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miércoles, 18 de agosto de 2010

El Botín de Dublín + Las malvadas Farmacéuticas.

Se me hacía de una pereza infinita el volver a escribir pero quizás por eso mismo necesitaba vacaciones fuera. Mi sobrino tuvo el detalle de acogerme otra vez en su casa en Dublín y su novia (este apartamento era otro significativamente peor, pero el amigo que vivía con ellos se volvió a Madrid y ya no podían permitirse aquel lujazo de casa, ¡ays!) y él me tuvieron a cuerpo de rey en la semana larga que he pasado con ellos. No puedo quejarme para nada*, salvo por el pequeño detalle de que habitualmente me metían en medio de sus discusiones, que a veces se volvían tan absurdas que me parecía estar en Pepa y Avelino Dublin Edition.

Fig. 1. Botín: sección libros y series en DVD. Un poco de algo que ya conozco (Pratchett,Dick y Morgan, de quien un amigo me prestó Altered Carbon, un buen libro; los tomos de Fables, de los que ya me ventilé los dos primeros y me gustaron muchísimo) un poco para probar (Baxter y Reynolds y la antología de Noir). Las series, de mis favoritas (Tina Fey, te amo; Vic Mackey, a ti también pero de forma no homosexual. O si. No sé). Ya os contaré qué tal está la de Brotherhood pero pinta bien.


Fig. 2. Botín: sección juegos. Juego de puteos de los gordos. Me estuve leyendo Ricardo III mientras estaba con mi sobrino y algo tendrá que ver. No soy así. En serio.

Como el año pasado, éste también he vuelto con un considerable botín de libros y series en DVD más un juego de mesa que me interesaba de un tiempo a esta parte (pero que en realidad encontré en la tienda que fui a visitar poco más o menos de pura suerte, ya que ni esperaba que lo tuvieran). Con esto me aseguro unos cuantos meses de entretenimiento barato mientras languidezco en mi tedio de parado descontento (o algo así, porque lo de salir a correr por las mañanas y prepararme el examen de primer Dan de Karate no me lo quita nadie y ya veremos si empiezo a aprender a conducir y esas cosas necesarias para la vida moderna).
En lo concerniente al propio Dublín, pasear, ver cosas pero poco más. No es una ciudad que tenga muchas cosas y una vez visto todo lo que hay que ver, incluída la vida nocturna, se queda en poquita cosa si no vives allí y vas de turista, pero se agradece el descanso. Ah, si, estuve de visita en el Museo Nacional de Historia Natural. Es poco más que una colección de ejemplares disecados, bien organizada, eso si, y muchos de ellos provenientes de donaciones de cabezas obtenidas en safaris y ese tipo de cosas pero la verdad es que a mí me sirvió para reverdecer un poco mis conocimientos de zoología y morfología y sus bases ecológicas y evolutivas y si no tienes demasiada idea de estos temas, siempre resulta interesante ver la diversidad animal. Naturalmente, echaba en falta una sección de reptiles y serpientes (¿sabéis por qué?).

Para compensar, el viernes estuvimos de excursión en los acantilados de Moher. Están en el otro lado de la isla y son una vista impresionante que merece verse. La excursión en sí podía haber ido mejor con alguna parada menos (y mejores carreteras) pero estuvo bastante bien y tengo algunas fotos por ahí que transmiten bastante bien lo impresionante de las vistas.
Fig. 3. Mogollón de metros todos para abajo, lo menos 100. Decía el guía que venían muchos a tirarse. Nos ha jodido: éxito seguro.

Fig. 4. Impresionan de verdad. Me hubiese gustado tener una cámara con un objetivo telescópico gordo para poder observar los nidos de las aves. Había hasta frailecillos.

*Falso, si había una cosa de la que quejarme: esos salvajes comepatatas no saben lo que son las persianas y las ventanas de mi sobrino estaban orientadas hacia el punto exacto del Sureste por el que se alzaba el sol. Casi todos los días me despertaba a las 7 y media por el puto sol. Hay que joderse, ir a Dublín y que haga tan buen tiempo que no puedas dormir a pierna suelta.
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Me gustaría comentar un par de cosas a raíz de un par de cosas que han ido surgiendo en un hilo sobre homeopatía de un foro en el que participo. Me plagio a mí mismo (dando formato a lo que corresponda, claro) pero con buen motivo: uno de los argumentos más usados para defender toda esa mierda del naturismo y la homeopatía es el de los efectos secundarios de los medicamentos. Me parece muy importante dejar algo claro (y de paso dejar claro que he amortizado el máster y que en la empresa me lavaron el cerebro :P ).

Por aquello de los efectos secundarios y lo malvadas malosas que son las compañías farmacéuticas:
-TODO xenobiótico tiene efectos secundarios: cualquier cosa que introduzcas en el cuerpo que no pertenezca a él tendrá efectos indeseados más allá de su principio activo. La mayoría de las substancias de origen natural que se han empleado durante siglos tienen efectos secundarios y afectan al organismo, tanto más, en tanto que al no estar purificadas como principio activo a éste lo acompañan productos secundarios del matabolismo de la planta (pues la mayoría son de este origen).

De hecho, la mayoría de las plantas de consumo habitual en la dieta humana tienen componentes indigestos y/o tóxicos, motivo por el que la harina de almortas empleada para las gachas debía cocerse largo tiempo, lo mismo que la mayoría de las legumbres (inhibidores de proteasas). Otro caso similar ocurre con la mandioca o cassava (Manihot esculenta), que tiene glucósidos cianogénicos (o sea, formas de azúcares que se rompen y liberan cianuro) y con muchas otras plantas que se han domesticado.

Muchos de esos remedios naturales (o naturistas, más bien), producen efectos de estimulación de los citocromos de detoxificación del organismo para poder copar con los productos secundarios que llevan y pueden hacer que una terapia convencional no funcione precisamente porque se toman esas infusiones y brebajes sin consultar al médico, el farmacéutico ni a nadie. No quiero ni contaros la risa cuando afectan a los citocromos que detoxifican los anticonceptivos y se cargan éstos antes de que pueden tener efecto o hacen que un anticoagulante no funcione correctamente y haya que elevar la dosis al paciente, que tiempo después deja de tomar los "calditos" y sufre misteriosas hemorragias. Estas interacciones se conocen entre fármacos y la mayoría de médicos, aunque sólo sea porque siguen los catálogos, no recetan ciertas parejas de ellos pero cuando se toman misteriosas pócimas, la responsabilidad ¿de quién es?

-Llegamos al otro punto: todos los fármacos tienen riesgos no previstos en los prospectos que los acompañan y debidos a las diferencias genéticas entre poblaciones e indivíduos. Sencillamente, los seres humanos somos diferentes a nivel molecular y por pura estadística, en los ensayos clínicos, no entran personas con todos los genotipos y fenotipos, por lo que es normal que aparezcan efectos secundarios graves tiempo después de aprobarse medicamentos concretos. De hecho, es una de las bases de los medicamentos para afroamericanos o asiáticos, etc., tema que hasta aparecía en algún episodio de Urgencias y o de House. No se trata de conspiraciones, sobornos o manos negras: no hay que atribuir a la malicia lo que explica la estupidez (o sólo la estadística).

Para poder seguir esto, las farmacéuticas, esas compañías tan malas malosas, tiene departamentos de farmacovigilancia que siguen y monitorizan esas incidencias. Son un negocio, cierto, pero ejercen ciertas responsabilidades precisamente para seguir en el negocio y se hallan bajo regulaciones muy duras que ya querríamos para otros sectores de la economía.

viernes, 23 de octubre de 2009

Fiorenza, mein Liebe.*

El año pasado, en Semana Santa, me tomé mis primeras vacaciones decentes y dignas de tal nombre después de séis años, más o menos. No es casual que me hubiese licenciado en Septiembre anterior y que hubiese estado planeando, por lo menos de forma inconsciente, hacer algo así desde que entré a trabajar en el laboratorio de mi universidad el Octubre siguiente. En Enero hice una lista de objetivos para el año (una guía de cosas que esforzarme en conseguir, puede que luego no cumpla todas pero ayuda a mantener una sensación de progresión) y el viaje estaba entre ellos.
En principio no tenía pensado algo ambicioso, quería algo para desconectar, un descanso, y planee un viaje a Viana, en Navarra, villa donde está sepulcrado César Borgia (soy un gran aficionado al Renacimiento italiano y uno no puede comprender la época sin él). La cosa no salió adelante porque el hotel que pensé en principio no me respondió, así que lo dejé pasar y no volví a darle vueltas en un tiempo.

A principios de Febrero, sin embargo, me decidí a subir la apuesta y exploré las opciones de Florencia porque Leonardo (mi jefe de aquel entonces, persona a la que aprecio enormemente y por la que siento un gran respeto; mi maestro, vaya) me había comentado algún tiempo antes su viaje con la familia por Italia (son argentinos y su familia es de origen italiano por las dos ramas, así que se patearon tooooooda la península) y cuando estuvieron en la ciudad del Arno. Le pedí el folleto del hotelito en el que se alojaron y que me dijo que estaba muy bien y lo busqué por internet, hallando el modo de reservar y hacerme, finalmente, el viaje que quería.
Estando a cosa de un mes y una semana de la Semana Santa, envié un e-mail a mis amigos y conocidos con el plan del viaje y una fecha límite de inscripción. Como todos, o casi, respondieron negativamente me ví en la situación de decidir si marcharme yo solo. Después de cosa de un lustro sin un viaje de vacaciones decente la decisión estaba entre quedarme aquí en Semana Santa, con sus nazarenos, sus beatos y todas esas gilipolleces o la ciudad sin la que sería imposible entender la historia italiana, por no hablar del arte universal, desde la Edad Media.

Una decisión muy difícil.
Así las cosas, el 17 de Marzo de 2008 partí hacia Florencia por cortesía del grupo Lufthansa y con escala en Munich. Pasé séis días pateándome la ciudad, explorando, reconociendo el trazado, visitando los museos: la galería de los Uffizi, el museo del Barghello. Me extasié en el Baptisterio de Santa Maria del Fiore, con sus estilos diferentes (clásico, medieval, bizantino, árabe), los jardines del Boboli. Me sentí pequeño e insignificante y me dí cuenta de que mis problemas no eran realmente importantes cuando estuve en esas inaprehensibles maravillas con más de siete siglos que son San Miniato al Monte y la Basilica de la Santa Croce. La experiencia exterior y la experiencia interior se fundieron y tuve una sensación que no había tenido en mucho tiempo: que también te pueden pasar cosas buenas.
Dejando de lado los regalos y souvenirs que me traje (si váis por allí prestad atención a los cuadernos florentinos, una maravilla), el mejor regalo me lo llevé yo al poder disfrutar de una ciudad que, para mí, es sin lugar a dudas lo más hermoso del mundo, un lugar en el que la historia está (es) en cada puñetero adoquín. Y creo que si no hubiera ido solo no lo habría disfrutado tanto. Levantarme a las siete de la mañana todos los días y salir a patearme la ciudad hasta que volvía al hotel a las seis de la tarde (cuando volvía al hotel y echaba un rato con la DS y otro leyendo a, casualmente, Stendhal) y hacer todo a mi ritmo, con mis pensamientos como único compañero, me dio tiempo para prestar atención y absorber lo que veía, escuchaba, olía y sentía. Es cierto que tenía cosas en las que pensar, me preocupaba mi futuro profesional (de una forma que luego he visto que era sintomática) y tuve un par de ocasiones en las que mi moral estuvo por los suelos, pero la enorme belleza de los rincones más insospechados de la ciudad y el arte escondido allí, y una buena comida alejaban lo peor de mi pesimismo obsesivo.

Sin embargo, lo mejor del viaje estuvo al final.

El aeropuerto de Florencia es pequeño y difícil, en términos aeronáuticos, tanto por su tamaño y localización como por la meteorología de la zona (la Toscana viene a ser como el norte de España en su régimen de lluvias, pero es más calurosa en verano). El día anterior a mi vuelta a Madrid, el avión de la subsidiaria de Lufthansa que tendría que haber llegado a Florencia no pudo aterrizar y se desvió a Bolonia, así que cuando llegué al aeropuerto a las seis de la mañana me encontré con la cola de facturación en la que nos informaron que tendríamos que facturar, coger un autobús y ya despegar en Bolonia. La suma del tiempo desde la salida de Florencia más el trayecto hasta Bolonia y que, cuando llegamos allí nos informaron de que la tripulación no había tenido su tiempo de descanso reglamentario desde el día anterior hizo que nos retrasásemos alrededor de tres horas respecto a la salida prevista (de siete menos cinco a diez y cuarto).
Vale, la mayoría de la gente estaría a estas alturas un tanto quemada, sobre todo porque para cuando llegásemos al aeropuerto de enlace (en la vuelta, Frankfurt), la mayoría habría perdido su vuelo correspondiente pero como yo volvía en sábado y había tenido unas vacaciones estupendas, me tocaba la polla todo. Me contentaba con que no me perdieran la maleta y, además, la Lufthansa tuvo la cortesía de pagarnos el desayuno (Iberia, va a volar contigo la Topota**). Como problema adicional, no tenían el catering del desayuno por motivos logísticos, así que repartieron una especie de galleta-bombón sabrosa pero harinosa como un polvorón. El vuelo de enlace, claro, suponía un problema pero cuando llegamos a Frankfurt, a eso de las doce o por ahí, y subimos a la terminal, una funcionaria de físico rotúndamente germánico y germánicamente rotundo nos redistribuyó: los que peor lo llevaron fueron unos yanquis que iban a Dallas-Fort Worth y que tuvieron que quedarse en un hotel hasta el día siguiente, seguidos por unos argentinos que podían elegir si ir hasta Sao Paulo y allí enlazar a Buenos Aires. A mí me habían reservado plaza para el siguiente vuelo a Madrid, el de la una, y allí que fui atravesando la terminal dejándome llevar un poco y botando en las cintas transportadoras.
Pero lo mejor ocurrió en la puerta de embarque, donde un amable empleado de la compañía me indicó que mi plaza había sido asignada en clase business. No se me quitó la sonrisa de idiota en todo el resto del fin de semana, claro. Me habría podido acostumbrar tanto al espacio disponible como a la calidad del menú. Una conclusión de viaje realmente estupenda.


Anécdotas del viaje:

-El jevorro motorista metalero que me pasó en la calle que va a la iglesia de San Lorenzo y que, piercings y pendientes en la cara incluídos, se iba persignando como si de verdad llevara a Satán pegado al culo.
-La yanqui que llevé al lado en el autobús a Bolonia y que iba cabeceando. Me imaginé que al final acabaría apoyándome la cabeza en el hombro y así fue. Pasé medio viaje intentando no reirme ante la situación cuando empezó a revolverse en sueños haciendo ruiditos.
-La Estonia/Letona/Lituana divina de la muerte que llevaba al lado en el avión a Frankfurt y que con toda su amabilidad, mientras me debatía con el envoltorio irrompible de la galleta, me lo cogió de las manos y me lo abrió. Siempre me quedaré con la duda de si ahí había plan o no.
-La parejita de españoles que venía desde Florencia conmigo: al subir en Frankfurt, él, que se debió quedar con mi cara, cuando pasó por la clase business me miró y se quedó con cara de perrito a punto de ser atropellado. Ese momento, amigos, es la definición de Schadenfreude.

*Si el gabacho aquel decía eso de Hiroshima, yo lo digo de Florencia.
**La Topota madre, claro.
***Hoy he tenido la desgracia de que estando tranquilamente disfrutando de mi tiempo libre en un Starbucks de mi elección se me han sentado al lado, poco antes de irme, por el tiempo y por razones obvias, un par de Ricarditos Costa en potencia, un par de pijitos chupapollas adolescentes que se dedicaron a comentar la presencia femenina como si estuviesen en un puto mercado de ganado. Los muy comerrabos me dieron la impresión de que hace setenta años, más o menos, serían un par de flechas, los muy mongos. Que asco me han dado, los muy hijos de puta.

miércoles, 26 de agosto de 2009

On the Emmerald Island + Extra.

He pasado una semana de vacaciones en Irlanda, en Dublín, con mi sobrino, que trabaja allí y he vuelto con mucho mejor ánimo y un buen botín (¡ARRRRRRRRR!).

Mi Botín, sección libros. Encima, los cómics. A la izquierda, los libros de género negro. A la Derecha abajo, los de ciencia-ficción; y a la derecha arriba, los de humor.

Dublín en verano viene a ser como una ciudad del norte de España, sólo que con algo más de viento. La verdad es que la mayor parte del tiempo parece que verano sea una palabra que se les quede grande. Hay días soleados en los que el sol hasta calienta pero poco más. La humedad hace que esos días se hagan incluso desagradables y la lluvia... bueno, no alcanza a ser lluvia de verdad y, además, cae de lado, lo que hace los paraguas inútiles.
Como ciudad turística Dublín me causa sensaciones un poco encontradas. Monumentalmente posee dos estilos fundamentales: neoclásico a la inglesa y gótico irlandés. El primer estilo es lo que todo el neoclásico a la inglesa, una interpretación seca e ignorante de los estilos clásicos grecorromanos que hace que todos los edificios parezcan bancos (cuando los británicos descubrieron, allá por el siglo XVIII los edificios greco-latinos no vieron que originalmente tenían policromías, así que ni se les pasó por la cabeza decorar con un poco de pintura los frisos y otros elementos). No dejan de ser impresionantes, armoniosos y elegantes (como el Banco de Irlanda, el Ayuntamiento, la Casa de Correos, las Aduanas (Customs House), el Trinity College o unas cuantas de las iglesias que hay por allí) pero viniendo de Madrid, el neoclásico no impresiona.
El Gótico irlandés, por su parte, tampoco me acabó de gustar. Son, sobre todo, iglesias, como la catedral de San Patricio o Christchurch, y son estilizadas y se elevan con gracia sobre el suelo pero también resulta un estilo duro. Casi todos los edificios del estilo que he visto estaban levantados en una roca gris, supongo que de origen granítico, y en sus torres parecen combinar el torreón clásico hiberno-británico (con almenas, o un almenado, en los remates y todo) y el pico gótico por encima (mirad esta foto de San Patricio, en la que se aprecia lo que digo). Interiormente, como todo gótico, resulta espacioso y elevado, lo idóneo para alzar el alma hacia los cielos y todo eso. Sería injusto comparar el lugar con Florencia pero, en ese aspecto, también me ha resultado poca cosa.
En lo que no hay discusión es que Dublín es una ciudad con unos parques realmente impresionantes. Desde el pequeño (no tanto) que se halla junto a la catedral al enorme Phoenix Park, no tan grande como la Casa de Campo de Madrid pero suficientemente grande como para albergar poblaciones de cérvidos, pasando por el parque de St. Stephen's Green. Los parques son un elemento de la vida cotidiana de Dublín y realmente se aprecia un cuidado tremendo en ellos.
El resto del estilo urbano de la ciudad es... bueno, muy inglés. Se aprecia la ocupación y la influencia cultural sobre ellos: desde las casas pareadas hasta los trazados de las calles, pasando por la televisión, en la que sólo hay tres canales nacionales y el resto son británicos (el imperio Sky, Virgin, Comedy Central y otras cosas por el estilo). Lo del trazado de las calles, por cierto, es una puta mierda, ya que, por ejemplo, en Madrid, aunque el casco histórico sea revuelto, al menos sigue líneas rectas y es relativamente fácil orientarse, pero en Dublín las calles en curva hacen que dos calles cruzadas puedan terminar en extremos de un arco distantes doscientos o trescientos metros entre sí. Una pesadilla.

Una de las cosas de Dublín que llamará la atención al visitantes es que hay gente de todas partes allí. Pakistaníes en los mercadillos de 24 horas, chinos en las cocinas y empleos en los que no se les ve en España, polacos a puntapala (como taxistas, por ejemplo), algunos rumanos, franceses, españoles, italianos, malayos, caribeños de diferente pelaje... La composición de la población es bastante variopinta y cosmopolita pero la palma se la llevan los polacos, que han llegado a provocar debates parlamentarios sobre la adopción del polaco como tercera lengua oficial en el país.

Un artista caribeño o así. Hermes Conrad, muérete de envídia.
Por cierto, actúa los fines de semana en la esquina
de Grafton Street que da a St. Stephen's Green.

La gente tiene modales (si te bloquean el paso en la calle o en una tienda se escucha un "excuse me", normalmente) y el ambiente es agradable. Salvo cuando van pedo. En mi primera noche allí, unos tipos se cargaron la luna de un coche. Lo que tiene que haya una tienda de licores al lado de la casa de mi sobrino.
Lo que si resulta un contraste fuerte con Madrid es la cantidad de yonquis, su estado y su edad. Por la zona en que vivo en Madrid estoy acostumbrado a ver yonquis alguna vez, no es difícil en el centro de Madrid, pero los de Dublín llaman la atención por su juventud y que, por lo menos la mayoría de los que he visto, no tienen el aspecto de yonqui acabado que tienen por aquí. Eso quizás lo haga hasta más dramático, ya que es ofrece una imagen pero de vida desperdiciada al ser gente que podrían salir adelante en vez de mendigar por la calle. Mi sobrino, además, me comentó que esto era un efecto secundario de la relación tradicional de los locales con el alcohol. Su costumbre de tajarse hasta niveles atroces hace que se atrevan con más facilidad a darle a cosas más duras.
La novia de mi sobrino, por otra parte, me contó que había alguna cosa peor. Ella estuvo trabajando el año pasado en uno de los McDonalds de Dublín, el de O'Connell street, creo. Allí tuvo oportunidad de ver cosas peores que los yonquis: los niños. Con los índices de alcoholismo y drogadicción y que allí, si preñas a una, te casas con ella, los niños de los peores hogares son pequeños sociópatas. Son chavales que con 10 u 11 años no tienen redaños en liarse a tortas con los seguratas de los sitios y a los que pasar una noche en el calabozo no les asusta. Son pequeños salvajes que dan miedo (y, por lo que ví desde la terraza de mi sobrino, lo confirmo).

A los irlandeses, por otra parte, se les nota su orgullo por su cultura y su pasado. Las estatuas a los escritores celebres (Joyce, Wilde, Beckett...) son fáciles de ver y lo aprovechan como excusa turística a la primera de cambio. Es lícito.
Su National Gallery, por cierto, tiene una colección bastante decente. Os lo recomiendo como visita, aunque sea sólo porque es gratis y sirve para echar el día (hay urnas para donar pasta pero allá cada uno. Yo creo que el Caravaggio de el prendimiento de Cristo ya merece un par de eurillos). El Museo Nacional, sección Arqueología e Historia, también es una visita bastante interesante, sobre todo por la colección de oro y los restos vikingos (cuando uno ve cómo vivían, se alegra cada vez más de pertenecer al Mundo Romano).

Como conclusión me gustaría decir que Dublín es un sitio bastante agradable (salvo por el clima) y para pasar unas vacaciones es bastante recomendable, sobre todo por las posibles excursiones en cercanías a Dun Loireagh y otros sitios de la costa (si Madrid tuviese la costa de Dublín a 20 minutos...). Es ideal para tomarse las cosas con calma y descansar, apreciar el ambiente británico sin tener que tratar con los ingleses (en Cork todavía se les puede disparar con un arco a partir de las siete de la tarde, por cierto) y no pasar calor. Eso si, lo de comer está un poco encarecido.

Haciéndome el profundo en Dublín. De esto a ver la última de Coixet, un paso.
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Respondiendo a los comentarios sobre la entrada anterior, por cierto:

Min: hacer la pasta en casa mejora la receta bastante, aunque se tarda más, por el sabor más intenso.

Akatsuko: se puede rebajar la cantidad de chile pero entonces perdería gracia, para mi gusto. De todas formas, en eso no veo problemas.

Bichejo: la gracia está en usar brócoli pero, si te atreves, puedes probar a emplear otra verdura. Quizás con judías verdes o con judías de soja. De todas formas, la verduras son tus amigas, así que no me seas tiquismiquis.