ellos se volvió a Madrid y ya no podían permitirse aquel lujazo de casa, ¡ays!) y él me tuvieron a cuerpo de rey en la semana larga que he pasado con ellos. No puedo quejarme para nada*, salvo por el pequeño detalle de que habitualmente me metían en medio de sus discusiones, que a veces se volvían tan absurdas que me parecía estar en Pepa y Avelino Dublin Edition.

Fig. 1. Botín: sección libros y series en DVD. Un poco de algo que ya conozco (Pratchett,Dick y Morgan, de quien un amigo me prestó Altered Carbon, un buen libro; los tomos de Fables, de los que ya me ventilé los dos primeros y me gustaron muchísimo) un poco para probar (Baxter y Reynolds y la antología de Noir). Las series, de mis favoritas (Tina Fey, te amo; Vic Mackey, a ti también pero de forma no homosexual. O si. No sé). Ya os contaré qué tal está la de Brotherhood pero pinta bien.


Fig. 2. Botín: sección juegos. Juego de puteos de los gordos. Me estuve leyendo Ricardo III mientras estaba con mi sobrino y algo tendrá que ver. No soy así. En serio.

Como el año pasado, éste también he vuelto con un considerable botín de libros y series en DVD más un juego de mesa que me interesaba de un tiempo a esta parte (pero que en realidad encontré en la tienda que fui a visitar poco más o menos de pura suerte, ya que ni esperaba que lo tuvieran). Con esto me aseguro unos cuantos meses de entretenimiento barato mientras languidezco en mi tedio de parado descontento (o algo así, porque lo de salir a correr por las mañanas y prepararme el examen de primer Dan de Karate no me lo quita nadie y ya veremos si empiezo a aprender a conducir y esas cosas necesarias para la vida moderna).
En lo concerniente al propio Dublín, pasear, ver cosas pero poco más. No es una ciudad que tenga muchas cosas y una vez visto todo lo que hay que ver, incluída la vida nocturna, se queda en poquita cosa si no vives allí y vas de turista, pero se agradece el descanso. Ah, si, estuve de visita en el Museo Nacional de Historia Natural. Es poco más que una colección de ejemplares disecados, bien organizada, eso si, y muchos de ellos provenientes de donaciones de cabezas obtenidas en safaris y ese tipo de cosas pero la verdad es que a mí me sirvió para reverdecer un poco mis conocimientos de zoología y morfología y sus bases ecológicas y evolutivas y si no tienes demasiada idea de estos temas, siempre resulta interesante ver la diversidad animal. Naturalmente, echaba en falta una sección de reptiles y serpientes (¿sabéis por qué?).

Para compensar, el viernes estuvimos de excursión en los acantilados de Moher. Están en el otro lado de la isla y son una vista impresionante que merece verse. La excursión en sí podía haber ido mejor con alguna parada menos (y mejores carreteras) pero estuvo bastante bien y tengo algunas fotos por ahí que transmiten bastante bien lo impresionante de las vistas.
Fig. 3. Mogollón de metros todos para abajo, lo menos 100. Decía el guía que venían muchos a tirarse. Nos ha jodido: éxito seguro.

Fig. 4. Impresionan de verdad. Me hubiese gustado tener una cámara con un objetivo telescópico gordo para poder observar los nidos de las aves. Había hasta frailecillos.

*Falso, si había una cosa de la que quejarme: esos salvajes comepatatas no saben lo que son las persianas y las ventanas de mi sobrino estaban orientadas hacia el punto exacto del Sureste por el que se alzaba el sol. Casi todos los días me despertaba a las 7 y media por el puto sol. Hay que joderse, ir a Dublín y que haga tan buen tiempo que no puedas dormir a pierna suelta.
-----------------------

Me gustaría comentar un par de cosas a raíz de un par de cosas que han ido surgiendo en un hilo sobre homeopatía de un foro en el que participo. Me plagio a mí mismo (dando formato a lo que corresponda, claro) pero con buen motivo: uno de los argumentos más usados para defender toda esa mierda del naturismo y la homeopatía es el de los efectos secundarios de los medicamentos. Me parece muy importante dejar algo claro (y de paso dejar claro que he amortizado el máster y que en la empresa me lavaron el cerebro :P ).

Por aquello de los efectos secundarios y lo malvadas malosas que son las compañías farmacéuticas:
-TODO xenobiótico tiene efectos secundarios: cualquier cosa que introduzcas en el cuerpo que no pertenezca a él tendrá efectos indeseados más allá de su principio activo. La mayoría de las substancias de origen natural que se han empleado durante siglos tienen efectos secundarios y afectan al organismo, tanto más, en tanto que al no estar purificadas como principio activo a éste lo acompañan productos secundarios del matabolismo de la planta (pues la mayoría son de este origen).

De hecho, la mayoría de las plantas de consumo habitual en la dieta humana tienen componentes indigestos y/o tóxicos, motivo por el que la harina de almortas empleada para las gachas debía cocerse largo tiempo, lo mismo que la mayoría de las legumbres (inhibidores de proteasas). Otro caso similar ocurre con la mandioca o cassava (Manihot esculenta), que tiene glucósidos cianogénicos (o sea, formas de azúcares que se rompen y liberan cianuro) y con muchas otras plantas que se han domesticado.

Muchos de esos remedios naturales (o naturistas, más bien), producen efectos de estimulación de los citocromos de detoxificación del organismo para poder copar con los productos secundarios que llevan y pueden hacer que una terapia convencional no funcione precisamente porque se toman esas infusiones y brebajes sin consultar al médico, el farmacéutico ni a nadie. No quiero ni contaros la risa cuando afectan a los citocromos que detoxifican los anticonceptivos y se cargan éstos antes de que pueden tener efecto o hacen que un anticoagulante no funcione correctamente y haya que elevar la dosis al paciente, que tiempo después deja de tomar los "calditos" y sufre misteriosas hemorragias. Estas interacciones se conocen entre fármacos y la mayoría de médicos, aunque sólo sea porque siguen los catálogos, no recetan ciertas parejas de ellos pero cuando se toman misteriosas pócimas, la responsabilidad ¿de quién es?

-Llegamos al otro punto: todos los fármacos tienen riesgos no previstos en los prospectos que los acompañan y debidos a las diferencias genéticas entre poblaciones e indivíduos. Sencillamente, los seres humanos somos diferentes a nivel molecular y por pura estadística, en los ensayos clínicos, no entran personas con todos los genotipos y fenotipos, por lo que es normal que aparezcan efectos secundarios graves tiempo después de aprobarse medicamentos concretos. De hecho, es una de las bases de los medicamentos para afroamericanos o asiáticos, etc., tema que hasta aparecía en algún episodio de Urgencias y o de House. No se trata de conspiraciones, sobornos o manos negras: no hay que atribuir a la malicia lo que explica la estupidez (o sólo la estadística).

Para poder seguir esto, las farmacéuticas, esas compañías tan malas malosas, tiene departamentos de farmacovigilancia que siguen y monitorizan esas incidencias. Son un negocio, cierto, pero ejercen ciertas responsabilidades precisamente para seguir en el negocio y se hallan bajo regulaciones muy duras que ya querríamos para otros sectores de la economía.

sábado, 3 de abril de 2010

Solidaridad.

Hoy escribo con una resaca de teobromina cojonuda. En contra de lo que os puedan decir, el chocolate también puede producir resaca (sobre todo si es casi medio litro de helado de fondant, que luego no puedes pegar ojo ni de coña). La terapia es lo que tiene, que siempre acabas pagando.

Hace ya una semana larga que concluimos la parte teórica del máster. Me alegra. El nivel de tensión ha sido máximo para todos en las últimas semanas, no sólo para mí, sino para todos y si llegamos a tener un par de semanas más no sé si me hubiese llegado a quemar a lo bonzo. Es una suerte que las prácticas de empresa las postergasen hasta el día 6. Necesitaba estos días de no hacer nada y aislarme del mundo.
En los cinco meses largos que hemos tenido de teoría del máster he tenido ocasión de comprobar que los límites de la competitividad que creía que había visto hasta ahora eran superficiales. Me he llevado sorpresas muy desagradables con alguna gente y si bien he trabajado codo con codo con algunas compañeras que han estado a la altura de mis mejores expectativas, a pesar de los roces que hayamos tenido, también he visto que otras personas, incluidas algunas de las que no lo esperaba, han caído en bajezas desmedidas.
No entiendo que haya personas capaces de ir a hablar con profesores para que le bajen la nota a un compañero, por más que éste sea un puto vago redomado. No entiendo que haya gente que por rencor deje a un compañero en evidencia delante del resto de alumnos y de los profesores. No entiendo que haya gente que se queje de que un examen ha sido demasiado fácil. Sencillamente, debo ser más imbécil de lo que pensaba, porque hay gente con mejores notas y mejores posiciones que yo que son capaces de entregarse a conductas que me parecen completamente mezquinas y sin ningún tipo de beneficio propio sin ningún tipo de duda.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Nil carborundum illegitimi.


Warnung!: esta columna es totalmente objetiva y no alberga sesgo de ningún tipo. Cualquier duda respecto a la veracidad de esta afirmación sólo demuestra la falta de fé del lector en el socialismo real y su naturaleza de criptofascista pequeño-burgués contrarrevolucionario.

No hay nada como unos cuantos días de vacaciones para poder pensar a gusto y ver las cosas sin las presiones de la rutina habitual que suelen interferir con el raciocinio. En esos momentos en que uno puede pararse a oler las flores y apreciar la luz sobre los árboles, muchas cosas quedan expuestas en su valor real y su importancia para nuestra vida y, aún más, para el universo.

Poco antes de marcharme a Dublín, esos malditos cabrones lloriqueaban la reforma del mercado laboral, o lo que es lo mismo, que en estos tiempos de inseguridad económica puedan echar a la gente a la puta calle como quieran y paguen menor cotización a la seguridad social. Como siempre, los más vulnerables deben pagar el coste de la estupidez y la codicia de los miserables que nunca han contribuido a la mejora de la sociedad, sólo han especulado con ficciones para enriquecerse e hinchar aún más sus gordas carteras (y, algunos, tripas). Luego, cuando aparecen las estadísticas de mileurismo en España, lo extraño es que no se eche más gente al terrorismo, a robar bancos o alunizajes en tiendas de lujo.
Lo más curioso, sin embargo, es que todavía haya dos incongruencias bien gordas en las que la gente sigue cayendo con desesperante obstinación. Son dos cuestiones que vendrían a ser como el elefante en la habitación del proceso productivo y que, si la gente las observase con suficiente atención, podrían servir como bases de la aceptación de un nuevo paradigma social (no de su planteamiento, del que ya hay algún modelo interesante, como el proyecto Venus).

La primera de estas dos incongruencias es la tecnológico-material. El progreso tecnológico siempre ha buscado resolver problemas materiales del ser humano generando máquinas que puedan realizar tareas peligrosas o desagradables o mejorar los procesos productivos para alcanzar un mayor grado de precisión o eficiencia. Las máquinas, en consecuencia, sustituyen al ser humano progresivamente para la realización de actividades físicas implicadas en los procesos de producción al operar de forma más eficaz, con más exactitud y menor consumo de energía y tiempo por unidad de producto. La consecuencia inevitable es que el ser humano queda desplazado de determinadas tareas que pueden ser realizadas de forma industrializada y, lógicamente, el desempleo aumenta.
Es así, la automatización remplaza a los seres humanos y los puestos de trabajo que éstos ocupaban tradicionalmente desaparecen.
Ahora bien, aunque los productos puedan ser producidos de forma más eficiente y se reduzca su coste y siendo el consumo la base del sistema capitalista, esta reducción de empleos ¿no supone una reducción de consumidores? El modelo socio-económico en que nos encontramos no puede soportar el progreso tecnológico sin colapsarse convirtiendo a la mayoría de la población en desempleados. ¿Cómo se podría sostener a esa gran masa de personas que, en principio, carecerían de ingresos? ¿Tendría algún sentido el modelo monetario?
Nuestro modelo económico se basa en una serie de premisas aceptadas por consenso, como el valor del dinero (¿realmente cuesta lo que pone en su faz un billete de 50 euros?), que pierden su sentido si no se mantiene el modelo social y viceversa. El desligamiento de la economía de los recursos materiales en sí sólo contribuye a la especulación y al establecimiento de unas categorías sociales que parten de esos abstractos sin respaldo real. Algo valdra tanto como otra persona esté dispuesta a dar por ello pero si esa persona no puede dar nada, ¿esa otra cosa valdrá nada? Si no hay nadie para comprar, ¿qué importa que haya cosas para vender?
No hablemos ya, claro, del momento en que haya inteligencias artificiales capaces de gestionar todo el proceso productivo. En ese momento los propios gestores de la riqueza estarán acabados por su falta de justificación filosófica.

Por otro lado, hay una cuestión fundamental en la naturaleza filosófica del trabajo. Lo de que el trabajo dignifica es una chorrada. No es lo mismo sentirse útil y que hay cosas que llenan la vida de uno y que el trabajo dé dignidad. La dignidad de una persona es inherente y la pierde o la gana por la ética y/o moralidad de sus acciones, no por hacer una actividad para obtener dinero. Es más, si tanto dignifica y tan bueno es lo de trabajar, ¿por qué se inventó la esclavitud?
Dejando de lado que cada persona pueda tener una predisposición de los circuitos neuronales hacia unas actividades u otras (unos ciertos talentos u otros: pintura, música, escritura...), muchas personas no pueden desarrollarlos por la carga del trabajo. Su vida pasa en actividades para sostener un medio de vida y sus potencialidades se echan a perder en cosas que nunca sinificarán nada. Incluso muchos de aquellos que se llenan la boca con la importancia de sus trabajos, lo mucho que ganan, las consecuencias de sus decisiones, no son capaces de comprender que sus vidas, al fin y al cabo, no significarán nada (sirva esto para tener un punto de perspectiva más apropiado sobre nuestro lugar).

800 Años y sigue en pie. Nada de lo que hagas en tu vida significará nada.
Las cosas realmente importantes o lo son para uno por sí mismas, por lo que suponen para nuestro interés y/o nuestra mejora personal, generando un orgullo o una satisfacción personal. Los conceptos racionales, como el aporte a la sociedad y la mejora de ésta, nada significan si no hay una implicación emocional egoista. Los seres humanos somos egoistas por evolución, por el establecimiento de unos patrones emocionales de apego a las cosas, las personas y los conceptos que condicionan nuestro modo de actuar. Decir que el trabajo dignifica sólo es un modo interesado de adoctrinar para mantener a la gente dentro del sistema y anular el individualismo y el análisis racional concreto de las estructuras socio-económicas que nos rodean.
Dentro de las cosas que importan, de las que importan de verdad, tendríamos que recurrir a una de las obsesiones fundamentales de los seres humanos desde el amanecer de la historia y antes: la muerte. La muerte es el normalizador definitivo de los seres humanos. Pone a todos en el mismo lugar y, que se sepa, no hay modo de evitarla por toda una colección de eventos inherentes a la propia fisiología. A pesar de todo, esa conciencia permanente de nuestra duración limitada, de que somos finitos, ha conducido a actividades en las que todas la reglas habituales, económicas, sociales, incluso éticas y morales, se han suspendido. Los seres humanos buscamos desesperadamente el modo de perdurar, como todo ser vivo y, entonces, las reglas dejan de importar.
A esta escala, ¿se puede hablar de dinero?

Existen los recursos para mejorar la sociedad y para cambiar el modelo productivo y social, lo que no existe es la voluntad. Los hábitos psicológicos sobre la gestión de los recursos para nuestra supervivencia y un modo de vida decente son los mismos que hace milenios y día a día la tecnología destroza los pretextos que siempre han servido para sostenerlos. El sistema se depreda a sí mismo mientras intenta perpetuarse pero las condiciones para la aparición de nuevas propiedades emergentes están ahí. No habrá una verdadera justificación para el sistema monetario cuando la tecnología haga tan ínfimo el coste de los bienes de consumo que no exista participación humana.
-------------------
Columna patrocinada por:

¡Los cereales para un despertar revolucionario!
¡Ayuda a tu progreso intestinal, camarada!
-----------
Recomendación del Día: Subnormality Webcomic.

lunes, 3 de agosto de 2009

Mater Natura vulpes est.

A raiz de uno de los últimos comentarios que he recibido, creo que era pertinente aclarar unas cuantas cosas sobre el Eje Central de la Biología, la Teoría Unificada que da consistencia a la interpretación racional de la observación humana de los seres vivos y su historia sobre la Tierra.

Empecemos por el error: Darwiniano, ergo, la supervivencia de los más fuertes.

No, no es así. Esa es la simplificación burda e interesada que se propagó durante cosa de casi un siglo (entre la publicación de la obra de Darwin y la consolidación de la Síntesis Neodarwinista en torno a mil novecientos cuarenta y algo). Las razones para este comentario no estaban tanto en la accesibilidad del argumento de la Selección Natural a las grandes masas como en apropiarse del concepto para impulsar lo que se conoce como darwinismo social, una perversión interesada de los argumentos científicos aplicables a la naturaleza para justificar la opresión del proletariado por la burguesía y los privilegiados de todo tipo. En el mundo de Julio Verne, contemporáneo con Darwin, no podemos olvidar que en las factorías y las minas estaba permitido el trabajo infantil, que en África, Leopoldo II, los belgas llevaban a cabo un genocidio y explotación de las poblaciones nativas comparable en dimensiones y falta de escrúpulos al que los nazis realizaron en sus campos de concentración y que, si bien el antecendente de la Solución Final al Problema Judio en Europa se halla en el Exterminio de los Armenios por los Turcos a principios del siglo XX (usando como coartada la caída del Imperio Otomano), los antecedentes del modelo de explotación y esclavitud se hallaban en el Congo belga.
Pero ¿podemos quedarnos ahí? De ningún modo: los movimientos de inmigrantes hacia América, la explotación de italoamericanos e hiberno-americanos (irlandeses, me parece mejor adjetivo) y todo el colonialismo adicional europeo, por no mencionar los rescoldos de esclavitud o el revisionismo histórico amparado por esta argumentación bastarda también forma parte de una sustitución, pretendidamente científica, del que fuera originalmente un argumento de origen teológico calvinista. Se buscaba justificar, de forma retroactiva, el status quo, cualquiera que fuese, de forma que aquellos que estuviesen en la cima se hallaban allí causalmente, ya fuese la predestinación dvina o caracteres seleccionados.
Sin embargo, los hechos son cosas tercas (John Adams dixit), y el señor Karl Marx demostró que un análisis económico de la política y la historia echaba por tierra tales argumentos. Los privilegiados de un momento histórico se encuentran ahí por la dialéctica materialista, la lucha de clases. La clase media, el jamón del sandwich, es siempre la que engendra la nueva clase privilegiada, pues aloja a aquellos con la formación educativa y el tiempo suficiente como para cuestionar su lugar en la jerarquía social.

En lo que respecta a la cuestión biológica, por otra parte, la cita es lo que, técnicamente, se califica como una gilipollez. Lo es porque no ayuda a entender nada acerca de cómo funciona la naturaleza, no aporta nada de valor científico y es evidente sin resultar informativa. Hay que volver al inicio, partir de los principios fundamentales del planteamiento de Darwin, para comprender cúal es la base de la historia de los seres vivos.

De forma esquemática, el argumento de Darwin se puede explicar por los siguientes postulados:
-Los recursos del medio ambiente son limitados.
-Los seres vivos presentan variabilidad entre los indivíduos de su descendencia.
-Los indivíduos competirán por los recursos del medio ambiente.
-Las diferencias entre los indivíduos pueden proporcionar ventaja en la competencia por los recursos.
-Aquellos indivíduos que presenten una ventaja en la competencia por los recursos tendrán mayor probabilidad de reproducirse con éxito y en mayor número.
-La descendencia de aquellos indivíduos que se reproduzcan con éxito heredará aquellas características que confieren la ventaja en la competencia por los recursos.

En el momento en que Darwin iba pergeñando estos postulados, le faltaba la justificación material de ciertos fenómenos, concretamente los de la herencia de los caracteres de los seres vivos (la genética), cosa que, más o menos cuando publicó, estaba desentrañando Gregor Mendel, un fraile agustino de la abadía de Brun (en Chequia, por entonces parte del Imperio Austro-húngaro), primero con conejillos de indias y luego (cuando se enteró su obispo), con guisantes (Pisum sativum; al parecer el obispo desconocía que las plantas practican el sexo también). A pesar de ese desconocimiento, Darwin había juntado las piezas que le dejaron otros naturalistas (Linneo y sus familias botánicas; Cuvier, con la anatomía comparada; Lyell con la geología; el caballero de Lamarck afianzando el transformismo) y recogido las suyas propias (en su viaje en el Beagle) y dio un nuevo paradigma científico, un modelo por el que la Historia Natural tenía sentido y coherencia.
Darwin explicó, indirectamente, porque las plantas se agrupaban en familias y sus órganos sexuales adquirían forma de insecto; cómo era posible que las extremidades de los murciélagos, las ballenas, los caballos, los seres humanos y los reptiles tuviesen el mismo número de huesos; cómo era posible que hubiese especies extintas y enterradas en los estratos geológicos. Darwin no mató a Dios pero se cargó el Génesis.

Dejando de lado a los putos pirados que se tragan el montón de mierda creacionista, Darwin mató el fijismo (la idea de que las especies existen y han existido siempre en su forma presente) y arrojó muchas dudas sobre la bondad de Dios. En la naturaleza según Darwin, las extinciones ocurrían porque Dios no tenía misericoria de su creación, las especies surgían y se transformaban de acuerdo con su adaptación al entorno en que se encontraban y el indivíduo no tenía valor por sí mismo, sólo por su función reproductiva. El universo según Darwin es un lugar frío y despiadado. Tan frío y tan despiadado que los fuertes perecen igualmente.
Los seres vivos son prisioneros del medio ambiente y tienen éxito sólo aquellos que pueden asegurar su supervivencia y reproducirse. No obstante, el entorno puede cambiar. Las evidencias estaban en la geología (las grandes extinciones y los fósiles que indicaban cambios drásticos). Ser el mejor ahora no significa nada y mañana puedes ser el tesoro de los futuros paleontólogos. Toda especialización conlleva una muerte lenta. Pero la naturaleza juega siempre con los dados cargados: la reproducción sexual es donde nuestra Magna Mater hizo trampa. Los seres vivos de reproducción sexual llevan siempre dos dotaciones cromosómicas, lo que significa que cada locus (gen) tiene dos copias.
Darwin no lo sabía pero intuía que existían esos factores hereditarios, ya que la descendencia no era uniforme, ni siquiera tras generaciones de cruces óptimos, y, además, los cruces entre machos y hembras significaban que siempre había una dilución de los caracteres óptimos. Su trato con criadores profesionales de caballos de carreras y perros de caza se lo dejaron claro. Lo que ocurre es que cualquiera de las formas de citar a Darwin tiene un error significativo. "La supervivencia de los más aptos." No es así. Nunca ha sido así. Mami no sólo hace trampas. Es prestidigitadora y nosotros somos tan gilipollas que miramos siempre la mano equivocada porque creemos saberlo todo.

La mayoría de la población africana entre las franjas tropicales es portadora en heterocigosis (esto es, posee una sola copia) del gen de la anemia falciforme (los eritrocitos, hematíes o glóbulos rojos tienen forma de hoz). Esto supone una eficacia reducida de su sistema circulatorio y su sangre pero, casualmente, son más resistentes al plasmodio de la malaria, que tiene la mala costumbre de alojarse en los eritrocitos para reproducirse y completar su ciclo vital. Una deformidad que conlleva un problema de salud y en homocigosis es prácticamente letal. ¿Habéis visto dónde escondía la Madre Naturaleza su carta?
Nunca se ha tratado de la supervivencia de los más fuertes ni de los más aptos ni de los más nada. A mamá siempre la ha bastado con que a sus hijos les vaya, simplemente, así así, con ir tirando, con un día más y un par de nietos. La Selección Natural es sólo un umbral de tolerancia que, en más de un caso, no es tan restrictivo como parece. No hace falta ser perfecto, sólo seguir vivo y tener hijos. De hecho, existe la Selección Sexual, el sesgo a favor de la reproducción de aquellos que presentan unos caracteres no estrictamente relacionados con la supervivencia, sino con mayor atracción de las parejas reproductoras: a veces el musculitos tiene las de perder.
A la hora de considerar la genética de poblaciones, la rama de la genética que se ocupa del estudio de la composición genética de las poblaciones a nivel estadístico, la Selección Natural asigna valores de fitness o eficacia biológica en los que la descendencia aportada es fundamental. Si no se tiene descendencia, por muy fuerte o inteligente o rápido o ágil que se sea, para la naturaleza no se vale nada. Mirad a vuestro alrededor y comprenderéis que, biológicamente, la mayoría de la gente que conocéis no vale nada, para la naturaleza. Es más, en este mismo contexto de los números puros y duros, se comprueba que la Selección Natural ni siquiera es el único mecanismo en juego en la evolución. Hay un pequeño fenómeno llamado Deriva Genética que opera en las poblaciones y se basa en que los cruzamientos que ocurren entre los indivíduos no son todos los cruzamientos posibles. Por azar y circunstancias, no todos los indivíduos tienen hijos con todas las parejas con las que podrían, de forma que la composición de las poblaciones no está condicionada exclusivamente por su grado de adaptación al medio.
Además, como dijo Al Capone, los accidentes ocurren. ¿Qué ocurriría si, en un determinado momento, un volcán estallase y se cargase al 95% de la población de un ave concreta con un plumaje que le permitiese camuflarse y escapar a sus depredadores? ¿Podría el 5% restante ser determinante en la población de ese ave? No necesariamente, se produciría un Efecto Cuello de Botella y la proporción podría quedar alterada en el sentido opuesto para el resto de la historia. Pongamos también por caso, por ejemplo, que una isla vacía fuese colonizada por unos insectos con caparazón rojo y verde en proporción 8 a 2 de los que, en el continente, los rojos serían la presa favorita de las aves, por visibles. ¿Qué sucedería? Salvo que las aves colonizasen la isla también, los insectos rojos dominarían la población de la especie por el Efecto Fundador. La Deriva Genética no es más que la conclusión de la aplicación de los números a los seres vivos y su distribución en fenotipos (la manifestación física y fisiológica del conjunto de los genes de un indivíduo, el genotipo; lo que es lo mismo, el conjunto de caracteres de un indivíduo de una especie) y los números son amantes crueles.

En las discusiones a partir de los años 40 del siglo XX para llegar a una conclusión sobre el elemento determinante en la evolución de las especies (la Selección Natural o la Deriva Genética), después de la formación de la Síntesis Neodarwinista, no se pudo llegar a un acuerdo. La tostada acerca del valro de la Selección Natural sigue presente hoy a nivel de la distribución de los alelos (las variantes en que se puede manifestar un gen, por ejemplo: color de ojos). A nivel básico, toda la Selección Natural operaría por la selección de aquellos genes que dan lugar a proteínas cuyo fenotipo redunda en un carácter concreto del indivíduo. La mayoría de caracteres, sin embargo, son más complejos que el color de ojos y suelen ser cuantitativos y/o poligénicos, lo que complica, aumentando el número de factores, escoger aquellos genes positivos y negativos de forma independiente, ya que, a nivel físico, el DNA se reparte en cromosomas, que actúan como paquetes coherentes que no se trocean hasta una escala tan pequeña como el gen específico. Heredar un gen con un alelo beneficioso puede significar heredar otro gen con un alelo defectuoso que va ligado. Otro jueguecito de la Mater Natura: la Caja Sorpresa.
En esencia, una de las consecuencias que todo esto tiene es que hay discusiones acerca de si, en realidad, hay tanta Selección Natural a nivel molecular. Salvo excepciones muy honrosas, como la RUBISCO (Ribulosa Bis-Fosfato Carboxilasa, la enzima fundamental de la fijación del carbono inorgánico, como dióxido de carbono, en carbono orgánico, como monosacáridos o azúcares sencillos formados por los vegetales), una gran mayoría de las enzimas/proteínas de la naturaleza no son perfectas, tienen un rendimiento físico-químico por debajo del óptimo. Todo eso, por lo que mencionaba acerca de los cromosomas y el ligamiento de los genes entre sí, conlleva que no se pueda reconciliar una selección estricta en relación a las moléculas. El debate entre las posturas seleccionistas y neutralistas todavía se mantiene pero resulta imposible reconciliar una postura en la que se afirme un seleccionismo estricto con las evidencias observadas, sobre todo en relación al tiempo disponible. La Selección Natural lo tendría muy difícil para operar cada cambio de forma independiente: no podría cambiar un gen sin cambiar otro antes y así sucesivamente. No cuadran las cuentas. Además, la Naturaleza aborrece la normalidad: las poblaciones uniformes desaparecen casi sin remedio. Sólo aquellas especies con poblaciones diversas con opciones de acomodarse a un cambio en el medio prevalecen y los escogidos lo son siempre por azar. La vida es el resultado del Azar y la Necesidad.

P.S.: me he estado dedicando a pasar por el procesador de textos, revisar y modificar viejo material que había hecho para partidas de juegos de rol. No sé si sacaré algo de ello pero debo decir que algunas de las cosas que tenía por ahí no estaba mal, la verdad.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Ni Puta Idea.

Deben de existir pocas sensaciones tan terroríficas como el día en que uno se planta en el trabajo y le dicen, poco más o menos, que tiene que volar solo. Si uno tiene al jefe encima y le va dando instrucciones de esto o aquello, no hay demasiadas preocupaciones salvo el tener que repetir las cosas porque no salgan o cagarla por torpe (claro que es más difícil si te supervisan). Sin embargo, en el momento en que te dicen que te ocupes de algo tú solo, la cosa se pone peliaguda. No es sólo el riesgo de cagarla bien cagada sino que se suma el enorme vacío lleno de posibilidades (valga el contrasentido) delante de uno y el peso de la pregunta "¿Qué coño hago ahora?" rebotando en el interior de la cabeza. El mundo se abre ante tí con todas las opciones y eso da miedo. Da miedo de verdad.

Es en ese tipo de ocasiones, cuando tenemos que enfrentarnos a la propia ignorancia, cuando nos acojonamos al admitir que no tenemos ni puta idea sobre algo que creíamos manejar ya. La responsabilidad recae sobre uno mismo y se supone que tenemos la preparación necesaria para ello pero no nos lo creemos todavía y llevamos el miedo a cuestas. Necesitamos la prueba de fuego, necesitamos hacer las cosas en solitario para ver que hemos aprendido y que lo que hemos hecho antes ha quedado fijado y que podemos repetirlo sin tener encima a alguien que nos controle y nos lleve de la mano. En cierto modo, quizás porque en mi área de mi profesión se trabaja con cosas que no se ven, que uno confía en que estén ahí y que sólo comprueba mediante métodos indirectos, no a través de sus sentidos, es una forma de superar una cierta sensación de magia, de rito sobrenatural. Uno pasa de sentir que el jefe es el chamán, el brujo vudú que tiene poderes para hacer las cosas a hacerlas uno mismo y darse cuenta de que no hay nada mágico al respecto.

Es bastante chorra que alguien que se dedica a la ciencia pueda sentir algo así pero no me ha pasado sólo a mí. Durante los últimos meses en mi anterior puesto, me encargué de formar a mi sucesora y enseñarle los trucos del oficio y ella me confesó que también tenía la misma sensación. Los protocolos existen por algo pero en ciencia, al trabajar en la frontera entre lo conocido y lo desconocido, creo que es normal que haya esta sensación de magia: la mayoría de las veces uno opera aplicando métodos que se han comprobado en otras situaciones u otros organismos, no hay garantías de que funcione o que los resultados tengan la misma interpretación, por eso el trabajo va más allá de lo material y pasa a lo conceptual, a luchar con las ideas y la información para extraer su sentido. Suena entusiasta, lo sé, pero en el fondo, con el tiempo y la familiaridad, la cosa se atempera y, desgraciadamente, pierde parte de su gracia.

Al hablar con gente un poco familiarizada con el tema, es cuando uno recupera la sensación de magia y brujería que muchas veces tiene la profesión. Cuando se recuerda cómo el abismo está delante de tí, planteando más preguntas de las que nunca hubieses imaginado y sacando las inseguridades y dudas sobre tí mismo que llevas dentro. Resulta, cuanto menos, interesante a nivel psicológico pero supongo que es algo intrínseco a la búsqueda de conocimiento: las personas que tiene esto como profesión no son especiales, salvo unos cuantos genios con una capacidad de proyectar el futuro, pero el trabajo, una vez se supera la dimensión material, lo es.

martes, 18 de noviembre de 2008

Deformación Profesional.

Después de licenciarme, una de las cosas a las que le he dado más vueltas es cómo los años de licenciatura me cambiaron a mí. A menos que una persona tenga la consistencia psicológica de un tarugo de madera, lo habitual es que las experiencias por las que pase y que le causen un cierto impacto emocional modifiquen su conducta y su personalidad, no necesariamente de forma radical, pero si lo suficiente como para que se aprecie desde fuera. Una licenciatura universitaria es una de esas experiencias que, casi forzosamente, obliga a invertir tanto tiempo y esfuerzo en ella que el que sale no es el mismo que el que entró.

Recuerdo que, cuando entré en la facultad, mis propósitos profesionales y vitales eran muy diferentes de los que he conseguido y los que me planteo ahora. Eso es normal, por otra parte, y les ocurre a las personas, con estudios universitarios o sin ellos, aunque sólo sea por la progresión de la edad (salvo deshonrosas excepciones, claro), pero en una licenciatura ocurre de forma diferente porque las asignaturas, las ramas de conocimiento y las decisiones que tomamos en base a ellas muchas veces nos revelan cosas con las que no contábamos acerca de nosotros mismos y de nuestra profesión. Porque eso sí, quiera uno o no, su licenciatura es una formación para una profesión concreta (otra cosa es que acabe desempeñandola).

Esas sorpresas, algunas frustrantes, otras agradables, toman un valor u otro según la personalidad de cada uno pero al final sus ideas preconcebidas acaban chocando con la realidad. Hacia tercero me cansé de contar las asignaturas que me habían decepcionado con contenidos que habrían aburrido a un muerto y en segundo ya tenía noticia de qué profesores iba a amargarme las asignaturas en el futuro. Así el ciclo de la vida del universitario se repite de generación en generación y cuando uno tenía esperanzas de poder aprender y disfrutar de una materia acaba aborreciéndola. Como consecuencia indirecta, claro, viene el que lo que uno pensaba que quería hacer con su licenciatura, acaba por no tener nada que ver con lo que realmente quiere hacer. Pero, ¡ay!, si todo terminase ahí...

De verdad, las personas que tienen su vida trazada con tiralíneas desde el principio hasta el final me dan aprensión. He conocido a gente cuyo propósito al entrar en la facultad era llegar a convertirse en investigadores del cáncer y lo han conseguido, o por lo menos están en camino, y resultaban personas completamente aburridas y previsibles. La expresión que me traían a la cabeza era que eran personas de las que follaban con los calcetines puestos, haced de ello lo que queráis. Para compensar, o algo, estaban también los que no tenían ni puta idea y que entraban rebotados de enfermería, medicina, farmacia... claro que esos tampoco duraban demasiado. Más o menos como los que creían que Biología era como una veterinaria y se podrían dedicar a cuidar de perritos y gatitos. Ahora bien, los que no tienen personalidad y se dejan llevar me parecen el otro extremo del espectro de lo lamentable y patético. Claro que resulta que de esos hay un buen montón, porque me faltan dedos en manos y pies para contar los casos de gente que con un transfondo familiar más bien privilegiado se adherían a la moda (bastante habitual en facultades de ciencias de la vida) del jipijismo o todo lo contrario y siendo unos quiero-y-no-puedo se echaban en brazos de Calvin Klein y los putos bolsitos de Tous (en mi opinión la más baja combinación de ñoño y pijo que se ha creado jamás).

La cuestión, por supuesto, es que si los que llevaban su vida con tiralíneas necesitaban sacarse el palo del culo antes de lesionarse internamente, porque lo más normal es que cuando una de esas personas tiene que enfrentarse a una crisis vital de las gordas acabe con su vida hecha pedacitos y sin saber qué coño chocó con él, los que se las apañaban para encajar en un grupo u otro, los que mostraban cierta adaptación, mostraban una flexibilidad que sólo puede traer a la memoria a las grandes estrellas del porno en su género de la doble penetración. Claro, la licenciatura me ha cambiado pero creo que hay un término medio en todo.

Ahora para mí es una gracia el verlo todo desde la distancia y conociendo los patrones, las revoluciones y vueltas que ejecutan los artistas de antemano porque son las mismas que han sido repetidas cientos de veces antes. Es cómico (si bien en un sentido a lo Schadenfrude) saber que más pronto que tarde, sobre todo con la primera tanda de exámenes de Febrero y los primeros suspensos, para muchos de estos imberbes que creían ser tan listos por haber pasado la Selectividad llega el duro invierno y que todavía les quedan años por delante. Con un poco de suerte, aprenderán algo, se formarán como personas y decidirán hacer con su licenciatura algo más que tener un título universitario como cuaquier otro.

Es una lástima que el progreso en la formación de investigador sea una maldita especialización constante y que al final uno olvide la mayoría de las cosas que aprendió al principio pero, en el fondo, y creo que ese es un aspecto inesperado de la deformación profesional, uno luego aprecia muchas de las cosas a las que no se ha dedicado profesionalmente.