viernes, 8 de octubre de 2010

Envidia.

La envidia es un sentimiento malo, muy malo. Pueden hablar de envidia sana, del estímulo que supone para emular a alguien que consideramos que está en mejor posición que nosotros, pero la envidia, la envidia de verdad, corroe porque va de la mano de la codicia, de querer lo que tiene el otro. La envidia, se mire como se mire, es un problema para las personas. Y como el primer paso para resolver un problema es reconocerlo, eso es lo que haré aquí, reconocer dos (ya introduciré el otro luego) problemas que tengo a día de hoy.

El lunes me llamaron para un curso al que me había apuntado de los de formación para el desempleo, que dan en la UPM, uno de programación. Al principio no fui seleccionado pero como a una de las personas la cogieron para un empleo y me tenían como suplente, al final ahí estoy, en una de las facultades de la Ciudad Universitaria chupando cinco horas diarias de programación, para empezar, en C++ y en unas semanas, en JAVA. Tengo que decir que se nota diferencia de nivel entre mis compañeros y yo y que mis bases son de risa comparadas con las de ellos. Es lo que tiene estar rodeados de ingenieros de diversos pelajes y hasta de arquitectos pero bueno, aunque tengo la sensación de avanzar entre el barro, por lo menos avanzo, que ya es algo.

La cuestión es que, después de tanto tiempo (porque ya he pasado por allí varias veces a lo largo de mi vida) he tenido que admitir algo que llevaba dentro: aborrezco la Ciudad Universitaria. Me parece que se ha convertido en una especie de parodia de lo que era en su idea original. Es como un animal de compañía que al principio era perfecto, mono, alegre, juguetón y con el tiempo se ha transformado en una bola de grasa abotargada a la que le cuesta hasta respirar sin asfixiarse por su propio peso. La C.U. soporta un tráfico que hace que pase de ser un campus en condiciones a un trozo más de Madrid, con su aborrecible organización viaria y pésima circulación. A eso hay que añadir que para sus dimensiones sólo hay una estación de metro propiamente en el área de facultades y todo está a tomar por culo entre sí.

Pero eso no tiene que ver con la envidia directamente... No, lo de la envidia es una consecuencia de volver a pasar por la C.U. (aunque creo que a estas alturas hubiese sido normal en cualquier universidad). Lo de ir a una de las facultades en la C.U. hace que de lunes a viernes vea a la fauna estudiantil universitaria y se me forme una especie de bola de material negro, espeso y amargo que gira y se retuerce sobre sí misma, haciendo que apriete los dientes a veces con tanta fuerza que casi se me salta el esmalte. No es (sólo) el pijerío habitual de la C.U., que a menor escala también tenía visto en Alcalá, es la sensación que tengo ahora, estando en el "mundo real", de aborrecerles por vivir en ese limbo que es estar en la universidad, esa especie de Torre de Marfil en la que, salvo raras excepciones, sus objetivos vitales son pequeños y tan artificiales como artificiosos. Envidio esa realidad apacible en la que no ven más allá de licenciarse y pasar asignaturas y a la vez lo aborrezco por ser una especie de inocencia que surge de la ignorancia y por la que se permiten vivir en la inopia. Lo sé porque estuve ahí hace mucho tiempo.

Sin embargo, no voy a dejar aquí lo de la envidia. Ahora vienen los motivos para generarla. Hace unos meses (allá por Mayo, creo) comentaba que el Teatro Real ofertaba abonos para jóvenes (30 años o menos) por 90 euros, que cubrían tres representaciones. Pues el miércoles pasado estuve en el Teatro Real con Ñita y su novio. Fuimos a ver the Rise and Fall of the City of Mahagonny, de Kurt Weill con libreto de Bertolt Brecht (adaptada al inglés), en un montaje artístico de dos de los componentes de la Fura dels Baus. En butacas de patio. De la tercera fila.

Tengo el convencimiento de que la elección de esta obra para estos abonos no fue para nada casual. Si se trataba de ofrecer una serie de obras que atrajeran la atención de los jóvenes hacia el mundo lírico, que tiene una imagen tradicional de antiguo y obsoleto, esta era sin duda una obra muy apropiada, tanto por su actualidad (en el sentido de que fue escrita hace ochenta años, no tanto tiempo y a la vez en su argumento) como por su acabado formal. Los últimos dos años han puesto el contenido de la obra en primer plano y los de la Fura se han lucido poniendo en pie un montaje que va directo a la mandíbula empleando una iconografía que resulta tan evidente como hiriente contra el objetivo contra el que se lanzó la obra.

Todavía la estoy digiriendo a nivel intelectual y emocional, no ya sólo por las metáforas que encierra sino también por los elementos del montaje y, sobre todo, porque tanto el Teatro como la Ópera comparten algo que me mete dentro y hace que suspenda mi incredulidad con una facilidad tremenda: en ambos medios no se pueden hacer trampas. En Cine y en Televisión la necesidad del montaje (originalmente un producto de la limitación física de rodar con bobinas de película de un metraje limitado) se convierte en una virtud del estilo y expresión del film pero a la vez introduce trampas, porque una escena puede filmarse varias veces hasta que sale "bien". Esto resta profesionalidad al actor que sólo se ha formado en estos medios ya que puede permitirse mayor laxitud a la hora de meterse en el papel, al contrario que en teatro y ópera, donde sólo puede salir bien en el momento. Además la secuencialidad no se rompe: en el escenario ocurren cosas todo el tiempo, incluido el segundo y el tercer plano y por tanto el coro y los figurantes deben actuar todo el tiempo y hacerlo con naturalidad, porque no importa que el público esté centrando su atención en los protagonistas: si se fijan en ti y no estás metido en la escena, se rompe la magia.

El miércoles, sin ninguna duda, y a pesar de la crisis alérgica de la soprano, Jane Henschel, todo salió como debía salir y la ovación fue cerrada, constante y larga. No sé si en días anteriores el reparto tuvo una acogida tan cálida pero desde luego se lo merecían. Mención especial a Willard White, un bajo soberbio. Y, permitiéndome la nota frívola, debo decir que las chicas del coro estaban muy buenas (o por lo menos a mí me lo pareció pero puede ser que con cómo me dejo llevar con estas cosas lo magnificase un poco).

2 comentarios:

Bichejo dijo...

Por partes

- envidia: fatal, y una pérdida de tiempo, pasarse la vida comparándose con otros es de gente muy poca lista

- curso: bien por ti, aprende mucho

- ópera: ni idea...he ido un par de veces y no consigo que me enganche.

Superflicka dijo...

Me encanta la ópera, pero por el momento en CD... Sólo he podido verla en directo, aquí en Píter, y fue una decepción. Mi acompañante, que estudia en el conservatorio, dijo que directamente era una versión mala de la Traviata, o sea que no fue percepción mía. El teatro era pequeñín, las puesta en escena penosa, y algún gallo sí que oí. Así que tengo ganas de volver a España y ver una ópera de verdad.

Sí, señor, nevidia me das.