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sábado, 26 de mayo de 2012

Take a Walk on the Wild Side.

De un tiempo a esta parte he venido notando la proliferación en internet de blogs o publicaciones en castellano dedicadas a la divulgación científica de los diferentes campos. Una iniciativa que no es que haga falta ahora, es que siempre ha hecho falta en un país en el que la ciencia, la investigación y la innovación siempre han estado en el último lugar de la cola de prioridades, si es que han aparecido en ella. La divulgación es el comienzo, la base, sobre la que se puede formar a los escolares (y a los adultos curiosos, claro) en el funcionamiento, los objetivos y los logros de la ciencia. Es la forma de contar qué es lo que ocurre en la Torre de Marfil en la que la comunidad se refugia demasiado a menudo, perdiendo la perspectiva de que hay cosas más allá de publicar en ésta o aquella revista, que se nos acaban los fondos o éste o aquel tema oscuro en el que uno se ha especializado. O dicho de otro modo: es un recordatorio de que la ciencia es un principio, no un fin.

Sin embargo, tengo serias objeciones al tono que toman algunas veces, demasiado autocomplaciente y autocongratulatorio con los logros. Quizá sea también cosa mía y mi gusto por ser un aguafiestas pero siempre hace falta transparencia y autocrítica, especialmente con racionalidad y desde el interior, porque si no hay que prepararse para soportar los ataques de los reaccionarios, los ignorantes y los malintencionados que montan cruzadas contra el progreso tecnológico, sean de base religiosa o neohippie.

Por eso, quiero hacer aquí una entrada aclaratoria sobre uno de los aspectos perversos de la investigación en biología: la guerra biológica.

Un poco de Historia.

El antecedente canónico de uso militar de agentes biológicos registrado fue el lanzamiento con catapulta de cadáveres de fallecidos por peste bubónica en el asedio tártaro de la colonia comercial veneciana de Caffá (Teodosia) en Crimea. Aunque esto resulte, de entrada, bastante repugnante, no es muy seguro que fuese la vía de contagio de la peste fuese ésta, ya que el vector (organismo que transmite una infección sin sufrirla) de la bacteria, Yersinia pestis, es la pulga humana común, Pulex irritans, que suele ir montada en ratas y es más razonable que las ratas que merodeasen en el campamento tártaro acabasen por colarse en la ciudad, donde el espacio cerrado hizo el resto. Sea como fuere, la cosa funcionó en lo que respecta a la toma de la ciudad: la Horda de Oro se apoderó del lugar, los venecianos que pudieron huyeron a Europa y el resto, gracias a las costumbres higiénicas deficientes en la Europa post-romana (la primera defensa frente a las pulgas es lavarse) y la población reducida de gatos domésticos, ya nos lo sabemos todos.  

Hay otra referencia de cierta forma de guerra biológica entre los habitantes del Ponto, en el norte de la península de Anatolia, que tenían como costumbre recoger miel elaborada por las abejas a partir de los rododendros de la región. Esta miel era venenosa y queda constancia de ello en la Anábasis de Jenofonte y en los registros de las campañas de Cneo Pompeyo Magno en la región.

El punto clave para la cientifización del uso de agentes biológicos en aplicaciones militares, sin embargo, viene con el surgimiento de la teoría de los gérmenes de Pasteur y con la microbiología. Sin el conocimiento, estudio y aislamiento de los agentes causales se carece de las bases para poder usarla de forma fiable y, lo que en cierto modo es más importante, para industrializarla. A partir de ese momento, se producen verdaderos avances en la investigación, si bien su uso ha resultado limitado, debido a que se han conocido mejor las dificultades de su gestión efectiva.

Básicamente, los programas de guerra biológica sólo toman un desarrollo realmente significativo a partir de los años 20 del siglo XX. Durante la Primera Guerra Mundial, las estrellas fueron los diferentes gases empleados por las potencias de ambos bandos, que demostraron ser idiosincráticos y tener manías raras, como cambiar de dirección con el viento, por ejemplo. Es de imaginar, claro, que la idea de liberar un agente que, además fuese contagioso y pudiese saltar de la tropa enemiga a la propia no debió gustar mucho, sobre todo habida cuenta de las condiciones de hacinamiento e insalubridad presentes en las trincheras del frente, con su humedad, sus hongos, sus ratas... Hasta el médico con las nociones más elementales de epidemiología habría soltado una colleja al general con una idea parecida.

Los nazis, esos malos tan monstruosos y tan de libro, gente a quienes podríamos haber achacado una idea tan peligrosa y tan malvada como el uso de agentes infecciosos, no tuvieron un programa digno de mención (cierto, desarrollaron tres organofosforados neurotóxicos funcionales a bajísima concentración, efecto rápido y dispersión también rápida, el sarín, el tabún y el somán, pero no los utilizaron por el pánico de Hitler a que los aliados hicieran lo mismo; un raro ejemplo de sensatez hitleriana). Fueron los británicos y los canadienses quienes, en preparación frente a esa posible amenaza, desarrollaron sus propios programas, llegando a armamentizar* el carbunco (Bacillus anthracis), la brucelosis (Brucella spp. , conocidas como fiebres de Malta) y el botulismo (Clostridium botulinum). 

Si miramos a oriente, no obstante, allí los japoneses, ya desde los primeros años 30, demostraron una crueldad y una monstruosidad sin precedentes. Si los alemanes industrializaron la muerte en los campos de exterminio (Vernichtungsläger), deshumanizando a las personas hasta hacer de ellos materia prima, los japoneses convirtieron la china ocupada en una gigantesca placa de petri. Por poner un ejemplo, no creo que el más horrible de todos, uno de los procedimientos consistía en abrir heridas en las extremidades a prisioneros de guerra que posteriormente eran infectadas con un inóculo de esta o aquella bacteria para promover la gangrena. El prisionero, en esa fase, era dejado al aire libre en condiciones que favoreciesen la congelación de la herida para poder estudiar el progreso de la patología. Desarrollaron bombas de pulgas, por cierto, que incluso planearon, y no sé si llegaron a, utilizar contra los Estados Unidos. La unidad 731 fue la más conocida de las que realizaron este tipo de experimentos pero no la única y es muy notable que, si los alemanes han reconocido los crímenes del nazismo hasta la extenuación, los japoneses aún no y entre la población general estos episodios son objeto hasta de cierto grado de negación. 

Después de la Segunda Guerra Mundial los soviéticos y los americanos (fundamentalmente, aunque es lógico que británicos y franceses también), arramplaron con todo lo que pudieron de ambos nazis y japoneses (si bien en el caso de los japoneses es especialmente infame el retiro dorado de la mayoría de sus miembros, que lograron entregarse a los estadounidenses) y desarrollaron sus propios programas, que darían para muchas entradas como esta, aunque baste decir que uno de los principales clientes de todo esto fue Saddam Hussein. 

Que conste que, aunque no era un programa militar ni con fines de armamentizar el "bicho", hay algun proyecto de investigación que algo de guerra tiene por ahí.

Cómo funciona esto.

Usar agentes biológicos para fines militares no es fácil, por lo menos en lo que se refiere al patógeno entero, otra cosa son toxinas o productos derivados que no tienen vida, pero, para empezar, cualquier cosa viva tiene un margen de incertidumbre que rebaja su fiabilidad para el uso bélico.

El problema fundamental, aquel en el que todos los que han usado o querido usar agentes biológicos se han topado con el primer obstáculo es el riesgo propio de exposición. Se trate o no de agentes contagiosos, el material biológico tiene la manía de contaminar y proliferar. Esto vale para bacterias, virus, hongos, parásitos e insectos y no hay forma de rodearlo: si no tienes una vacuna, un contraagente o un medio de prevención, estás jugando con fuego y más vale que lo dejes estar. No sería una buena idea que tus tropas ocupen el territorio enemigo y vuelvan a casa trayéndose algo muy malo que luego acabe con tu población civil cuando te las dabas por victorioso. Añadamos en este epígrafe la capacidad de mutación de cualquier organismo vivo y la idea de que se tiene al "bicho" bajo control se diluye muy rápidamente.

El segundo problema es puramente tecnológico: la liberación. Diseminar un gas es relativamente sencillo, tienes un cilindro o bombona y lo abres cuando está el viento a favor o empleas un proyectil para mortero especial. Sin embargo, si se trata de un agente biológico, tienes que tener en cuenta que está vivo: no puedes emplear altas temperaturas o explosivos y, en caso de no formar endosporas, necesitará estar en algún tipo de fase acuosa para estar activo. Es un problema de ingeniería bastante cabrón. 

Otro de los problemas es la armamentización propiamente dicha del agente biológica. Todos los patógenos tienen dos características: virulencia y contagio. La virulencia indica cómo de patogénico es el agente, cuán dañino e invasivo es en el hospedador. El contagio, o la facilidad de contagio, hace referencia a cómo de transmisible es el agente biológico. Si uno emplea un agente derivado o inerte, no es probable que se transmita, por motivos obvios, pero en cuanto recurres a un agente vivo, la probabilidad de contagio aumenta en tanto pueda utilizar más vías de paso de un hospedador a otro y del número de hospedadores en los que pueda alojarse, haya o no patogénesis. De esta forma se comprende que un virus como el de la gripe, transmisible por vía aérea y que puede residir en aves así como en humanos y otros mamíferos sea un ganador nato en términos de contagio. Lo que ocurre es que, normalmente, virulencia y transmisión son inversamente proporcionales. Es decir: cuanto más mortífero es un agente biológico, más difícil es que se transmita con éxito.

Esto último es un hecho observado y conocido que tiene su lógica cuando uno estudia la epidemiología de los paráisitos. El ideal de todos los patógenos es alcanzar la estabilidad del parásito: ocupar su hospedador y vivir de él sin causar perturbaciones graves que comprometan su multiplicación y transmisión a nuevos hospedadores de generaciones posteriores. Por eso mismo, un virus como el ébola, que causa la muerte en tiempo relativamente breve, causando hemorragias y se transmite a través de la sangre, tenderá a evolucionar naturalmente hacia variantes que sean menos mortales, no comprometan la movilidad del hospedador y resulten menos obvias en sus signos externos. 

De este modo, a la hora de escoger un agente biológico hay que formar un criterio sobre el objetivo. No se trata ya sólo de que uno pueda desarrollar un programa defensivo para generar antiagentes, vacunas y antídotos frente a aquellos agentes que se sepa o se sospeche que puede manejar un potencial enemigo, se trata también de determinar qué se quiere hacer con los que uno puede desarrollar de forma ofensiva. Aunque el armamento biológico puede ser un arma de destrucción masiva y un elemento de terror, algo que despierta la imaginación y el miedo del enemigo, lo cierto es que, por lo expuesto más arriba, su mayor utilidad reside en el daño económico que pueden causar (el carbunco, por ejemplo, es perfecto contra el ganado, lo que puede machacar la economía de un país) o en el colapso de la infraestructura sanitaria (que de por sí vendría acompañada por pánico, colapso social y económico...). 

Aunque el uso de la tecnología para fines destructivos, del mismo modo que con las armas nucleares, no ha sido el fin de la ciencia en sí, es cierto que sin la colaboración necesaria de los científicos que han participado en ello no se podrían haber desarrollado estas aplicaciones. La decisión y la implicación ética de los científicos que han colaborado en el desarrollo de estas armas puede tener las coartadas morales que uno quiera pero salvo por los resultados colaterales de vacunas y mejora de la lucha contra estos patógenos, éste es sin duda uno de los rincones más oscuros de la investigación en biología y conviene recordarlo para tener claro que los científicos no somos los espíritus puros que siempre querríamos ser.  

*La traducción que uso yo, porque me da la gana, de weaponization.



martes, 24 de agosto de 2010

La Carga de Pickett.

A nada que hayáis leído el blog más de un par de veces tendréis idea de mi afición por la historia en el aspecto militar. La historia militar justifica la mayoría de las veces a Carl von Klausewitz y su aforismo de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. En ese sentido, la guerra como acción no tiene sentido desconectada de la dimensión política y económica de los participantes: las motivaciones son políticas (lo que tiene que ver con la forma de estado a su vez: no son las mismas causas la guerra promovida por unos intereses de una monarquía que por un estado democrático, aunque en ocasiones el componente económico-territorial ser muy fuerte) y las limitaciones son las que impone la economía (una guerra, normalmente, está ganada o perdida según los recursos que pueda movilizar el estado, lo que explica los resultados de la Segunda Guerra Mundial para Japón, especialmente, y para Alemania, al fallar en la captura del Caucaso y los campos petrolíferos de Bakú; o los de la Guerra de Secesión).
Yendo al terreno táctico, a la escala de las batallas y los hombres que en ellas participaron, por otra parte, se pueden contemplar numerosos ejemplos de valentía desesperada (la maniobra de los griegos en Maratón fue tremendamente arriesgada, dada la desigualdad de fuerzas y la distancia, unos 200 metros, a recorrer cargados con el equipamiento completo del hoplita), sentido del deber abnegado (los marinos españoles luchando hasta el fin mientras los franceses, empezando por el almirante Villeneuve, se desentendían del asunto) y de una estupidez desmesurada (el caso de la carga de la Brigada Ligera es especialmente sangrante: la gesta fue el producto de una mala interpretación de órdenes deliberada por parte del Earl de Lucan instigada en buena medida por el desafect que le tenía a su cuñado, Lord Cárdigan, comandante de una de las unidades de caballería bajo su mando). Sin embargo, también hay casos que no acaban de quedar claros, como el de la Carga de Pickett, ocurrida en el último día de la Batalla de Gettysburg.
La batalla de Gettysburg duró tres días y enfrentó a lo mejor de la Confederación, el ejército del Norte de Virginia, comandado por Robert E. Lee, con varios cuerpos de ejército del ejército del Potomac de la Unión dirigidos por el general George G. Meade. Meade no logró la fama o el reconocimiento que lograron otros generales de la Unión, como Sherman (por lo implacable) o Grant (por su combatividad y dar la puntilla al ejército confederado) pero en Gettysburg resistió y frustró la última ofensiva estratégica de la Confederación (de hecho se estableció aquí lo que se denomina la High Water Mark de la Confederación, el punto al que más lejos llegaron los sudistas). En cambio, Lee tiene prácticamente aura de santo para muchos estadounidenses y su reputación como general es algo que resuena en miles de biografías que rozan lo abiertamente hagiográfico. Es, precisamente, la Carga de Pickett, lo que pone en cuestión hasta que punto Lee era un oficial tan brillante como se le considera.
Esencialmente, la carga de Pickett consistió en una maniobra de asalto frontal de infantería de las líneas de la Unión para forzar y romperlas. Esto ocurría en el tercer día de la batalla de Gettysburg, después de que en los dos días anteriores hubiesen tenido lugar duros combates. Las líneas de la Unión en el punto de asalto, en el centro del despliegue sobre el campo de batalla, se hallaban razonablemente bien atrincheradas y disponían de la protección de varios elementos del terreno, como un muro lindero de piedra y vallados de los campos en que se encontraban.
El plan de asalto confederado era simple como un cubo boca abajo: un bombardeo preparatorio de la artillería precedería a la salida de las unidades confederadas del bosque en el que se hallaban a cubierto. Las tres divisiones de la Confederación cruzarían los tres cuartos de milla que les separaban de las líneas de la Unión y contactarían con las líneas nordistas por el centro, que combatirían para alcanzar y tomar la Colina del Cementerio (Cemetery Hill), objetivo del día anterior.
Teniendo en cuenta que el terreno entre el bosque en el que se hallaban protegidos y el Muro de Piedra estaba despejado y que los federales se hallaban bien atrincherados para poder disparar contra ellos, el resultado era de esperar y hasta el mismo general Longstreet, mano derecha de Lee en la batalla, expresó su opinión al respecto:

General, I have been a soldier all my life. I have been with soldiers engaged in fights by couples, by squads, companies, regiments, divisions, and armies, and should know, as well as any one, what soldiers can do. It is my opinion that no fifteen thousand men ever arrayed for battle can take that position.

(General, he sido un soldado toda mi vida. He estado con soldados envueltos en luchas por parejas, por escuadras, compañías, regimientos, divisiones y ejércitos, y debería saber, tan bien como cualquier, lo que los soldados pueden hacer. Es mi opinión que no hay quince mil hombres dispuestos para la batalla que puedan tomar esa posición.)


Las unidades confederadas sufrieron alrededor de un 50% de bajas y fue un golpe psicológico del que ni la Confederación ni Lee lograron recuperarse. Las esperanzas del general que había vencido a la Unión tantas veces antes se demostraron excesivas frente a una situación en la que el enemigo estaba resuelto a resistir y tenía una posición sobre el terreno de ventaja para el enfrentamiento. Sencillamente, puede decirse que Lee fracasó de puro éxito.
Además de sus efectos inmediatos sobre la moral y la resolución para luchar del ejército confederado, la carga de Pickett se convirtió en uno de los elementos que han sido estudiados y revisados en cientos e incluso miles de libros sobre la batalla y uno de los totems de los defensores de la Causa Perdida de la Confederación. Como tantos otros momentos dispersos de valor, desesperación, estupidez o crueldad, se convirtió en una llamarada de gloria, un mito histórico al que aferrarse para reclamar una identidad colectiva.