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sábado, 28 de enero de 2012

Fraudes

Lo que llevamos de mes ha sido laboralmente intenso y me ha pasado cierta factura de castigo físico pero me he entretenido fijándome con atención y dándole vueltas a ciertas ideas que partieron de una reunión con unos amigos, Nyita y Copépodo, sobre nuestro mundillo. Me daba rabia no encontrar tiempo para darles cuerpo pero, allá vamos, intentaré que tengan un poco de sustancia.

En nuestra reunión salía el tema de las tesis, las condiciones de las de cada uno (Copépodo está terminándola, Nyita también pero aún no está a la vista registrarla; y yo aún ni me lo huelo) y cosas del laboratorio, que en muchos casos se resumen en que los jefes suelen ser unos malditos negreros o, simplemente, no tienen ni puta idea de qué ocurre en el mundo más allá de su vida inmediata (lo que no deja de hacer que muchos pringuemos de mala manera porque ellos no se enteran). En todo esto, sacaba detalles de una compañera, la neocatecumenal, cuyo jefe se comporta de manera extraordinariamente gilipollas y que parece no enterarse de que a ella se le acaba la financiación el martes que viene y que no va a trabajar de gratis.

De esta discusión sacamos una conclusión firme significativa, que es que la carga de trabajo que tenemos es una barbaridad sobre todo por las exigencias para publicar, el hecho que condiciona tu carrera como científico académico, básicamente. Esas exigencias de publicar más, publicar mejor, etc., que las entidades de investigación (centros del CSIC, centros del Instituto de Salud Carlos III, Universidades* etc.) valoran a la hora de evaluar tu labor investigadora están viciadas por diferentes factores, a saber:

-Publicar en según qué áreas no es nada fácil y la competencia puede hacer que los referees, los revisores a los que el editor de la revista manda el artículo para que evalúen su valor para publicar, aprovechen el anonimato para cargarse artículos que entran en conflicto de intereses con sus propias investigaciones. Eso, claro, si no son imbéciles y carecen de comprensión lectura, como ocurrió con uno del último artículo que envió mi grupo. Ah, y qué risa cuando las publicaciones quieren que hinches sus índices de impacto y de citaciones: "Es un bonito artículo éste que nos has mandado. Sería una pena que no se llegase a publicar."

-Los fondos de investigación en España son una mierda, no se pueden comparar con los que reciben en otros países y, además, se invierten mal. Aquí andamos arañando el fondo del barril, improvisando equipos y reactivos y siempre investigando sobre la marcha, de forma poco organizada. Importa sacar cuanto antes sin importar que la calidad sea regulera porque es la única forma de intentar justificar la obtención de más fondos. Lo de que se inviertan mal tiene una explicación: la mano de obra es lo más barato. Eso justifica que se gasten dinerales en equipos y materiales carísimos pero que en la práctica nadie sabe utilizar bien: no se dedican fondos a contratar técnicos o personal exclusivo para el manejo de equipos complicados porque, total, ya se lo aprenderán los becarios. Así luego pasa lo que pasa.

-Por supuesto, luego está la idiosincrasia nacional, con demostraciones tan sangrantes como la de un imbécil que se dedica a vender la cancamusa por una pasa mientras epata al personal para que se crean muy refinados, alternativos y conocedores. Está visto que aquí lo mejor es gastarse el dinero en Calatravas y otros cabrones que tienen la ética de trabajo de un pirata somalí.

Y, sin embargo, todo esto apunta a un problema concreto y específico, la ciencia, a día de hoy, está tocada por el capitalismo salvaje neocon más hijo de la gran puta. Es cierto, los científicos operamos desde una serie de postulados laborales que convierten el entorno, en la mayoría de casos de lo académico, en una torre de marfil (y he sido de los que ha señalado y lanzado sus propias diatribas sobre ello en este mismo blog, ya lo creo), pero es muy diferente buscar ciencia aplicada y útil para la humanidad de buscar ciencia que dé beneficios económicos. Uno de los ejemplos más claros lo publicó P.Z. Myers en su blog, Pharyngula, hace unos días, en una entrada demoledora en la que dejaba al desnudo las acciones de la editorial Elsevier (que publica un buen lote de revistas científicas de todas las áreas) para promover la aprobación e una legislación sobre trabajos de investigación que supondría un retroceso conceptual sobre la difusión del conocimiento científica a la era de los sumos sacerdotes egipcios, aproximadamente.

A consecuencia de todo esto, se trabaja mal y aprisa, planificando de forma floja, sin profundizar y sin reflexionar más allá del paso más inmediato. Por no hablar de cómo se tratan los datos... Es de saber común que los números son como los delincuentes, sólo tienes que apretarles los suficiente hasta que dicen lo que tú quieres que digan. Naturalmente, los datos adversos se quedan bajo la alfombra, en una costumbre que se ha afianzado de no publicar datos negativos jamás, cosa completamente estúpida, pues esos datos pueden ser tan informativos como los afirmativos. Todos los epígrafes de esta entrada de la wikipedia sobre mala conducta científica los he visto yo y algunos hasta alguno lo he practicado. Este artículo del PLoS ONE se adentra un poco más en el tema.

Bastantes de vosotros no lo sabréis pero en el momento en que un grupo quiere publicar, prácticamente todo el trabajo lo hacen ellos (las figuras, tablas, la redacción... La revista, esencialmente, sólo revisa y edita de acuerdo con unos criterios del área de conocimiento (sin que los referees cobren nada, trabajan por cortesía y renombre) y publica en formato digital y físico, si lo tienen) y, además, en muchos casos deben pagar para publicar. Cuando uno de los principales grupos editoriales ingresa 1.100 millones de dólares de beneficio (un margen del 36%) con la publicación de artículos y presiona para apropiarse los derechos de artículos de investigación basados en trabajo científico hecho con fondos públicos, hay que plantearse qué es lo que está pasando aquí y si, en realidad, las formas actuales de revisión por pares no han degenerado en el chanchullo de unos cuantos como tantas otras cosas.

La conclusión, por otra parte, es que así, como siempre, no se puede hacer ciencia de verdad.

*Es una forma de hablar, claro.

lunes, 20 de junio de 2011

Chupapollas

Chupapollas.

Hay que ser chupapollas para repartir la culpa de la crisis en la que estamos entre todos.

Hay que ser chupapollas para decir que lo que hace falta para salir de la crisis es ser más emprendedores.

Hay que ser chupapollas para argumentar que España es el país de la queja y que nadie se siente culpable como si aquí todo el mundo hubiese estado metido de la misma forma.

Hay que ser chupapollas para argumentar que lo de Sol es un gesto de exención de responsabilidad.

Pero es que, sobre todo, hay que ser chupapollas para ir dando lecciones por ahí con 23 años y ni media hostia.

Porque no todo el mundo vale para montar su propia empresa. No todo el mundo tiene las capacidades para gestionar una empresa o para crear algo novedoso con lo que abrirse un hueco en el mercado. No todo el mundo tiene los medios, los recursos o la capacidad crediticia para poder comenzar una aventura en la que no necesariamente llegará a tener un medio de vida para el futuro y que, es muy probable, fracase antes de haber salido del periodo de pérdidas que siempre sufre un nuevo negocio.

Hace falta ser chupapollas para creerse alguien sin tener la humildad ni la empatía ni la humanidad de ponerse en el lugar del otro y comprender que no todos somos (ni queremos ser) iguales.

Y si queréis saber por qué tanta rabia, ésta de aquí es la razón.

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Si a alguien le disgusta el uso despectivo de chupapollas, lo lamento. Sé que no está bien pero Al Swearangen me ha marcado mucho.

lunes, 14 de marzo de 2011

Nucelar.

"Facts, sir, are stubborn things."
-John Adams, 2º Presidente de los EEUU de América.-

A estas alturas no creo que sea necesario extenderse mucho sobre lo que ha ocurrido en Japón. Un desastre natural terrible que podría haber sido mucho pero si no fuera por la legislación sobre construcción resistente a seísmos que tienen en el país (algo bastante impresionante dado que allí, como sus análogos italianos, es una de las fuentes de negocio del crimen organizado en su forma de Yakuza). Pero quisiera limpiar un par de cosas de por medio antes de ir a lo que me interesa esta vez.
-1º. Me ha repateado la oleada de "solidaridad" con Japón que ha cundido en twitter, algo que me traía a la cabeza lo de las manos pintadas de blanco con lo de ETA de hace años. El estilo sobre la substancia, la apariencia sobre las acciones. La expresión apropiada es "brindis al sol."
-2º. El otro "sabor" de retraso mental ha sido el que habla de gilipolleces a lo "castigo divino", etc. A ver, nadie se merece un desastre natural. Un desastre natural es, sencillamente, un fenómeno que ocurre tal cual. Naturalmente, lo mismo que nadie se merece que le llueva encima o que el viento le sople de cara. Pero la variedad común de gilipollas tiene un porcentaje alto de probabilidad de estar asociado a la metafísica religiosa, para qué engañarnos...

Ahora a lo que iba: además de las bajas directas, el terremoto y posterior tsunami del viernes causó un incidente muy serio en una de las centrales nucleares de Japón, la Fukushima Daiichi. Uno de sus reactores, el número 1, perdió el sistema de refrigeración, lo que obligó a aliviar la presión del reactor, con consecuente salida de hidrógeno y posterior deflagración de éste en el interior de la cubierta que aloja la vasija de contención del mismo. En este punto es cuando hubieron de inundar el reactor con agua de mar mezclada con ácido bórico (para absorber los neutrones, no por implicación de la ETA, a pesar de lo que le gustaría un titular así a Pedro J. Ramírez). Más o menos en ese punto estaban cuando el proceso se repitió con el reactor número 3. En otra planta, otro reactor también perdió el sistema de refrigeración.
A estas alturas la situación parece ser de tranquilidad y el peligro haber pasado (aunque leo a Kirai que el reactor 2 parece haber seguido la misma pauta) pero, obviamente, la tostada es de importancia, aunque obviemos la expulsión de vapor radiactivo al exterior, necesario para que la situación del reactor no empeore. Plantea serias dudas sobre la seguridad de la energía nuclear.

Pero antes de que se me diga que si es segura, que si circunstancias excepcionales (argumento muy válido), que si no puede ocurrir otro chernobil, que si vasija de contención de acero de nosecuántos metros de espesor, a lo que me refiero no es a las cuestiones de seguridad técnica o tecnológica sino a su implementación y manejo. Y aquí es donde las cuestiones de seguridad adquieren la consistencia de unas natillas.
Para empezar, el diseño del sistema de refrigeración dependía de sistemas que requerían de alimentación de energía eléctrica, con lo que al fallar ésta, la temperatura y la presión del núcleo no tenían limitación. El recurso a la inundación con agua de mar ha sido la solución de emergencia para compensar un fallo de diseño elemental; además, el reactor ha quedado inutilizado por completo al recurrir a este método, por no hablar de lo que supondrá drenar esos miles y miles de litros de agua contaminada. Como si no fuese suficiente con disponer de forma razonablemente segura de los residuos de fisión de alta actividad...
El emplazamiento de la central nuclear propiamente dicha. Esto no debería necesitar explicación, por lo menos en una zona con actividad sísmica como Japón. Si la palabra tsunami la inventaron ellos, ¡por todos los dioses! ¿A quién se le ocurrió? ¿Quién autorizó el emplazamiento?
La propia compañía que gestiona la planta alberga un pasado bastante oscuro.

Habida cuenta de que en España disponemos de un historial propio de gestión negligente de las plantas productoras de energía nuclear, en más de un caso, los problemas de la energía nuclear vuelven a revolver sobre tres puntos fundamentales: incompetencia, corrupción y errores humanos. Puede que la energía nuclear pueda ser gestionada de forma segura pero lo que está claro es que, al igual que en el caso de la seguridad contra el terrorismo, tiene que funcionar el 100% de las veces, porque en el momento en que haya un fallo, las consecuencias son de dimensiones (temporales y humanas) enormes.
Sinceramente, no creo que la gestión y manejo de unas instalaciones tan sensibles deba estar en manos privadas por los motivos indicados previamente. Es algo demasiado sensible como para formar parte de los recursos de una compañía que, en nombre del beneficio, podría hacer recortes y arreglos cuando le conviniese sin tener demasiados escrúpulos en lo que respecta a la seguridad pública, porque, después de todo, ya hemos observado ejemplos significativos de la imprudencia de su conducta en este mundo, el mundo real, no en el de las buenas intenciones y los eslóganes corporativos. Los hechos, señores, son cosas muy tercas.

martes, 15 de febrero de 2011

Contra el Sistema.

Aunque en el momento en que escribo esto es ya bastante tarde para uno de mis días de diario, tengo la energía y la voluntad y no sólo esa vaga sensación de deberme a mi público. Es, en todo caso, una deuda pendiente que tenía para conmigo y para con gente a la que conozco y es un ataque de sinceridad en toda regla.

Desde principios de año estoy trabajando nuevamente en un laboratorio con carácter de becario. Supero el mileurismo lo justo para costearme el abono de transporte público y, naturalmente, no tengo las coberturas habituales de un trabajador asalariado, aunque mis jornadas laborales tampoco estén estipuladas. Vuelvo a tener unos ingresos en un concepto que, por otra parte, me resulta desagradable, a nivel profesional. Toda la flexibilidad, toda la falta de requerimientos estrictos de una jornada laboral se equilibra con las obligaciones no expresas de aprender sobre el tema de estudio para poder escribir una tesis, así que la jornada no termina cuando sales del laboratorio y tu tempo libre no es exactamente tal cosa.

Os lo voy a decir con todas las letras: no tengo el menor interés por escribir una tesis ni por conseguir el grado de doctor. Profesionalmente sería una especialización que, además, me restringiría todavía más y que me marcaría con un tema que es posible que no quisiera continuar como investigador.

Creo que hace tiempo que me quemé respecto a la investigación básica y no creo que merezcan la pena todas las horas invertidas en ello ni el esfuerzo para conseguir unos míseros resultados cuya relevancia sólo será medida de acuerdo a algo tan filisteo como un índice de impacto. Soy un mercenario de la ciencia, si, y estoy orgulloso de ello porque tomo mi labor como un profesional que se esfuerza en hacer su trabajo bien de acuerdo con unos criterios más o menos objetivos.
Sin embargo, desprecio el mundillo de la investigación académica: las publicaciones, los egos (desmedidos y heridos), las vendettas, los que se aprovechan del sistema, los dinosaurios... Me resulta indiferente y prescindible en mi vida. Sencillamente, creo que lo que cuenta Sonicando en su última entrada es la base de mis problemas, es actitud prepotente, paternalista y condescendiente (un tanto redundantes entre sí) que ha reinado siempre en la academia respecto a los investigadores noveles y cómo con el pretexto de lo vocacional se ha mantenido un régimen de precariedad y de, ¿por qué no decirlo?, amateurismo respecto a los predoctorales.

Me pesarán los años pero es que, además, no le veo sentido a los doctorados basados en tesis a estas alturas. Una tesis no supone para su lector nada más que el hecho de poder validar un cuerpo de trabajo para obtener el título de doctor, sin importar dónde empezase ni donde terminase. Sencillamente, ya no ocurre como hace años: el proyecto inicial puede no ser ni un vago recuerdo cuando se llega al último punto debido a la competición con otros grupos y a que, sencillamente, las cosas nunca se ajustan al modelo como se había planteado.

Lo admito abiertamente: estoy en contra del sistema: estoy en contra de los doctorados basados en tesis, estoy en contra del sistema de predoctorales como becarios; de los proyectos hiperambiciosos que luego se quedan en punto muerto; de los directores e I.P.s que le cuelgan la mierda a los becarios y les exigen resultados obcecándose en hipótesis que luego chocan con las evidencias; de las putas jerarquías entre los becarios; de la retórica del trabajo en equipo que se queda en la puerta de los laboratorios; de usar fondos públicos como si fuesen la calderilla particular; y estoy en contra de la falta de gestión, control y organización de los laboratorios. Estoy, sencillamente, harto de un mundillo y una forma de entender la ciencia que es de aficionados y en el que la profesionalidad es más un milagro que resulta de esfuerzos más allá del deber de unos pocos que lo añaden a sus responsabilidades reales.

Otros no sé pero yo quiero vivir de la ciencia como un profesional con dignidad profesional.

lunes, 31 de enero de 2011

Presidente por un Día.

El otro día comentaba en mi última entrada Min que si me presentase a presidente votaría por mí. Grave error. Para empezar no querría yo y, además, no aguantaría la responsabilidad sobre tantas personas, cada una con sus propias opiniones. ¿Por qué no le convendría al país mi liderazgo? Daré unos cuantos motivos, creo que bastante objetivos, al respecto:

-Planes: ¿os acordáis de la carpeta azul de Aznar? (carpeta azul que aún me imagino como la típica de cartulina de los jubilados). En el momento en que llegase al puesto, llegaría con un archivador bajo el brazo lleno de planes de contingencia. No hablo sólo de los planes de desarrollo de una plataforma política, propiamente, no; hablo de planes para cubrir eventualidades de las gordas y que, en la mayoría de los casos dejarían lo de los controladores como una fría y aburrida tarde de domingo en invierno.

-Misantropía: uno de los mayores fallos de la mayoría de corrientes políticas tal cual planteadas es que parte de conceptos erróneos tales como que las personas son buenas por naturaleza o que las personas son racionales. No es mi caso: creo que la mayoría de las personas son estúpidas, mezquinas y egoístas y que lo contrario es sólo prueba de que algunas se esfuerzan por superarlo. Eso hace que sienta un cierto desprecio por la gente, sobre todo en sentido de masa, que es cuando la estupidez alcanza sus mayores cotas (y si no véase lo de "el pueblo contra Vigalondo" del último fin de semana) y muy probablemente actuaría de forma especialmente manipuladora, despiadada e incluso autocrática.
Claro, ni os queráis imaginar lo que podría ser uno de mis Lunes (mayúsculas justificadas) para el país.

-Paranoia: lo he reconocido muchas veces antes y lo haré muchas otras; una de las características de mi personalidad es que me cuesta confiar en los demás y considero que todo el mundo que me rodea es una amenaza potencial en mayor o menor grado. Si juntamos eso con lo de los planes que indicaba más arriba, lo más probable es que en el conjunto de mis planes de contigencia viniesen incluidos varios para anticiparme a los enemigos internos y externos. Imaginad la Operación Valkiria pero con un grado superior de contundencia y medidas para evitar contraordenes. Lo más probable es que, en algún momento, la cosa resultase en un(as cuantas) purga(s) y/o algun conflicto diplomático peliagudo si no alguna guerra directamente.

-Deberes Cívicos: creo que el ciudadano debe ser ciudadano y lo mismo que recibe unos derechos debe cumplir unos deberes. Lo más evidente es lo de los impuestos, algo que aquí se lleva mal y parece que el que pague lo que debe es tonto. Las consecuencias para los defraudadores serían draconianas. Igualmente, creo que la participación ciudadana en la legislación y en la gestión del país debe ser un deber y que debe empezar por lo más cercano: los ciudadanos deben implicarse en cómo se gobiernan sus vecindades y responsabilizarse de ello. Así que sería obligatorio. Una democracia sin ciudadanía es una mierda.

-Tierra Quemada: no creo en dejar a mis adversarios terreno. No creo en negociar con extorsionistas, chantajistas ni terroristas. No creo en ceder ante gente que emplea la amenaza de la fuerza. No dejaría a mi enemigo nada que le aprovechase y buscaría cualquier medio para asegurarme de que cualquier cosa que pudiese obtener, a medio plazo, estuviese envenenada. Una pena de todos los que arrastrase conmigo...

Y de momento esas son las que se me ocurren pero a lo mejor no soy tan malo: prohibiría la música latina (esa invención inidentificable y ficticia de los Stefan y su claque de Miami, no la música con denominación de origen). Juzgad vosotros.

lunes, 24 de enero de 2011

Apolíticos.

En la última semana, en lo que todavía viene siendo el proceso de integración en el labo, he ido teniendo oportunidad de conocer más a mis compañeros, lo que vienen siendo los becarios. Y digo conocer más y no mejor porque, en realidad, salvo por lo profesional y por una relación amistosa sin llegar a más, tampoco es que tenga mucho interés. Me temo que pertenecen, mayoritariamente, a esa cohorte de población que se aplica, deliberadamente o no, la puta etiqueta de los cojones: los apolíticos.

Desde hace mucho, aborrezco a la gente que hace las generalizaciones sobre la política y los políticos con el trazo gordo y basto del cateto que no ha visto el mundo más que por un agujerito lleno de mierda, especialmente cuando esa gente ha pasado por la universidad. Aborrezco esa puta retórica de mierda que generaliza porque, en el fondo, tenemos los políticos que nos merecemos. Somos nosotros quienes dejamos o no a unos u otros en el puesto, quienes toleramos que el gobierno sea el gobierno acatando ésta o aquella norma o ley. La sociedad y los órganos de gobierno son consensos, no realidades inmutables y dependen de la aceptación por los ciudadanos.

La pasividad de los mismos apolíticos que protestan, se quejan y lanzan con cinismo comentarios sobre la integridad moral de estos o aquellos me revuelve porque, sencillamente, en esa misma pasividad tampoco están dispuestos a hacer nada. Estos individuos se quedan en el mismo bipartidismo ficticio de siempre porque para qué votar a un tercer partido, el que sea, no vayan a "desperdiciar su voto". No están dispuestos a movilizarse y formar un partido con otros, no quieren nada más que recibirlo todo hecho. Pero claro, la culpa es de los políticos, que están ahí puestos por los extraterrestres, parece ser.

Se puede estar implicado en política votando o no votando, eligiendo un partido distinto cada vez o eligiendo no votar o votar en blanco pero hace falta hacerlo de forma concienciada y convencida, no siguiendo esa misma jodida retórica de mierda, colocada por los liberales neocons, claro, de que los gobiernos, al final, no son necesarios. Es decir, que mande el dinero. Se acepta una puta mentalidad de la Edad Media, de siervos de la gleba, porque, al final, en lo que consistió el siglo XIX fue el afianzamiento de la soberanía popular, un hecho "trivial" del que nos olvidamos ahora, cuando los mercados, esos nuevos dioses ciegos y estúpidos, destruyen a su paso para provecho de los flautistas ciegos que tocan a su alrededor.*

Falta cultura democrática en España, mucha, sobre todo cuando es en este momento cuando se ve que ninguno de los dos grandes partidos aporta un cabeza de lista/candidato a la presidencia de gobierno que invoque algo que no sea tedio o recelo. Como leí hace un tiempo, el problema de la gente que no se interesa por la política es que la deja en manos de la gente que si se interesa por ella.

Cada puto día estoy más convencido de que vivimos en el mundo surgido de una versión capitalista de 1.984.

*Metáfora deliberadamente tomada de H.P. Lovecraft.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Grand Guignol.

Vale, ha pasado ya una semana larga desde la crisis de los controladores aéreos. Tenía en mente escribir esta entrada el domingo de la crisis o así pero preferí esperar a ver si todavía daba tiempo a que en los medios surgieran más gilipolleces y, la verdad, a veces aborrezco tener razón y ver la mierda desde lejos.
En esta semana ha dado tiempo para que el personal haga todos sus análisis y gasten materia cerebral, si de eso tienen, que es cuestión aparte, analizando el tema. A mí la cosa me disparó todas las alarmas la tarde del sábado 4 porque me había pegado la noche anterior y casi lo que llevaba de día pegado al Ciclo de Noticias en CNN+. Para los que no hayáis visto the West Wing, el Ciclo de Noticias es, básicamente, el hecho de que los informativos funcionan como los terriers: cogen una noticia y no la sueltan hasta que el público, por puro aburrimiento o lo que sea, se cansa y ya no le interesa seguir chupando su dosis de pánico o, más en general, drama sobre ese tema. Los fines de semana, los puentes y demás periodos vacacionales suelen tener un efecto devastador en ese tipo de cosas porque, al ocurrir menos cosas (al menos donde importa) pueden hacer que se fije un tema en los informativos y eso desgastar mogollón a los gobiernos, empresas, etc.
Pero me desvío. La cuestión en sí es que ya a eso de las séis de la tarde del sábado de la crisis decidí que ya había tenido bastantes análisis incisivos, declaraciones de afectados y otros lloros por el estilo en CNN+ que no me aportaban nada. Si no hubiese estado haciendo cajitas y manualidades diversas para pimpear algunos de mis juegos de mesa habría cambiado de canal dos horas antes pero aguanté la mierda y sólo cambié para ver la película que emitían en Cuatro como homenaje al recientemente difunto Leslie Nielsen, que no era otra que (bendita ironía del Universo) Aterriza como puedas. Para entonces estaba saciado con la sensación de que algo olía a podrido pero bien.

Revisemos, por un momento, los hechos, a grandes rasgos:
-El gobierno aprueba un decreto que modifica por las bravas el régimen de los controladores justo el viernes por la tarde antes de un puente gordo.
-Los controladores se mosquean y deciden realizar una huelga encubierta abandonando sus puestos alegando enfermedad.
-El gobierno cierra el espacio aéreo. Caos aéreo total, cancelaciones catastróficas, etc.
-Se aprueba otro decreto de militarización del espacio aéreo y se da un ultimatum a los controladores.
-Los controladores siguen diciendo que nones.
-El gobierno moviliza a los militares para que tomen el control de las instalaciones civiles del tráfico aéreo, decreta el estado de alerta y planta sobre la mesa las acusaciones de desobediencia y sedición para los controladores que no se presenten.
-El ministro de fomento comenta que los del sindicato de controladores se han reunido con los dirigentes del PP en la semana precedente.
-Los controladores se van doblando y poco a poco se restaura una especie de normalidad.

Lo peor de todo es que en todos los canales había un ambiente de linchamiento mediático contra los controladores. Bien es cierto que ellos no facilitaron las cosas: su modo de hacer huelga no fue legal y no me parece ni medio digno el intentar soslayar una huelga de verdad con una gripe azul, además de que no dieron la cara en los medios de forma terminante. Sin embargo, todos los medios estaban en la misma onda y lanzaron contra los controladores la misma retórica fácil de números y cifras que tan vacía me suena, especialmente cuando el gobierno ha tenido que causar una excepción del orden democrático para solventar la situación.
Es cierto, por otra parte, y como bien señalaba otro bloguero por ahí (leedlo, es muy instructivo. Buzzeado por Patch), que los controladores tienen un régimen de empleo que es especialmente duro. De forma resumida: tienen unas responsabilidades muy jodidas y controlar un espacio aéreo civil no es el "cubo" que tiene un controlador militar. Como el sueldo base es una mierda (cosa que oculta el gobierno), la mayoría del sueldo viene de suplementos de productividad y horas extra. El problema es que el número de controladores (y aquí está la responsabilidad del gremio) está limitado, entre otras cosas, porque los controladores tampoco quieren dejar de cobrar sueldos altos y gestionar quién entra y quién no, aunque AENA tampoco ha contratado nuevos controladores para evitarse el conflicto laboral. Es decir: que ambos extremos de la película han estado implicados en aumentar la presión del tema hasta que ha roto.

Y ¿cómo ha roto la cosa? El tempo de la crisis no es que resulte sospechoso, es que induce a pensar en premeditación a cualquiera que no sea un completo imbécil. Parece ser que para apañar la papeleta de la homogeneización a nivel europeo de las licencias de controlador para el año 2011, los ministerios de Fomento y Defensa montaron un pequeño plan, que es lo que hemos visto desarrollado en el puente precedente. Es decir: que, aparentemente, el gobierno plantó una encerrona a los controladores en la que éstos, gustosamente, entraron sin pensárselo mucho. El descontento social (de todos aquellos socios que podían pulirse euros en el puente porque tienen empleo y esas cosas; que igual es que yo soy un parado resentido, a lo mejor) y la indignación de la opinión pública (ese público tan respetable que permite que le machaquen sus derechos laborales) facilitaron que un gobierno que se dice democrático y socialista haya hecho palanca con la legislación para militarizar civiles y forzarles a trabajar bajo amenaza de presidio.
¿Qué? ¿Cómo se os queda el cuerpo? En vez de haberse planteado una gestión del tema progresiva y razonable en la que aumentar el número de controladores, implantar límites no ya a las jornadas, sino a las horas extra y así dar a los controladores aéreos y al público una solución razonable en la que no comprometer la seguridad del transporte aéreo ni forzar los límites del estado de derecho, han llevado la situación por un camino que a la larga puede hacer que el estatuto de los trabajadores se convierta en papel mojado y elevar la conflictividad laboral. Es algo tal que sacado de Rubicon*. Si es que a los trabajadores les quedan cojones de luchar por sus derechos, que esa es otra. En fin, camaradas, quizá sea hora de volver a la clandestinidad.

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*Rubicon es una serie de la AMC que han cancelado después de una sola temporada. Era realmente buena pero al parece a la audiencia no le ha convencido una serie de espías (en realidad, analistas de inteligencia) en la que el protagonista no tortura terroristas para salvar el país y todo ocurre en tiempos razonables. Aprovechad para verla, que es muy buena y nada maniquea.
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martes, 26 de octubre de 2010

Lo Más Bajo.

He estado dando vueltas a cómo plantearlo de una forma que fuera más allá de lo obvio pero la escala de la bajeza de su catadura moral me provoca un desaliento enorme. Para los que no se hayan enterado por otros medios, Fernando Sánchez-Dragó ha reconocido en un libro de conversaciones con Albert Boadella, ahora, después de que haya prescrito el delito, que tuvo relaciones sexuales con dos menores de 13 años en Japón.

Independientemente de sus posturas políticas, que no comparto en absoluto; de sus negocietes con productos "naturistas" de esos del palo homeopático y que estaban sin controlar por la A.E. del Medicamento; y de su pedantería, porque es verdad que sabe un rato y es un tío muy leído, esto me parece lo Más Bajo. Y no me parece lo Más Bajo por el delito en sí, que eso sería ya bastante malo, sino por cómo lo ha contado en tiempo y forma, independientemente de sus excusas de "literaturización".

En estos días, la derecha española, la derecha de siempre, está enseñando la patita como nunca (el alcalde de Valladolid, Antonio Burgos, Alfonso Ussía, etc.). Es lamentable que esta gente pueda seguir mostrando su cara en público pero es el resultado de la plétora de gilipollas y retrasados que les ríen las gracias a esta panda de catetos venidos a más y reconvertidos en juntaletras. Es lamentable que tengan votantes mujeres pero supongo que eso dice bastante sobre el país. Semos mu modernos, me cago en dios.

viernes, 8 de octubre de 2010

Envidia.

La envidia es un sentimiento malo, muy malo. Pueden hablar de envidia sana, del estímulo que supone para emular a alguien que consideramos que está en mejor posición que nosotros, pero la envidia, la envidia de verdad, corroe porque va de la mano de la codicia, de querer lo que tiene el otro. La envidia, se mire como se mire, es un problema para las personas. Y como el primer paso para resolver un problema es reconocerlo, eso es lo que haré aquí, reconocer dos (ya introduciré el otro luego) problemas que tengo a día de hoy.

El lunes me llamaron para un curso al que me había apuntado de los de formación para el desempleo, que dan en la UPM, uno de programación. Al principio no fui seleccionado pero como a una de las personas la cogieron para un empleo y me tenían como suplente, al final ahí estoy, en una de las facultades de la Ciudad Universitaria chupando cinco horas diarias de programación, para empezar, en C++ y en unas semanas, en JAVA. Tengo que decir que se nota diferencia de nivel entre mis compañeros y yo y que mis bases son de risa comparadas con las de ellos. Es lo que tiene estar rodeados de ingenieros de diversos pelajes y hasta de arquitectos pero bueno, aunque tengo la sensación de avanzar entre el barro, por lo menos avanzo, que ya es algo.

La cuestión es que, después de tanto tiempo (porque ya he pasado por allí varias veces a lo largo de mi vida) he tenido que admitir algo que llevaba dentro: aborrezco la Ciudad Universitaria. Me parece que se ha convertido en una especie de parodia de lo que era en su idea original. Es como un animal de compañía que al principio era perfecto, mono, alegre, juguetón y con el tiempo se ha transformado en una bola de grasa abotargada a la que le cuesta hasta respirar sin asfixiarse por su propio peso. La C.U. soporta un tráfico que hace que pase de ser un campus en condiciones a un trozo más de Madrid, con su aborrecible organización viaria y pésima circulación. A eso hay que añadir que para sus dimensiones sólo hay una estación de metro propiamente en el área de facultades y todo está a tomar por culo entre sí.

Pero eso no tiene que ver con la envidia directamente... No, lo de la envidia es una consecuencia de volver a pasar por la C.U. (aunque creo que a estas alturas hubiese sido normal en cualquier universidad). Lo de ir a una de las facultades en la C.U. hace que de lunes a viernes vea a la fauna estudiantil universitaria y se me forme una especie de bola de material negro, espeso y amargo que gira y se retuerce sobre sí misma, haciendo que apriete los dientes a veces con tanta fuerza que casi se me salta el esmalte. No es (sólo) el pijerío habitual de la C.U., que a menor escala también tenía visto en Alcalá, es la sensación que tengo ahora, estando en el "mundo real", de aborrecerles por vivir en ese limbo que es estar en la universidad, esa especie de Torre de Marfil en la que, salvo raras excepciones, sus objetivos vitales son pequeños y tan artificiales como artificiosos. Envidio esa realidad apacible en la que no ven más allá de licenciarse y pasar asignaturas y a la vez lo aborrezco por ser una especie de inocencia que surge de la ignorancia y por la que se permiten vivir en la inopia. Lo sé porque estuve ahí hace mucho tiempo.

Sin embargo, no voy a dejar aquí lo de la envidia. Ahora vienen los motivos para generarla. Hace unos meses (allá por Mayo, creo) comentaba que el Teatro Real ofertaba abonos para jóvenes (30 años o menos) por 90 euros, que cubrían tres representaciones. Pues el miércoles pasado estuve en el Teatro Real con Ñita y su novio. Fuimos a ver the Rise and Fall of the City of Mahagonny, de Kurt Weill con libreto de Bertolt Brecht (adaptada al inglés), en un montaje artístico de dos de los componentes de la Fura dels Baus. En butacas de patio. De la tercera fila.

Tengo el convencimiento de que la elección de esta obra para estos abonos no fue para nada casual. Si se trataba de ofrecer una serie de obras que atrajeran la atención de los jóvenes hacia el mundo lírico, que tiene una imagen tradicional de antiguo y obsoleto, esta era sin duda una obra muy apropiada, tanto por su actualidad (en el sentido de que fue escrita hace ochenta años, no tanto tiempo y a la vez en su argumento) como por su acabado formal. Los últimos dos años han puesto el contenido de la obra en primer plano y los de la Fura se han lucido poniendo en pie un montaje que va directo a la mandíbula empleando una iconografía que resulta tan evidente como hiriente contra el objetivo contra el que se lanzó la obra.

Todavía la estoy digiriendo a nivel intelectual y emocional, no ya sólo por las metáforas que encierra sino también por los elementos del montaje y, sobre todo, porque tanto el Teatro como la Ópera comparten algo que me mete dentro y hace que suspenda mi incredulidad con una facilidad tremenda: en ambos medios no se pueden hacer trampas. En Cine y en Televisión la necesidad del montaje (originalmente un producto de la limitación física de rodar con bobinas de película de un metraje limitado) se convierte en una virtud del estilo y expresión del film pero a la vez introduce trampas, porque una escena puede filmarse varias veces hasta que sale "bien". Esto resta profesionalidad al actor que sólo se ha formado en estos medios ya que puede permitirse mayor laxitud a la hora de meterse en el papel, al contrario que en teatro y ópera, donde sólo puede salir bien en el momento. Además la secuencialidad no se rompe: en el escenario ocurren cosas todo el tiempo, incluido el segundo y el tercer plano y por tanto el coro y los figurantes deben actuar todo el tiempo y hacerlo con naturalidad, porque no importa que el público esté centrando su atención en los protagonistas: si se fijan en ti y no estás metido en la escena, se rompe la magia.

El miércoles, sin ninguna duda, y a pesar de la crisis alérgica de la soprano, Jane Henschel, todo salió como debía salir y la ovación fue cerrada, constante y larga. No sé si en días anteriores el reparto tuvo una acogida tan cálida pero desde luego se lo merecían. Mención especial a Willard White, un bajo soberbio. Y, permitiéndome la nota frívola, debo decir que las chicas del coro estaban muy buenas (o por lo menos a mí me lo pareció pero puede ser que con cómo me dejo llevar con estas cosas lo magnificase un poco).

viernes, 26 de febrero de 2010

La Torre de Marfil.

Estoy en una encrucijada. La semana que viene tenemos que entregar ya las solicitudes de las prácticas del máster y la verdad es que no estoy demasiado seguro de qué pedir: las prácticas en empresa son 4 o 5 plazas para como una docena de personas y las que queden serán en la facultad o en ese antro infernal que es el CNIO. Me preocupa una cosa, la continuidad, y, aunque en la facultad hay una persona con la que no me importaría quedarme (casualmente, una profesora a la que casi todos consideramos una bruja cuando la tuvimos por primera vez), el CNIO no tiene buena fama por su competitividad (otra cosa son sus publicaciones).
El problema es hasta que punto depende de esta decisión mi futuro. No estoy en el mejor momento para tomar decisiones (por lo de mi abuelo, porque estoy hasta los cojones de la teoría del máster y porque este tiempo de mierda me harta y preferiría irme a vivir a una cueva en vez de esta puta lluvia). Por otra parte, el estrés también ha hecho que aumente dentro de mí la irritación y la indignación con la actitud que mantienen todos hacia el status quo del mundillo científico, especialmente porque la motivación última es artificial.
Con todas las conferencias que hemos tenido sobre el tema, he quedado reafirmado en que la mayoría de la gente que hace investigación sobre temas de biomedicina está mucho peor que la gente de ciencia básica. La ambición por publicar al más alto nivel algo sobre cáncer y todo eso no significa que el avance sirva para llegar a nada práctico que permita combatir la enfermedad: la mayoría de publicaciones dilucidan las bases de la patología o, si acaso, permiten obtener marcadores de diagnóstico. Muy rara vez se obtienen moléculas quimioterápicas o métodos que permitan acabar con un tipo de cáncer de una forma directa. La propia naturaleza del cáncer (que es un conjunto de enfermedades basadas en la formación de tumores y la metástasis de estos pero cuya base molecular es muy amplia y diferente) hace que la idea de tomarse una pastilla o una forma de terapia sea algo ilusorio. Wishful thinking del bueno.
La gente que se mete en esto y le dedica jornadas de doce horas, fines de semana y demás para una puta publicación lo hará por sus motivos: progresar, obtener plaza, prestigio, etc. Cosas que, en el momento, importan poco o nada. Eso sin mencionar los duelos de ego y las movidas realmente chungas de las cabezas de cada uno. Y se olvidan del problema: la gente se muere de cáncer.
Y digo cáncer porque las investigaciones sobre la malaria o sobre enfermedades que les pasan a los negros, a los pakis, a los sudacas, esas no cuentan. O por lo menos no cuentan de verdad para la mayoría de investigadores porque son muy jodidas (el plasmodio de la malaria muta sus antígenos y por eso no hay vacuna que valga, por ejemplo) o la gente que las sufre no da dinero para desarrollar un fármaco seguro (claro que adivinad dónde se prueban algunos de los fármacos que se producen... John Lecarré no se pilló los dedos al escribir el Jardinero Fiel). Verdaderos humanistas, de verdad.
El problema es que, por mucho que se diga que la gente de investigación científica vive de lo que le gusta hacer, también eso estimula que vivan en una torre de marfil, metidos en un circuito de ficciones y artificios que sólo tienen sentido a la hora de sus propias necesidades personales de seguridad laboral o de ego. Barbacid, esa luminaria de la ciencia, publicó sus hallazgos sobre Ras hace veinte años, por lo menos y todavía no se ha hallado ningún fármaco que funcione con esa base molecular. No es fácil, para nada, pero aquí se le sigue tratando como el tipo que más sabe de cáncer y otras expresiones parecidas que no están a la altura de lo que es: un estudioso de la biología venido a más. No ha aportado una solución al problema, igual que Bernat Soria no ha aportado ningún uso práctico que resuelva nada con sus células madre, sin embargo, ambos son dos salvadores del mundo. Se les alimenta el ego desde las publicaciones de prensa corriente y la opinión pública no implicada en el mundillo, en vez de ser puestos en su sitio, de recordarles que no son semidioses por derecho sino gente privilegiada que disfruta del uso de fondos públicos sin garantías de resultados y que deberían ser más humildes y no ir de iluminados por la vida.
Además, arrastro cierta culpabilidad. La situación de mi abuelo lo ha reforzado, poniendo el punto de estrés apropiado a la situación, pero las decisiones equivocadas tomadas en el pasado (meterme en el laboratorio, elegir mi licenciatura, no haber trabajado lo suficiente cuando estaba en el instituto para haber cogido una ingeniería y otra lista de gilipolleces sobre las que no puedo hacer nada ya) y mi inseguridad respecto a los resultados que puedo obtener y esa vena obsesiva acerca de intentar controlar la situación en vez de dejarme llevar por ella, me han sacado un complejo de culpa atroz y que es lo que me ha dejado exhausto a estas alturas.
Esta semana me han vuelto a repetir algo que se me ha grabado, aborrezco y que es por lo que, en la práctica, la decisión de optar por la empresa privada casi la han tomado por mí. Eso de que en el trabajo investigador no se puede desconectar es aborrecible. No lo entiendo ni lo comprendo, no lo entenderé ni comprenderé ni lo quiero entender ni comprender. ¿Qué cojones se supone que nos hace especiales? Los médicos, los psiquiatras, los bomberos, los policías, los ingenieros, toda una colección de profesionales que hace cosas realmente valiosas por la sociedad no sólo pueden desconectar y relajarse sino que además se les recomienda. El médico o el psiquiatra no pueden obsesionarse con sus pacientes, los policías no pueden quedarse pensando al final del día en lo que vieron en tal o cual situación o ante la escoria humana con la que tienen que tratar día sí y día también, los bomberos no pueden pensar en si pudieron salvar a tal o cual persona... Pero los investigadores tenemos que estar centrados todo el puto tiempo en la mierda que tengamos entre manos, aunque no vaya a ser más que una mierda que aparezca en un artículo de una revista que leen cuatro mataos que la consideran el centro del universo y que a los cuatro meses otro matao te lo reviente porque ha descrito algo que a ti se te pasó.
Aborrezco este sistema de mierda. Aborrezco un sistema en el que no se intenta evitar la conducta obsesiva sino que se fomenta y se estimula. Sólo puedo concluir que los que construyeron la torre de marfil y se encerraron dentro son unos dementes y prefiero no estar dentro cuando se venga abajo.
Y ahora, el que quiera que llore por las tijeras de la ciencia.

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Cambiando los coches por lo que corresponda, esto es exactamente así.

viernes, 29 de enero de 2010

"Peligrosidad Social" + Flashback + ¡Zorrrrrrrra!.

En las últimas semanas leí alguna cosa por ahí, creo que donde Barbijaputa, sobre modelos femeninos. Ella hacía un comentario sobre crepúsculo y cómo el personaje de ella (ni me sé el nombre ni me interesa) era una auténtica mierda porque volvía al modelo de mujer que iba detrás de un hombre perdiendo todo sentido común y dignidad, poco más o menos. La verdad es que no me resulta demasiado sorprendente, porque parece haber una corriente de mujeres por ahí (escritoras, directoras de cine, etc.) que van vendiendo una especie de modelo social en el que la mujer está trivializada. Es un rollo sutil pero que no me gusta demasiado. En el caso de la Meyer, lo que tenemos es a una mormona, lo que hace que haya una lógica en el sesgo interno de sus noveluchas, pero también hay cosas que me parecen un rato chungas en Sex and the City, por ejemplo. Se trata de una descripción de un sector de población, mujeres profesionales de renta alta, en la que el eje central está en la vida sexual que llevan. Aunque la intención pudiera ser el comentario sobre la vida urbana de ese sector de población en los últimos años noventa, sobre la promiscuidad y el sexo, los cambios vitales con la edad, etc.; el resultado es más bien pobre y parece más una reunión de pijas cuyas vidas discurren dando vueltas alrededor de los zapatos que se van a comprar con el dinero que han hecho con sus trabajos cualificados y a que arquitecto/médico/abogado/profesional liberal se van a frinkar* y de qué tamaño tiene la tranca.
Sé que hacer una serie sobre científicos** no iba a ser muy emocionante (bueno, a menos que en los otros canales retransmitieran en directo los campeonatos mundiales de pintura de secado rápido) pero me fastidian los modelos que trivializan a la persona tanto en un sentido como en otro. Será cosa de mi madre, imagino, que después de haber corrido tanto delante de los grises y tenerme que poner sus apellidos (en 1980) porque no estaba casada con mi padre (que, casualmente, le saca 28 años), pues como que aguanta pocas gilipolleces. Ha llevado la vida que ha querido y no se ha dejado definir por haber nacido con ovarios. Me ha dado un modelo femenino por el que el feminismo no era no llevar sujetador y no afeitarse las axilas sino ser una persona que por casualidad ha nacido mujer. Eso, que parece tan obvio si uno lo piensa, encuentra una resistencia, sutil pero que está ahí, en el mundillo de la ficción televisiva y cinematográfica más pedestre (los personajes femeninos en los Soprano, the West Wing y otras series meritorias van mucho más allá de la chica que grita no.1 en el slasher de turno, por ejemplo) pero también, y sobre todo, en la moda.
Si, es obvio, la moda es uno de los sectores más sexistas que hay. Dejando de lado que es un paraiso para misóginos homosexuales***, la propia naturaleza del chanchullo montado en torno a la alta costura, hace que las mujeres sean consideradas de una forma muy distinta y que se refuercen las diferencias de género. El caso de la anorexia, fomentada para que los modelos de los diseñadores sean el centro de atención y no unas modelos especialmente atractivas, es bastante claro. Quizás por eso, entre otras cosas, aborrezco todos los dibujitos esos de Custo y sus imitadores. No puedo despegar lo que sé de esas supuestas llamadas al glamour con muñequitas anoréxicas que parecen sacadas de un Pachá élfico.

Además, haber modelos femeninos más complejos y edificantes haylos.

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Con todo lo que sabemos del cerebro aún no tenemos ni puta idea de sus verdaderos entresijos funcionales. Resulta asombroso y terrorífico a partes iguales.
El miércoles pasado, en clase, se dio una conjunción de las condiciones de luz, temperatura y yo que sé qué más que hicieron que tuviera una especie de flashback, un eco de las sensaciones que tenía en otros momentos de mi vida. De repente fue como si estuviera reviviendo el mismo estado mental que tenía allá por mediados de cuarto curso de la licenciatura, finales de quinto o hace casi un año.
Normalmente, las sensaciones olfativas suelen hacer ese tipo de cosas muy fácilmente. El olor de esto o aquéllo como lo cocinaba la abuela, el perfume de una ex o de tu madre, la vez que estabas en el monte y en medio del rumor del mar de pinos te sentiste en paz con el universo... Pero claro, el cerebro es una cosa muy cabrona y a nada que a uno se le crucen las señales (sin entrar en la sinestesia) apropiadas puede surgir cualquier recuerdo enterrado.
La sensación que surgió en mí no era, precisamente, agradable. Era el equivalente emocional a la primera vez que hueles fruta podrida: algo dulzón en la nariz que se hace repulsivo justo en la boca del estómago.

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Ayer en clase estábamos resolviendo unos problemas de una asignatura que habíamos trabajado desde la semana anterior. Algunas compañeras (por estadística, ¡qué remedio!; somos cinco chicos de 31 personas), estaban tomando algunas notas de la forma correcta de resolverlos y todo eso. Había que entregarlos, claro, pero al profesor se le había pasado pedirlos. ¿Podéis adivinar por dónde va la cosa?

Una de las compañeras, en el momento en que hacíamos el descanso en medio de las cuatro horas de clase, soltó: "¿Vas a recoger los problemas ahora? Lo digo porque hay algunas personas haciendo correcciones."

No es que la gente estuviera haciendo correcciones a lo que iban a entregar, porque la mayoría lo llevaba impreso, pero no creo que esa maniobra vaya a hacerla muy popular en el futuro, la verdad. Para empezar, la semana que entra, puede que tengamos que hacer evaluación recíproca y yo sé a quién voy a puntuar bajo.


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*Copyright de , hasta donde yo sé.
**Rigurosa.
***Ojo a la colocación de sustantivo y adjetivo.

viernes, 22 de enero de 2010

Bite 'till it bleeds.

"And you may call it irony when co-incidence collides
But I’ve had dinner with the Devil and I have seen the light
And you may call it righteousness, when civility survives
But I’ve had dinner with the Devil and I know nice from right."
-Dinner with the Devil. Big Rude Jake-

Hace unas semanas, Biónica contaba alguna cosa acerca de sus deslices freudianos, a lo que yo apostillaba sobre los míos. Bueno, no era del todo cierto. No suelo tener demasiados pero eso es porque con el tiempo he aprendido a revisar lo que se me pasa por la cabeza antes de soltarlo. Forzosamente.
Todo el mundo tiene días malos. Es inevitable, las cosas que la vida te lanza pueden hacer que acabes frustrado y encabronado: desde una cagada de perro en una acera que pasa inadvertida, pasando por aguantar las gilipolleces de los demás, hasta cosas irresolubles de verdad, como la muerte de alguien querido. A veces puede ser algo tan simple como un cambio de tiempo y la falta de luz y los cambios de presión y temperatura nos vuelven irritables o taciturnos.
Hoy no suelo tener muchos días malos "aleatorios". Alguno de cuando en cuando, con un mal humor poco justificado que hace que intente alejarme todo lo posible de los demás para que nadie tenga que aguantar mi mierda injustificadamente (claro que no puedo hacer nada sobre los que intentan meter sus narices, que siempre los hay). Hace como diez años, por otra parte, las cosas eran distintas.

Mi mal día me duró como un par de años.

No es tampoco que estuviese constantemente encabronado, de forma evidente, pero hay muchas formas de manifestar la agresividad. Si en el mejor de mis días puedo ser un poco difícil de tratar, en aquella época era completamente cáustico y no tenía demasiadas contemplaciones con los demás y sus sentimientos. Andaba todo el día como una especie de skinhead dialéctico, con ganas de gresca y dando palizas verbales a quien ofrecía la oportunidad (prefería utilizar las palabras de los demás en su contra porque era más satisfactorio y les dejaba en evidencia por no pensar lo que decían con cuidado).
Ahora mido más lo que se me pasa por la cabeza cuando alguien me lo pone a huevo. Aún así no es fácil evitar poner en evidencia a los demás, especialmente cuando me son desagradables por un motivo u otro. Los ejemplos más claros los tuve hace cosa de un mes y medio, cuando estábamos en el máster con una práctica para la que había que extraer tejidos de ratas y, obviamente, había que sacrificar a los animales. Las dos encargadas de aquella práctica para mi grupo insistieron hasta la saciedad en dos ideas y a mí se me pasó por la mente replicarles de forma un poco desabrida:

-Con este método del CO2 los animales no sufren. Tenemos además al comité ético que lo supervisa [...] (argumento repetido con insistencia obsesiva).
"Ya pero a mí me parece que lo de gasear es más por el estrés del que los sacrifica que por los que lo sufren. ¿Le suena lo de los nazis?."

-Lo de sacrificar animales es duro pero uno tiene que pensar que lo hace por el progreso y un bien mayor para la humanidad y los animales (afirmado con aplomo).
"Pues los nazis pensaban lo mismo sobre lo que hacían..."

Independientemente de lo que pueda considerarse como un actitud más o menos madura, me revienta que me intenten meter la línea del partido con actitud justificativa y como si no hubiese ya hecho mis ideas al respecto. Un argumento repetido una y otra vez de esa forma parece más un intento de convencerse a uno mismo que una cuestión racional sobre los problemas éticos que se plantean ante ello.
Dejando de lado el caso particular, creo que ha sido positivo para tener más facilidad de convivencia en sociedad, no porque me importe lo que se pueda pensar de mí, sino por necesidad de convivencia en términos aceptables, aunque he conocido a gente bastante rancia a la que los demás le dan bastante cancha, no sé por qué. Sé que eso ha hecho que tenga una imagen de tipo calmado que habla poco, normalmente, pero los beneficios de revisar qué es lo que pasa por el cerebro antes de que pase por la boca son bastantes (hay a quien le puede hacer bastante más daño del que parece un comentario bien colocado).*

Claro que otra cosa es entre amigos. Ahí ni se da ni se pide cuartel.

*Descubrí hace relativamente poco que la crueldad a la hora de hacer comentarios la heredé/aprendí de mi madre, no de mi padre. Mi madre no suele soltar este tipo de comentarios pero me llega a horrorizar hasta a mí.

viernes, 8 de enero de 2010

El Triángulo.

Con los años, he ido abriendo mis horizontes artísticos: en los libros que leía, la música que escuchaba, el cine y la televisión que veía... A la vez he ido perfilando mis criterios, además de mis gustos, lo que justifica mis (y los de cualquiera con un mínimo de sesera) placeres culpables: sé que hay cosas que me gustan que son rematadamente malas pero que sean malas no significa que vayan a dejar de gustarme; sencillamente, les encuentro valores que las redimen, mientras que hay otras cosas que, siendo buenas (por lo menos de forma comúnmente aceptada), dejan de gustarme.
Uno de los esquemas de criterios que he deducido como pilar común de la calidad artística de los productos que circulan por ahí es un triángulo cuyos vértices corresponden a tres conceptos diferentes:
-Contenido: qué cuenta (la historia).
-Estilo: cómo lo cuenta (la forma).
-Contexto: cuánto depende de su momento histórico (el tiempo).
La validez o la aplicación de estos tres conceptos a cada arte o producto artístico no es uniforme, de modo intrínseco, ya que no es lo mismo una novela que un cuadro. La aplicación de cada concepto está ponderada según el medio, ya que no es lo mismo el contenido que pueda tener un cuadro que el de una novela, aunque sea porque el cuadro cuenta con que el observador posea un conocimiento previo (lo que vendría a ser la iconografía, por ejemplo, en el caso de las imágenes religiosas).
Este triángulo, en cualquier caso, indica la calidad de una obra y la duración de éste. Esto es así porque las verdaderas obras maestras se mantienen en un equilibrio razonablemente estable entre los tres vértices del triángulo: su contenido es novedoso, está bien construido y no depende del momento histórico en que se hizo. Esta es la distinción de lo que se han llamado clásicos, las obras que permanecen en la memoria colectiva y con reconocimiento general de su calidad. En cuanto la posición de la obra se desplaza hacia uno de los vértices, se pierde esa posición que, en cierto modo, es más bien producto de la suerte que de una acción deliberada.
Las obras que se desplazan hacia uno de los vértices se hallan lastradas por defectos que condicionan su éxito y la duración de éste: hay historias bien contadas y perdurables pero que carecen de novedad en su argumento; otras tienen un argumento novedoso y perdurable pero mal contado; y otras pueden estar bien contadas y ser novedosas pero pasar de fecha rápidamente por depender terriblemente de su momento histórico. Estas suelen ser las condiciones de la mayoría de obras que tenemos a la vista: productos muy decentes pero que tienen defectos que harán que no lleguen a pasar a la posteridad con reconocimiento general. Si se hallan aplastadas contra uno de los límites del triángulo, directamente, estamos hablando de productos con unos fallos realmente terribles y que desaparecerán de la circulación muy rápidamente, a menos que sean tan malos que sean geniales (como la mayoría de la producción de Chuck Norris) por los motivos equivocados.
Partiendo de esas premisas, por tanto, quisiera especificar una serie de cuestiones. Para empezar, mi ranking de series de televisión imprescindibles:

1. Primer Nivel:
-Los Soprano.
-The Wire.
-El Ala Oeste.
2. Segundo Nivel:
-The Shield.
-Babylon 5.
-Deadwood.
-Roma.
3. Tercer Nivel:
-Star Trek: Deep Space Nine.
-Scrubs.
-30 Rock.
4. Cuarto Nivel:
-Damages.
-El Prisionero.

En segundo lugar, la música americana nunca hubiera sido nada sin los negros.

Tercero: el cine español es una chufa en la que abundan y sobran los paniaguados, los parásitos y los inútiles. Si no habéis leído Mis Problemas con Amenábar, de Jordi Costa y Darío Adanti, leedlo.

Y un par de vídeos.



P.S.: por cierto, el oráculo lo sabe todo (y si no se lo inventa). Así que preguntad.

domingo, 22 de noviembre de 2009

La Movida.

Inauguro una nueva sección con muy mala idea. La portada del disco va en serio.
Soy una de esas personas que le tiene asco a la Movida. No sé si somos muchos o pocos ni me importa. La Movida me da asco, me parece aborrecible. La cosa podría tener una interpretación freudiana, porque mi madre era joven por entonces y podría ser un signo de confrontación generacional, por aquello de marcar mi personalidad y todo eso pero no. Mis motivos son subjetivos pero conscientes.

La Movida fue una tormenta en un vaso de agua. Ha habido un buen montón de interesados que han estado perdiendo el culo fomentando la nostalgia de aquella época, poniéndola como si hubiese sido el germen de la cultura de los siguientes veinte años y hagiografiando a unos artistas que no dejaban de ser humanos y que, por muy bien que cantasen, escribiesen o componieran (lo que es más cuestionable, por otra parte), hoy serían lapidados en los medios por la vida que llevaban y las cosas que se introducían en el cuerpo por vías diversas. Si, explosión de libertad y lo que os dé la gana y os salga de los cojones o los ovarios pero eso no quiere decir nada. Salvo aquellos que tuvieron la decencia de morir con las botas (y la aguja) puestas, la mayoría se reconvirtieron en pequeños burgueses de uno u otro signo y su pequeña revolución cultural, su gigantesca borrachera y sus excesos, sólo dejaron una resaca de la que aún pagamos las consecuencias en la música y el cine, sobre todo.

Pero claro, ahí están esos pequeños burgueses que aún nos recuerdan que estuvieron allí para intentar convencerse a sí mismo de que no se han convertido en lo que aborrecían tan profundamente (sus propios padres), sacándonos los revivals de éste y aquel grupo, los ciclos de éste y aquel cine. Todo muy profundo y muy emotivo y muy hermoso, sobre todo si el protagonista del acto genera compasión por ver en qué se ha convertido después de lo que fue, recordando que los excesos se pagan y que, chico, mejor él que tú. Schadenfreude a mogollón.
No hablemos ya de si el homenajeado fue realmente bueno, si captó a generaciones posteriores convirtiéndose en un clásico cuyas obras fueron seguidas mucho tiempo después de su creación original, porque entonces la cosa llegará al paroxismo. Añadamos entonces una defunción en la que todos los concienciados parezcan haberse convencido a sí mismos de que no podía ocurrir tan pronto, por más que resultase previsible cuando el peso del difunto fuese el de una niña y sus facciones recordasen más a uno de los documentales de George Romero que al anuncio de un balneario. Es lógico: las adicciones a los opiáceos son un hobby cualquiera.
Si más de uno de los que ha palmado se llamase Winehouse o Doherty, seguro que no hubiese habido tanto drama.

Y lo que es más: se permiten ir luego dando lecciones morales. No hace falta que repasemos a todos los difuntos o los adictos porque entre los que parece que evitaron los vicios autodestructivos, ya que no los caros, según parece, se hallan algunos seres que, de mear sobre el público en sus conciertos a lo Punk terminal, hoy pretenden ser referentes de autoridad moral en la lucha contra los cánceres de la sociedad, entre los que figura, según ellos, el latrocinio de bienes cargados con una plusvalía abusiva. Me refiero a Friedchicken, por supuesto, hijo intelectual (es un decir, claro) de Al Capone.
Friedchicken, claro, es sólo un síntoma de en lo que se hubieran convertido la mayoría de ellos si se hubieran aburguesado por un poco de cobardía, sentido común o lo que sea que hace que la gente renuncie al estúpido hábito de matarse a sí misma de forma lenta (por oposición a hacerlo como Larra, que, aunque su motivo fue estúpido, tuvo los cojones de colocarse una bala en medio del melón). Supongo que al menos es afortunado que muchos conservaran su dignidad y supieran palmarla a tiempo porque con los que nos han quedado ya vamos sobrados.