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martes, 28 de julio de 2009

Paralelos.

Independientemente de que la bioquímica del cerebro a veces sea una zorra y haya días (o semanas) en que parece que es mejor ni despertarse o, por lo menos, salir de la cama, también hay que crearse unos hábitos para combatir los malos hábitos mentales. Hay que forzarse a salir de la cama. Forzarse a mantener una rutina sólida para combatir el malestar. Forzarse a mantener una higiene psicológica. Forzarse a pensar en positivo. Forzarse a tener esperanza. Forzarse a apreciarse a uno mismo y a construir una autoestima.

A veces me pregunto en qué momentome equivoqué y empecé a pensar que mi problema era yo mismo y no los demás.

En el último mes me he visto dos películas espesitas, Solaris y Stalker, ambas de Andrei Tarkovsky. Con ello creo que puedo informar al comité de que he cumplido mi cuota de cine de Europa del Este. Para el próximo siglo. Algo parecido a lo que me ocurrió después de ver Fanny y Alexander. Cine escandinavo, el asesino silencioso. En cualquier caso, en la primera de las dos películas del ruso encontré una idea en la que coíncidimos fundamentalmente: todo el mundo lleva a cuestas, no importa dónde vaya, una maleta, que no ve, en la que van encerrados susfantasmas. Los griegos empleaban la palabra daimon para designar esos espíritus, benignos y malignos, que acompañaban a una persona o a una familia a lo largo de su vida. Psicológicamente podríamos adaptar la figura como una amalgama de experiencias que nos condicionan a nivel emocional en nuestra visión del mundo y cómo lo afrontamos.

Los modelos de Jung sobre la estructura de la psique humana y sus circuitos neurosomáticos (supongo que influidos por el hallazgo de la impronta en las Aves que hizo Lorenz) justifican que ciertas experiencias nos condicionen, por lo menos a nivel emocional. A veces se nos queda atascada alguna cosa que nunca acabamos de digerir y con la que cargamos durante años (culpa, duda, rencor...). Dependiendo de la gravedad del asunto, percibida, por lo menos, esa carga puede seguir condicionándonos durante años, generando una respuesta emocional enteramente pavloviana: una persona se puede convertir en una campanilla que haga que nuestro vientre se retuerza, un olor nos pone en alerta. Me fijo en lo malo, obviamente, pero normalmente es sólo lo malo aquello que nos impide seguir adelante con nuestra vida.

Hace unos días eché mano a un juego que llevaba esperando desde principios de año. Days of Wonder estaba a punto de editar un juego que era implementación de otro anterior basado en las invasiones bárbaras de Europa (el Vinci). Para hacerlo más vendible le introdujeron razas de tipo fantástico (orcos, elfos, enanos, etc.) y optimizaron un poco el sistema de juego pero, en lo que son sus bases, el juego sigue siendo un euro bastante sencillo y rápido que encaja como juego familiar pero tiene un buen nivel estratégico. El Small World es, en definitiva, un buen juego pero uno de los aspectos que recuerdan más al juego original y que resulta, hasta cierto punto, innovador, es el mecanismo sucesional: el jugador, llegado un cierto momento, tiene que desprenderse de su anterior raza y expandirse con una nueva. El jugador que tiene más éxito es aquel que consigue ajustar su tempo para expandirse con mayor eficacia y, para eso, hay que saber desprenderse de la raza que uno maneja en el momento apropiado.

Imagen del juego (tomada de Boardgamegeek.com) en la que se pueden apreciar algunas piezas de razas en declive (grises) que han sido abandonadas por el jugador propietario.

Hay un paralelo entre estas ideas. Avanzar en la vida es una cuestión, entre otras muchas cosas, de saber desprenderse de partes de uno mismo. Es un tema que se ha trillado en el cine, de casi todas las nacionalidades, y en la literatura, claro, si realmente las personas pueden cambiar. Es una de las pocas cuestiones en las que, citando a Tuco, el mundo se divide en dos clases de personas: las que creen que si y las que creen que no. En ese sentido soy un optimista (para variar) y creo que, si una persona se lo propone de verdad, puede cambiar. Otra cosa es que sea facil.
Identificar las cosas que no nos gustan de nosotros mismos es el primer paso. Casi siempre es producto de haber cambiado de valores o de visión del mundo o de tomar la decisión de superar el doblepensamiento. Es una búsqueda de coherencia, obrar en consecuencia, si preferís. Luego viene el problema de generar el hábito mental para cambiar de actitud y de modo de vida. A la larga sólo el tiempo confirma o niega que una persona sea capaz de superarse a sí mismo pero darse cuenta de cúal es el momento apropiado y tener la voluntad de hacerlo ya es algo positivo. Significa, sobre todo, tener capacidad de adaptación.

martes, 23 de junio de 2009

The Real McCoy.

Con el tiempo libre que tengo ahora (algo que no me termina de agradar), han ido saliendo a la superficie aspectos de mi verdadera persona que tenía desconectados. Muchas de las cosas que uno querría hacer y para las que no logra sacar tiempo cuando trabaja han ido ganando sitio, entre otras cosas por la reordenación de mis prioridades vitales y una apreciación distinta a la que tenía cuando estaba metido en la dinámica de trabajo del laboratorio. Algo perdido, algo ganado.

Independientemente de que a uno le dé por la fotografía, por estudiar idiomas, por leer sobre ésto o aquello, salvo que alguien tenga más de seta o tarugo de madera que de persona, lo normal es que tenga alguna inquietud personal particular que no suele manifestar hasta que tiene mucho tiempo disponible (en Facebook hay hasta grupos de punto de cruz, a mí con eso me basta). Lo mío es con la fotografía HDR (fotografía digital de alto rango dinámico), lo que no deja de ser contradictorio: mi padre sabe mucho de fotografía porque se formó en la Escuela de Cine (hace años) como técnico de sonido y operador de cámara (tiene hasta su propia entrada en la IMDB, pero no os la voy a enlazar) pero cuando ha intentado concienciarme, su metodología didáctica deja bastante que desear, de ahí que saliese rebotado con el tema y todo lo que he aprendido sobre este arte o técnica sea cosa mía.

El tema de la fotografía HDR es bastante interesante: consiste en emplear varias exposiciones de una misma toma fusionadas mediante un programa apropiado para obtener una imagen de 32 bits con un rango dinámico de luz más amplio que el de una imagen normal. Posteriormente, la imagen de 32 bits puede someterse a un mapeado de tonos para poder corregir las luces y sombras y reproducir la imagen de una forma hiperrealista en la que se atenuan las diferencias y los contrastes excesivos y se capta de forma más parecida a como una imagen es captada por el ojo (y el cerebro) humano.

Imagen original sin modificación de exposición: el desnivel de luz provoca muchos píxeles "quemados" en contraste con las sombras.

Fotografía realizada por HDR después de mapear tonos. El resultado es más parecido a la apreciación original por el ojo humano.

Exposición original sin corrección.

Fotografía procesada. Las nubes han permanecido en movimiento durante la toma de las cinco exposiciones empleadas para componer la imagen y se puede apreciar un cierto rastro.

Imagen sin correcciones.

Fotografía procesada. Apréciese el hiperrealismo de los colores surgido al atenuar luces y sombras mediante el mapeado de tonos.

Llevando la técnica un poco más lejos, se pueden modificar las saturaciones de color y otras propiedades de las imágenes para obtener fotografías impresionistas. Esto molesta a los puristas, como los halos (ligeramente apreciables en la última instantánea) pero convierte esta manipulación en algo más artístico. Desde luego más interesante que las fotografías que han puesto de moda con las cámaras soviéticas con ojo de pez y toda esa historia de la Lomography (muy gafapasta, para que nos vamos a engañar).

Esta forma de fotografía tiene un potencial enorme y, aunque no es lo más cómodo del mundo (hay que llevar el trípode a cuestas y cambiar la exposición de la cámara pero se facilita la tarea con cámaras buenas con multiexposición automática), se puede explotar en muchísimos niveles. De momento yo me quedo con el artístico.

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Placer Culpable del Momento: I kissed a Girl de Katy Perry.

lunes, 11 de mayo de 2009

Hábitos.

Enlazando con lo que contaba el otro día, quiero, necesito, hablar de una cuestión importante a nivel personal por enlazar con lo que comentaba de la mejora personal y todo eso. Reconozco que soy una persona con tendencias neuróticas y que acumula ansiedad con facilidad. No hace falta explayarse sobre las consecuencias de la ansiedad, normalmente van de los efectos psicosomáticos a los psicológicos. Es en la segunda categoría donde siempre he destacado y al cabo del tiempo me he acostumbrado, más mal que bien, a convivir con las depresiones que me asaltaban con irregularidad regular. Sin embargo, a menos que uno sea un cacho carne, se aprende algo hasta de las peores situaciones.
En mi caso, y de forma más o menos indirecta*, aprendí que uno de los desencadenantes de mis episodios depresivos, aparte de la ansiedad, es un hábito psicológico, una forma de pensar, o un patrón de conducta, no sé si innato o aprendido (aunque, en este último caso, sé que tengo un antecedente familiar bastante claro) a la hora de afrontar las circunstancias.  El pesimismo, como rasgo de personalidad, supone un problema cuando se junta con una personalidad obsesiva porque se convierte en un hábito nocivo a la hora de encarar el futuro. Lo de ver todo negro no es una broma, sino algo muy real y para mucha gente acaba por convertirse en algo que les incapacita para llevar una vida normal.
La cuestión es que los hábitos son algo equivalente a programas mentales con los que operamos los humanos. Los circuitos neuronales que determinan nuestras respuestas funcionan normalmente de una forma acostumbrada, habitual, por repetición (la mayoría suelen radicar en mecanismos aprendidos) y suelen estar asociados a patrones emocionales. Ese par de características hacen que se suela reaccionar ante las circunstancias antes de analizarlas y razonar sobre ellas de forma pausada y fría. Si a eso le sumamos que en muchos casos no disponemos de toda la información necesaria para valorar y decidir de forma ideal, tenemos la receta para formarse una imagen de los hechos bastante alejada de la realidad.  
A pesar de todo, uno puede superar los hábitos creando otros que los desplacen. Lo que siempre han querido vender con libros de autoayuda, retiros espirituales, seminarios de motivación, cursos de pseudomisticismo y demás es, fundamentalmente, que los seres humanos podemos reprogramarnos a nosotros mismos a base de introducir modos de actuación (protocolos, podríamos decir) y actividades a nivel físico y mental para modificar nuestra conducta a nivel inmediato y sin tener que pasar por el proceso de razonamiento consciente. Podemos generar nuevos hábitos a nivel físico (bajar la basura, hacer ejercicio) o psicológico (mantener la calma, no ceder al pánico, liberar la tensión y aceptar la incertidumbre). Es cierto que estos últimos son más difíciles, exigen un estado de alerta más constante y chequearse a sí mismo evitando caer en el modo de actuar habitual pero se puede hacer.
Personalmente, admito que cuesta mucho cambiar la perspectiva y no dejarse llevar por la idea de que todo va a ir mal (llamadlo experiencia, llamadlo deformación profesional) pero, independientemente de que compense para el estado de ánimo, existe un factor elemental que lo favorece, que es que al final uno acaba exhausto y, sin embargo, ve que la vida sigue. Normalmente interiorizamos patrones muy narrativos acerca de lo que es la vida: nos dan desde pequeños una concepción temporal con un principio, un nudo y un desenlace o fin pero nos ocurren un montón de cosas a la vez, muchas historias mezcladas, que no tienen un final inmediato o claro, de forma que a veces arrastramos por el suelo durante años trozos de nuestra vida de los que nunca nos deshicimos por un motivo o por otro. Luego uno se muere, claro, pero ahí sólo nos terminamos nosotros y el resto del mundo sigue girando, por mucho que les fastidie a algunos.
Es importante comprender que nuestra vida es algo transitorio, cambiante, imperfecto, incompleto y aborreciblemente carente de sentido para poder afrontar los momentos en los que la realidad nos echa abajo los esquemas y nos quedamos jodidos en una esquina. Mucha gente no puede cambiar sus hábitos psicológicos en esos momentos (madres con abortos espontáneos que se obsesionan con sus hijos perdidos, personas que rompen con sus parejas y no saben salir adelante, personas que se marcan un objetivo vital que no logran alcanzar...) y sus vidas quedan estancadas en un punto inmutable y constante de frustración en el que el mundo se mueve y ellos no. Creo que eso es de lo más terrible que puede ocurrirle a una persona porque su programación toma control de ella y no puede salir de un bucle de conducta en el que pierde el control de su vida.
Uno de los principios en los que creo es en el de mejora constante. Es difícil y desafortunado, porque es también algo obsesivo por mi parte, pero creo que uno tiene que poner su esfuerzo en intentar mejorar como persona, en un sentido global. La búsqueda de la perfección es algo inútil ya sólo por lo inalcanzable de la meta, pero además porque normalmente no cumplir con los objetivos lleva a los castigos autoimpuestos y a victimizarse a uno mismo. En el fondo, lo reconozco, es un hábito mental derivado del miedo a la muerte o, por lo menos, a la decadencia física. Nuestra vida se vuelve, a partir de cierto momento, un descenso hacia los achaques, la decrepitud y, en definitiva, un estado en el que no podemos valernos por nosotros mismos o no podemos disfrutar de la vida. Viene a ser más o menos inevitable y mi forma de combatirlo es intentar alcanzar lo mejor de mí mismo. Hace mil años gente con ese mismo miedo se habría dedicado a hacer sacrificios al demonio o algo parecido. 
Es posible cambiar. Es posible mejorar. Tenemos las herramientas dentro de nuestra cabeza y con la suficiente disciplina y convencimiento uno puede llegar a dejar de lado aquellas cosas que no le gustan de sí mismo para sentirse a gusto, algo que en realidad es lo más importante de modificar nuestros hábitos. Después de todo, tenemos que vivir todo el tiempo con nosotros mismos, así que mala cosa si nos resultásemos insoportables. 

* Parecerá una tontería pero los Soprano me mostró patrones de conducta que podía observar en los demás y en mí mismo. Al ser una serie realista, con pocas concesiones a la teatralidad, muchas de las cosas que veía podía identificarlas a mi alrededor.

lunes, 4 de mayo de 2009

Vuelta a la casilla de salida.

Desde que me marché del laboratorio, ya hace poco más de un mes, he reducido mucho el ritmo de mi vida. He pasado de no tener prácticamente más de cuatro o cinco horas diarias mías a tener el día entero y eso da un montón de oportunidades para obsesionarse con todo tipo de ideas, algunas bastante nocivas. Aunque me dedico y he dedicado a buscar empleo y cosas que hacer, la verdad es que no hay mucho movimiento y mi cualificación hace que esté muy especializado, lo que es igual de malo que no tener cualificación en según qué contextos. 
Podría ponerme a soltar el discurso sobre la falta de compromiso con la investigación en España (que es cierto, a nivel del Estado y aún más a nivel del sector privado), sobre que el sistema de doctorado y de plazas de investigación es un chanchullo (que también es cierto: basta ver la docencia y/o investigación de algunos titulares) o cualquier otra de las quejas que circulan desde... principios del siglo XX, más o menos, pero no me apetece. Lanzar la diatriba otra vez no tendría mucho más efecto y no tengo ni los ánimos ni la paciencia para un ejercicio de pataleo inútil.
Se dice que madurar consiste, sobre todo, en una pérdida de la inocencia pero creo que también consiste en atemperar la parte emocional y llevarla bajo control. Normalmente, eso es lo que hace que uno pase del idealismo al pragmatismo. El idealismo es una contaminación romántica, una forma de ver las cosas pueril y que choca de plano con la realidad, tanto la material como la de la naturaleza humana. No hay nada de malo en tener ideales o principios pero la asociación con las emociones suele hacer que se pierda de vista que las ideas son perfectas (por ser absolutas o todo lo contrario, parciales) y que el mundo real/material tiene más partes móviles y por tanto no funciona igual. No voy a repetir la lista de fracasos ideológicos o el abuso que se ha hecho de todo tipo para encubrir las acciones más deshonestas y viles en nombre de los principios, los valores o los ideales.
Con la ciencia puede ocurrir lo mismo que con cualesquiera otros principios: la imagen general suele ser de progreso y avance, y desde luego que lo ha habido, pero por cada Dr. Barnard ha habido un Dr. Menguele y más de una y de dos ventajas tecnológicas que han mejorado nuestra vida han tenido un origen bastante lamentable. El ejemplo que se me viene a la cabeza más rápidamente puede ser la mejora de la psiquiatría desde los años 50 en que bastantes científicos respetables experimentaron con gente bajo la cobertura del programa MK Ultra de la CIA. Hasta los pasillos blancos e inmaculados pueden llevar a salas de tortura.
No me he caído del guindo, o séa, no estoy divagando sobre todo esto porque haya perdido mi idealismo. Conocí a muchos de mis profesores de la facultad lo suficiente como para darme cuenta de que un científico sigue siendo una persona y eso implica tener defectos o incluso taras. La cuestión es que llegado a este punto me planteo si realmente merece la pena formar parte del sistema. Me gusta lo que hago y la investigación tiene cosas realmente estimulantes e interesantes pero una de las cosas que nunca te enseñan es que la base de la rutina diaria de cualquier persona dedicada a la ciencia es la lucha contra la frustración: no es que las cosas puedan salir mal, es que salen mal la mayoría de las veces. La investigación avanza por caminos muy estrechos todos ellos paralelos porque lo que pueda ser cierto en unas condiciones no tiene por qué serlo en otras muy parecidas. La mayoría de lo que se publica en las revistas de ciencia tiene mucho de aproximaciones burdas.
Como todo el mundo va a lo suyo en última instancia, estar en este negocio puede ser muy jodido si además de las dificultades prácticas uno tiene que lidiar con las personales. Me preocupa mi futuro y, aunque me gusta lo que sé hacer, me falta motivación e ilusión. He perdido por el camino el idealismo y me he vuelto más cínico. Eso supone algo positivo: supone la diferencia entre los partidarios del terrorismo y los partidarios de la huelga y la resistencia pasiva. Es un premio de consolación ético y moral, que en el fondo es una tontería a efectos de empleo pero creo que he mejorado como persona y eso siempre ha sido uno de mis objetivos vitales. 

jueves, 16 de abril de 2009

Consejos a los Jóvenes Aspirantes a Investigadores.

Lo sé, lo sé. Ya me vale: no he actualizado en cosa de tres meses y pico. Sin embargo, esta vez no es que tenga una excusa, sino un motivo bastante bueno y sólido. Hará tres meses largos me incorporé al laboratorio en que iba a desempeñar mi puesto de becario pre-doctoral. Tenía motivación e ilusión de sobra, algo que pueden atestar varias personas, y, para qué negarlo, cierto recelo sobre mi director de tésis ya que no tenía mucha noticia sobre él y sus métodos salvo algún comentario que había cogido al vuelo de otras personas, concretamente, una de las profesoras de uno de los cursos de doctorado que dí el año pasado. En su momento no le dí mucha importancia pero se me quedó de fondo en el cerebro.
Cuando me incorporé, en Enero, empecé a comprobar cómo iban las cosas en el laboratorio. No me gustó. Para nada. He de decir que, poco a poco, hilé algunos detalles de cuando hice las entrevistas con mi jefe, quien iba a dirigir mi tésis, sobre todo que siempre me acompañó al ir y marcharme del laboratorio. Sin duda, si hubiera podido hablar con la gente del laboratorio, me habría formado una imagen distinta de cómo funcionaban las cosas y no hubiera solicitado la beca en ese laboratorio. Al acompañarme al entrar y salir del centro, controlaba el contacto que pudiera tener con la gente del laboratorio. Eso fue un error y de ahí deriva mi primer consejo:

-Antes de empezar a trabajar con alguien en este negocio, hablad con la gente que trabaja para él y con él.

Una vez llegado para incorporarme, por otra parte, me enteré de otro detalle importante: los horarios. Para aquellos que no estén familiarizados con la investigación científica, en este negocio no hay horarios: uno tiene que planificarse los experimentos, ponerse a ellos y llevarlos de principio a fin según su duración, lo que implica, más de una vez, tener que estar alrededor de 12 horas para recoger material expuesto a condiciones concretas o con tratamientos específicos, por ejemplo. Esto, normalmente, significa dos cosas: primera, que uno tiene que responsabilizarse de sus cosas y olvidarse de los horarios convencionales; y segunda, que si uno tiene que quedarse un día hasta las mil, al día siguiente o más adelante, puede recortar esas horas a su jornada, de forma responsable, para recuperarse. Eso es lo normal. 
Hay que tener en cuenta, además, que cuanto más alto sea el nivel de un grupo y más enfocado y concentrado en la línea de investigación, más horas habrá que echar: no sólo para hacer más experimentos o réplicas de éstos, sino para planificarlos y analizarlos con mayor profundidad y mejor y que resulten más sólidos. El precio de publicar a niveles más altos es tomarse el trabajo en serio y con un nivel de responsabilidad más alto. 
Mi jefe, sin embargo, tenía unas costumbres de trabajo bastante singulares. Él cumplía su horario de 10 de la mañana a 8 de la tarde. Hasta ahí nada raro. El problema venía de que exigía que todos los del laboratorio estuviésemos adaptados a su horario e hiciéramos el mismo. La cuestión de estar en el centro diez horas diarias, habida cuenta de que se trataba de un trabajo para mi propio beneficio a largo plazo (tanto en publicaciones como en tésis), no era un problema tanto como el estar las horas que hacía mi jefe. Esto es algo que todavía no me cabe en la cabeza, puesto que si uno cumple con su trabajo y con su deber, debería dar lo mismo que esté en unas horas que otras pero, parece ser, a mi jefe le daba mal rollo ser el último en marcharse y cerrar el laboratorio. Y se fijaba y controlaba las horas, desde luego.
Si a esto se le sumaba que cuando se marchaba de vacaciones o cosas así parecía que le daban los siete males porque creía que el personal del labo se escaqueaba o ni siquiera iba, parece que tenía (y tiene) un problema bastante serio de confianza en la gente que trabaja para él. Consecuentemente, debo introducir mi segundo consejo:

-Antes de elegir un director de tésis o un jefe, informaos bien de cómo es y cómo se trabaja en su laboratorio.

El tema de la carga y el ritmo de trabajo, por otra parte, me lleva a otro punto que tratar: el Rendimiento. En la investigación profesional invocar esta palabra es casi acto automático de anatema y herejía. La ciencia no es un trabajo facil y hay que tener bien planificado el proyecto y cómo seguir adelante con él en caso de que las cosas no salgan como uno pensaba y la hipótesis de partida se venga abajo a mitad de camino. De ello depende poder publicar (y, en consecuencia, justificar el proyecto) y que la gente que hace la tésis a partir de ese proyecto no se quede tirada sin saber qué hacer, sobre todo porque las becas y los contratos tiene su caducidad. Necesariamente, los proyectos, aparte de estar bien planificados, luego requieren de que los investigadores tengan suerte pero, si falla lo primero, lo segundo nunca podrá compensar: no se puede obtener agua de una piedra. 
Para compensar, lo habitual suele ser que en un laboratorio haya varios proyectos de la misma línea de investiación (a grandes rasgos; eso suele ser muchas veces discutible porque algunos directores de tésis tienen tendencia a hacer ciencia-ficción o meterse en jardines de los que luego tienen que salir los lacayos que trabajan para ellos) . Eso suele servir para que los estudiantes puedan tener dos o más fuentes de las que sacar agua y que otros que trabajan en lo mismo que uno no te pisen todo el trabajo, que ocurre bastante frecuentemente.
No obstante, el personal en mi labo llevaba una parte de tres proyectos diferentes, lo que suponía bastante carga de trabajo, aunque aceptable, pero muchas veces sin tener demasiado claro qué es lo que hacían otras personas que trabajaban en el mismo proyecto. En mi caso, por ejemplo, el proyecto en el que yo trabajaba, por lo menos aquellos factores que se suponía que tenía que estudiar, estaban llevados por una compañera post-doc que ya lo había avanzado bastante bien mediante otros métodos. Pasaron dos meses y medio hasta que me enteré en un seminario.
Ahora, el que yo no estuviese enterado de esta situación era una cuestión de haber postergado algo de trabajo inmediato por mi parte para hablar con esta compañera y coordinarme con ella. Lo que no lo era fue que nos enterásemos, a las dos semanas de estar yo allí, de que al jefe le habían aceptado un artículo del grupo en una revista con un buen índice de impacto. Eso lo descubrió esta misma compañera al hacer una búsqueda al azar en PubMed (la base de datos fundamental de publicaciones científicas). Algo así es completamente anormal y sólo se justifica porque nuestro jefe tenía la manía de controlar la información hasta un punto patológico, algo de lo que el trocear los proyectos y mantener a la gente a oscuras era sólo un síntoma más.
Parece que me he desviado del tema del Rendimiento, pero no. Resulta que, aunque el nivel de mi jefe en publicaciones era bastante bueno (de hecho es uno de los punteros de su campo), la gente por debajo de él sólo recogía migajas. Esto es, en buena medida, consecuencia de lo anterior: muchos proyectos troceados, falta de coordinación eficiente entre el personal, información restringida... y nuevos proyectos. Mi ex-jefe es un hacha consiguiendo proyectos por un defecto del sistema (el término más exacto sería exploit): la gente que consigue publicaciones buenas consigue justificar sus proyectos y que les concedan proyectos adicionales y así sucesivamente, lo que hace que la gente consolidada se mantenga y a los que se inician les cueste más empezar porque se les piden méritos que no pueden tener. El caso es que siempre andaba pensando, diseñando y solicitando nuevos proyectos. Sin ampliar el personal. El efecto es previsible: gente sobrecargada de trabajo, alienada y todo el trabajo útil repercutiendo, esencialmente, en una sola persona (el enlace en el título os da el esquema perfecto de esto).
Antes he mencionado lo de la financiación limitada. Pues bien, la cuestión es que si en una tésis de 4 años una persona tiene que lidiar con tres proyectos en vez de dos, el rendimiento por proyecto disminuirá, así que para compensar tendrá que trabajar mucho más para mantener el mismo nivel en los tres proyectos o dejar alguno. Como a mi jefe no le interesaba dejar ninguna de sus brillantes ideas, uno sólo podía compensar pringando aún más. La consecuencia es que, en ningún caso, la gente podía tener el mismo rendimiento efectivo por proyecto y así se daban situaciones como las de mis compañeros y mis predecesores.
Esa es una de las cuestiones fundamentales: si hubiese podido enterarme del historial de mi jefe con becarios y contratados, nunca habría pisado aquel lugar. Las situaciones que me relataron fueron realmente alucinantes. No era ya la situación de una compañera que estaba con el jefe desde hacía séis años, a la que se le había acabado la financiación y el jefe todavía le pedía experimentos adicionales para que pudiese ponerse a escribir la tésis, es que había casos sangrantes, como el de una chica que estuvo con él, leyó la tésis y se marchó a Londres pero allí sólo ha podido acceder a un puesto con una categoría inferior a la de post-doc porque no tenía ninguna publicación de primer firmante; o la de otro chico que estuvo con él y tiene dos publicaciones de muy buen nivel (PNAS) pero al que todavía le pidió una tercera revisión de la tésis mientras yo estaba allí. Este chico de 35 años, casado y con dos hijos.
¿Qué podía hacer yo ante semejante panorama? Eso es lo que me lleva a mi tercer consejo:

-En un trabajo tan vocacional, duro y sacrificado como éste, lo fundamental es tu satisfacción personal y tu propio beneficio. Si no tienes lo primero y no estás seguro de obtener lo segundo, déjalo.

Por cierto, los experimentos de esta chica que se marchó a Londres los estaba repitiendo el Chico de Oro de nuestro jefe porque necesitaba publicar. Tres años después de que ella se marchase. Y no le salían... Cuarto consejo:

-Sin publicaciones buenas, no importa que tengas tésis. Sin tésis, no importa que tengas buenas publicaciones. Asegúrate de que tu jefe usa los datos. 

Es innegable que por el propio modo de organizar el laboratorio, mi jefe siempre iba a obtener publicaciones y beneficio pero los demás no teníamos más oportunidades que las que nos concediera él. Él era el dueño y señor del laboratorio. El me dijo, personalmente y a la cara, que el dinero de los contratos y las becas de la gente que trabajaba con él salía de su trabajo, lo que él asimilaba, directamente, a que ese dinero era suyo, lo que es completamente falso porque, si no, no tendría que justificarlo ante los comités de evaluación de proyectos (más sobre esto luego). Es más, y con eso llegamos a lo más jugoso de la entrada (y que espero que compense por la irregularidad de actualizaciones): las sentencias de mi jefe.
Sin duda puedo decir que es una de las personas más peculiares que he conocido nunca porque, aunque parece ser que tiene un talento para el trato personal, eso sólo oculta su naturaleza egoista y depredadora. No es una persona con sentido del humor y parece que ignora absolutamente que la gente que le rodea tiene más dimensiones que aquellas con las que interactúa con ellas. Es la única explicación que le encuentro a algunas de las cosas que soltaba en el labo, y cito:
-A una compañera: "Tú, tú no tengas hijos, que eso va a ser un lastre tremendo para tu carrera investigadora" (Algo que venía de una persona que está casada y sin hijos y con ciencuenta y pocos años se compró un coche alemán de gama alta deportivo y se lo decía a una persona que intenta quedarse embarazada ahora que tiene una cierta estabilidad económica)
-A otra compañera cuando se enteró de que estaba embarazada: "Pues estos experimentos habrá que ver cómo se hacen porque a la comisión de evaluación de proyectos no les importa que estés embarazada."
-A mí y a una compañera en una de nuestras entrevistas de trabajo: "Al laboratorio se viene desayunado y meado y cagado."
-A un compañero cuyo padre estaba hospitalizado y realmente crítico: "Tenemos que hablar de cómo vas a hacer estos experimentos porque a los de la comisión de evaluación no se les puede decir que  no los has hecho porque tu padre se estaba muriendo."
-En general: "Si tuviérais en cuenta la cantidad de fines de semana y días festivos que hay en el año, os podríais sacar la tésis en cuatro años."
Un humanista, como podéis comprobar.
Todo esto, en un laboratorio en el que la gente era capaz, responsable y, sobre todo, maja, era especialmente frustrante. De nueve personas sólo una estaba genuinamente contenta con la su situación (el Chico de Oro, claro, el técnico de laboratorio, como tenía su jornada parcial y la cumplía a rajatabla, no tenía que aguantarle las gilipolleces al jefe) y el resto buscaban el modo de largarse como fuese. La compañera post-doc que mencionaba antes sacó plaza en otro sitio; otra compañera se marchó antes de terminar su contrato; y otro compañero post-doc se estaba sacando plaza de técnico de laboratorio. En resumen, mi jefe era centrífugo y nocivo para la carrera de los demás. Tendríais que haber oído los comentarios que hacíamos sobre él...

Después de esta situación, de tres meses en los que llegaba a casa y cuando me metía en la cama no podía desconectar, de ir al laboratorio con una mezcla de ansiedad, miedo y desprecio (por mi jefe, claro), no siento ninguna necesidad de justificar mi decisión. No estaba contento con mi vida y aquel no era un sitio en el que quisiera estar ni en el que sintiese que tenía futuro alguno, así que hice lo mejor para mí. Me ha costado una semanas el ir desintoxicándome y, sobre todo, decidir qué hacer ahora con mi vida pero desde luego hay diferencia entre trabajar para vivir y vivir para trabajar.

martes, 6 de enero de 2009

Los Postgrados.

Me temo que no voy a ser muy regular a la hora de actualizar la columna, así que cuanto antes lo asuma yo y antes lo asuman los lectores, mejor. La cuestión esta vez es otro comentario de AkaTsuko, éste, concretamente:

Estaré muy atento a esa entrada sobre el curso de doctorado, otro tema que representa incógnitas para mí, cursos de post-grado, "másters", especializaciones... Así lo único que se me ocurre al intentar imaginarme cómo son, se me vienen a la mente clases en las que todos y cada uno de los datos allí impartidos son 100% útiles. Clases en los que los contenidos van "al grano" en todo momento. En pocas palabras: diametralmente opuestos a las asignaturas optativas y las de libre elección universitarias.

Lo más suave que puedo decir al respecto es que resulta parcial. Es cierto que en general los cursos de postgrado de todo tipo suelen tener un sesgo más profesional pero eso no quiere decir práctico ni útil, por lo menos de forma generalizada. Mi experiencia directa se resume en un solo curso de 3 créditos y, a lo mejor, es que tengo mala costumbre con cómo recibía las asignaturas de especialidad en mi facultad pero lo he encontrado más bien flojo y ajustado a la imagen de un trámite que cumplir para obtener el DEA (Diploma de Estudios Avanzados) más que a un intento de formación seria. 

Sería mejor aclarar que en mi facultad, la media de alumnos en las asignaturas de mi especialidad de 2º ciclo (Biología Molecular y Biotecnología), era más bien escasa: en torno a una decena en las que más y normalmente de cinco a séis personas. Con ese ambiente prácticamente de clases particulares nos podíamos permitir trabajar de forma bastante sistemática y centrándonos en cuestiones bastante profesionales y prácticas, tanto en la teoría como en los laboratorios. Quizás ese sea el origen de que esté mal acostumbrado y el contenido y el aporte de conocimeinto del curso me hayan resultado flojos. Prácticamente todo lo que vimos lo estudié en la facultad, aunque no fuera con el mismo enfoque exactamente. La diferencia es que ahora puedo sacar mis propias conclusiones a partir de los datos y estar un paso por delante.

Si, es cierto que nos han plantado los papers y las evidencias experimentales más actualizadas sobre el tema del curso (Organismos Transgénicos y Bioseguridad, concretamente) pero me temo que les resultaría más provechoso a mis compañeros que a mí (porque claro, el hecho de que yo esté muy puesto en lo relativo a la biología molecular de plantas y sus aplicaciones no significaba nada en lo referente a mis compañeros, algunos de ellos con ocupación en la neurobiología).  La cuestión es que la relación entre el contenido y el coste del curso (del que estoy exento por cortesía de mi beca del estado) no me parece recíproca. En total, las tasas de los 20 créditos en cursos suman casi 1100 euros (a unos cincuenta y tantos euros por curso), una pasta, ciertamente, que uno podría pasar por alto si no tuviese que pasar por el aro para llegar al título de doctor (y su fase inmediatamente anterior del DEA).

De todos modos, la verdad es que salvo aquellos masters orientados a materias muy específicas o aquellos que están organizados en comandita con empresas privadas, los postgrados tampoco son algo en lo que depositar mucha fe respecto al aprendizaje. Con una duración media de dos años, la mayoría sirven para hacer currículum pero todas las empresas privadas y en todos los puestos de investigación las labores específicas se aprenden poco más o menos que in-situ. Es por eso por lo que, normalmente, una persona que ha trabajado un año en un laboratorio/puesto de trabajo tiene una cierta ventaja cuando se va a cuestiones específicas (el ejemplo más claro suele ser el de los programadores informáticos familiarizados con un lenguaje o un programa, por ejemplo). 

Este cuadro, en general, me recuerda a una conversación que tuve con una amiga, que hoy está en su segundo año de doctorado, hace ya dos o tres años acerca de cómo a medida que uno avanza en su profesión se especializa, gana una barbaridad de conocimientos en un área pequeñita pero pierde la amplitud de perspectiva y un montón de conocimientos generales. Es un hecho fundamental: las licenciaturas normalmente dan una gran cantidad de información y una gran amplitud de conocimiento, lo que, en el fondo, es provechoso porque permite poder buscar más salidas. Todo eso se desgasta y se pierde con el tiempo y al final uno es un profesional (más o menos) bueno de una cuestión concreta.  Los postgrados, con todo el posible prestigio que puedan tener, sólo sirven para especializarse y buscarse un empleo con el pretexto de ser mejor que los que no lo tienen en ésto o aquello pero, por supuesto, todo eso es muy relativo en la enseñanza universitaria.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Ni Puta Idea.

Deben de existir pocas sensaciones tan terroríficas como el día en que uno se planta en el trabajo y le dicen, poco más o menos, que tiene que volar solo. Si uno tiene al jefe encima y le va dando instrucciones de esto o aquello, no hay demasiadas preocupaciones salvo el tener que repetir las cosas porque no salgan o cagarla por torpe (claro que es más difícil si te supervisan). Sin embargo, en el momento en que te dicen que te ocupes de algo tú solo, la cosa se pone peliaguda. No es sólo el riesgo de cagarla bien cagada sino que se suma el enorme vacío lleno de posibilidades (valga el contrasentido) delante de uno y el peso de la pregunta "¿Qué coño hago ahora?" rebotando en el interior de la cabeza. El mundo se abre ante tí con todas las opciones y eso da miedo. Da miedo de verdad.

Es en ese tipo de ocasiones, cuando tenemos que enfrentarnos a la propia ignorancia, cuando nos acojonamos al admitir que no tenemos ni puta idea sobre algo que creíamos manejar ya. La responsabilidad recae sobre uno mismo y se supone que tenemos la preparación necesaria para ello pero no nos lo creemos todavía y llevamos el miedo a cuestas. Necesitamos la prueba de fuego, necesitamos hacer las cosas en solitario para ver que hemos aprendido y que lo que hemos hecho antes ha quedado fijado y que podemos repetirlo sin tener encima a alguien que nos controle y nos lleve de la mano. En cierto modo, quizás porque en mi área de mi profesión se trabaja con cosas que no se ven, que uno confía en que estén ahí y que sólo comprueba mediante métodos indirectos, no a través de sus sentidos, es una forma de superar una cierta sensación de magia, de rito sobrenatural. Uno pasa de sentir que el jefe es el chamán, el brujo vudú que tiene poderes para hacer las cosas a hacerlas uno mismo y darse cuenta de que no hay nada mágico al respecto.

Es bastante chorra que alguien que se dedica a la ciencia pueda sentir algo así pero no me ha pasado sólo a mí. Durante los últimos meses en mi anterior puesto, me encargué de formar a mi sucesora y enseñarle los trucos del oficio y ella me confesó que también tenía la misma sensación. Los protocolos existen por algo pero en ciencia, al trabajar en la frontera entre lo conocido y lo desconocido, creo que es normal que haya esta sensación de magia: la mayoría de las veces uno opera aplicando métodos que se han comprobado en otras situaciones u otros organismos, no hay garantías de que funcione o que los resultados tengan la misma interpretación, por eso el trabajo va más allá de lo material y pasa a lo conceptual, a luchar con las ideas y la información para extraer su sentido. Suena entusiasta, lo sé, pero en el fondo, con el tiempo y la familiaridad, la cosa se atempera y, desgraciadamente, pierde parte de su gracia.

Al hablar con gente un poco familiarizada con el tema, es cuando uno recupera la sensación de magia y brujería que muchas veces tiene la profesión. Cuando se recuerda cómo el abismo está delante de tí, planteando más preguntas de las que nunca hubieses imaginado y sacando las inseguridades y dudas sobre tí mismo que llevas dentro. Resulta, cuanto menos, interesante a nivel psicológico pero supongo que es algo intrínseco a la búsqueda de conocimiento: las personas que tiene esto como profesión no son especiales, salvo unos cuantos genios con una capacidad de proyectar el futuro, pero el trabajo, una vez se supera la dimensión material, lo es.

martes, 18 de noviembre de 2008

Deformación Profesional.

Después de licenciarme, una de las cosas a las que le he dado más vueltas es cómo los años de licenciatura me cambiaron a mí. A menos que una persona tenga la consistencia psicológica de un tarugo de madera, lo habitual es que las experiencias por las que pase y que le causen un cierto impacto emocional modifiquen su conducta y su personalidad, no necesariamente de forma radical, pero si lo suficiente como para que se aprecie desde fuera. Una licenciatura universitaria es una de esas experiencias que, casi forzosamente, obliga a invertir tanto tiempo y esfuerzo en ella que el que sale no es el mismo que el que entró.

Recuerdo que, cuando entré en la facultad, mis propósitos profesionales y vitales eran muy diferentes de los que he conseguido y los que me planteo ahora. Eso es normal, por otra parte, y les ocurre a las personas, con estudios universitarios o sin ellos, aunque sólo sea por la progresión de la edad (salvo deshonrosas excepciones, claro), pero en una licenciatura ocurre de forma diferente porque las asignaturas, las ramas de conocimiento y las decisiones que tomamos en base a ellas muchas veces nos revelan cosas con las que no contábamos acerca de nosotros mismos y de nuestra profesión. Porque eso sí, quiera uno o no, su licenciatura es una formación para una profesión concreta (otra cosa es que acabe desempeñandola).

Esas sorpresas, algunas frustrantes, otras agradables, toman un valor u otro según la personalidad de cada uno pero al final sus ideas preconcebidas acaban chocando con la realidad. Hacia tercero me cansé de contar las asignaturas que me habían decepcionado con contenidos que habrían aburrido a un muerto y en segundo ya tenía noticia de qué profesores iba a amargarme las asignaturas en el futuro. Así el ciclo de la vida del universitario se repite de generación en generación y cuando uno tenía esperanzas de poder aprender y disfrutar de una materia acaba aborreciéndola. Como consecuencia indirecta, claro, viene el que lo que uno pensaba que quería hacer con su licenciatura, acaba por no tener nada que ver con lo que realmente quiere hacer. Pero, ¡ay!, si todo terminase ahí...

De verdad, las personas que tienen su vida trazada con tiralíneas desde el principio hasta el final me dan aprensión. He conocido a gente cuyo propósito al entrar en la facultad era llegar a convertirse en investigadores del cáncer y lo han conseguido, o por lo menos están en camino, y resultaban personas completamente aburridas y previsibles. La expresión que me traían a la cabeza era que eran personas de las que follaban con los calcetines puestos, haced de ello lo que queráis. Para compensar, o algo, estaban también los que no tenían ni puta idea y que entraban rebotados de enfermería, medicina, farmacia... claro que esos tampoco duraban demasiado. Más o menos como los que creían que Biología era como una veterinaria y se podrían dedicar a cuidar de perritos y gatitos. Ahora bien, los que no tienen personalidad y se dejan llevar me parecen el otro extremo del espectro de lo lamentable y patético. Claro que resulta que de esos hay un buen montón, porque me faltan dedos en manos y pies para contar los casos de gente que con un transfondo familiar más bien privilegiado se adherían a la moda (bastante habitual en facultades de ciencias de la vida) del jipijismo o todo lo contrario y siendo unos quiero-y-no-puedo se echaban en brazos de Calvin Klein y los putos bolsitos de Tous (en mi opinión la más baja combinación de ñoño y pijo que se ha creado jamás).

La cuestión, por supuesto, es que si los que llevaban su vida con tiralíneas necesitaban sacarse el palo del culo antes de lesionarse internamente, porque lo más normal es que cuando una de esas personas tiene que enfrentarse a una crisis vital de las gordas acabe con su vida hecha pedacitos y sin saber qué coño chocó con él, los que se las apañaban para encajar en un grupo u otro, los que mostraban cierta adaptación, mostraban una flexibilidad que sólo puede traer a la memoria a las grandes estrellas del porno en su género de la doble penetración. Claro, la licenciatura me ha cambiado pero creo que hay un término medio en todo.

Ahora para mí es una gracia el verlo todo desde la distancia y conociendo los patrones, las revoluciones y vueltas que ejecutan los artistas de antemano porque son las mismas que han sido repetidas cientos de veces antes. Es cómico (si bien en un sentido a lo Schadenfrude) saber que más pronto que tarde, sobre todo con la primera tanda de exámenes de Febrero y los primeros suspensos, para muchos de estos imberbes que creían ser tan listos por haber pasado la Selectividad llega el duro invierno y que todavía les quedan años por delante. Con un poco de suerte, aprenderán algo, se formarán como personas y decidirán hacer con su licenciatura algo más que tener un título universitario como cuaquier otro.

Es una lástima que el progreso en la formación de investigador sea una maldita especialización constante y que al final uno olvide la mayoría de las cosas que aprendió al principio pero, en el fondo, y creo que ese es un aspecto inesperado de la deformación profesional, uno luego aprecia muchas de las cosas a las que no se ha dedicado profesionalmente.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Cosas que aprendí trabajando.

Hace ya un año y dos semanas, más o menos, entré a trabajar con uno de los grupos de investigación del área de Fisiología Vegetal de mi facultad. Hasta donde a uno le puede llegar la suerte, la verdad es que a mí no me fue mal: de recién licenciado a un puesto de trabajo en investigación y mileurismo acomodaticio. Otros tienen que pasar años en el desierto del paro o resignarse a un trabajo que nada tiene que ver con lo que estudiaron, así que en realidad estaba en el momento apropiado y en el sitio apropiado para poder explotar mi expediente y mi título.

Durante este año he aprendido bastantes cosas. Las técnicas y propias de la profesión darían por sí solas para páginas y más páginas y, en un buen número de casos, aprendidas a base de pifiarlas las primeras veces; un método de aprendizaje tan bueno como otro cualquiera cuando tienes una vena obsesivo-perfeccionista. De todas formas, eso es más... trivial, porque el trabajo de laboratorio lo podría hacer un simio entrenado.

No, en realidad las cosas importantes que he aprendido en este año de trabajo han sido las genéricas, aquellas que uno puede emplear en cualquier área de su vida y no sólo en su empleo concreto. De todas ellas, sin duda, la que creo que más importancia han tenido son las de gestionar el tiempo y tratar con la gente a nivel profesional. Desde la posición de alumno uno no percibe una serie de matices sutiles que hay en la relación con los demás cuando hay un contrato (y dinero, claro) de por medio a cambio de su tiempo, sus capacidades y su actividad.

Con un contrato de por medio no se valora del mismo modo que estudiando: no es lo mismo tener que levantarse a las siete para ir a clase que para ir a trabajar y poder salir antes y aprovechar la tarde; no es lo mismo perder una hora en la biblioteca sin hacer nada que perder una hora en el laboratorio sin poder hacer nada util. El trabajo en ciencia tiene la gracia de que los resultados son bastante resolutorios: uno puede dedicarle horas pero al final tiene algo con lo que justificar el tiempo invertido y sentirse satisfecho (o no) pero eso hace que el tiempo de vacío sea agónico.

Lo de las relaciones personales a nivel profesional... He tenido la fortuna de conocer a gente muy competente y a las que aprecio como personas además de profesionales pero también la mala suerte de haber tratado con alguna gente que con más de 40 años se comportan con una falta de madurez impropia de su edad: no hay nada peor que gente con inseguridades con un cargo de responsabilidad. Después de comprobar de primera mano la mezquindad de ciertas personas que buscan compensar su incompetencia con el juego sucio y que han explotado a la gente que ha trabajado para ellos, es difícil ver el mundillo como antes. Sin duda, uno de los peores efectos de la competencia en investigación es la cantidad de egos heridos que hay en la profesión y que al llegar a puestos de importancia la gente que rodea a estos engendros se vean atrapadas por estos marrones.

Aún con todo, a pesar de las frustraciones, del tiempo muchas veces invertido para nada y de una cierta sensación de que la vida me pasaba de largo, creo que sin lugar a dudas lo que más me importa de todo lo que he aprendido de este primer año de profesión es que uno debe contar con el fracaso desde el principio y a pesar de todo seguir adelante confiando en la suerte. Y es que la suerte vale más que la experiencia.