viernes, 18 de septiembre de 2009

Vosotros estáis muertos y yo estoy vivo.

En la última entrada comentaba la ola de éxito de las novelas de Larsson y el contraste con la serie negra clásica y los elementos canónicos del género. De pasada mencioné a Phillip K. Dick, uno de los escritores fundamentales del género de ciencia-ficción en Estados Unidos durante los años 60 y 70 como un ejemplo de escritor en los que la personalidad del autor permeaba las páginas de su obra. En esta entrada voy a explicar la referencia tan bien como pueda.
Philip Kindred Dick nació en Chicago en 1928. Su nacimiento fue prematuro y simultáneo al de una hermana melliza que nació en el mismo día en que vieron la luz. Este evento formaría parte de la idiosincrasia literaria de Dick en la forma del “gemelo fantasma”. Después de mudarse a California, los padres de Dick se divorciaron y fue su madre quien obtuvo la custodia. Sin duda, la presencia materna categórica también se convirtió en un elemento cuasi-constante de las historias de Dick en la forma de femmes-fatales.

La formación literaria de Dick, en sentido académico, no llegó a ser muy completa. Aunque entró en la universidad de Berkeley para conseguir un título en filología alemana, nunca llegó a completar una titulación, entre otras cosas por ciertas asociaciones al servicio militar imperantes en aquel momento. Fue durante aquella época, a finales de los 40 y principios de los 50, cuando comenzó su producción literaria. Inicialmente, Dick se centró en la novela estricta, sin embargo, no consiguió despegar y sólo llegaría a publicar en vida una obra para el público general, Confessiones de un Artista de Mierda.
La producción de Dick dentro de la ciencia-ficción, no obstante, fue más exitosa, comenzando por historias vendidas en los años 50 a los pulps y recibiendo un espaldarazo de reconocimiento por el Hombre en el Castillo, más en el terreno de la ucronía y la ficción especulativa, que fue reconocida con el Premio Hugo en 1963. En años posteriores, Dick sería premiado varias veces con el Premio Nebula y nuevamente con el Premio Hugo en 1975 por Fluyan mis Lágrimas, dijo el Policía. La mayoría de sus obras, sin embargo, eran publicadas por editoriales de bajo fuste, lo que hacía que Dick viviera de su trabajo como escritor pero con penurias económicas casi constantes. Como respuesta, intensificó su ritmo de trabajo a costa de sostenerse días enteros sin dormir mediante anfetaminas.
En los años 70, a consecuencia de su uso de los estimulantes, Dick entró en una fase en la que sus facultades mentales y su obra, se vieron afectadas. Sus intereses derivaron hacia la teología, la filosofía, la religión y, especialmente, el gnosticismo. En cierto momento, hacia 1974, Dick entró en una etapa de iluminismo y paranoia en la que se consideró a sí mismo contactado por entidades extraterrestres que le enviaban mensajes directamente, algo que reflejó en sus novelas VALIS y Radio Libre Albemut narrándolo con un escalofriante desdoblamiento.

Dick, en 1982 sufrió un infarto cerebral tras el que entró en coma. Después de varios días sin respuesta en el electroencefalograma se le desconectó del soporte vital. Su padre llevó sus cenizas hasta su lugar de descanso, una tumba anexa a la de su hermana fallecida al poco de nacer.

La obra de un escritor es un reflejo del mismo, algo en lo que todo el mundo puede coincidir. Si bien un escritor puede no tener experiencia directa de aquello sobre lo que escribe (si no, la mayoría de escritores criminales estarían tras las rejas), su personalidad, sus experiencias, sus obsesiones, sus complejos, sus glorias y miserias, grandes y pequeñas, influyen en su obra, ya sea en los temas, en el estilo o en la composición. El escritor se manifiesta porque cuenta la historia como él la cuenta, con todos los detalles que eso implica. Pero en el caso de Dick no hay un estilo estricto.
La mayoría de estudiosos considera que Dick no llegó a cuajar como novelista mainstream debido a que no tenía un estilo propio. Su narración suele ser funcional, práctica, sin alardes descriptivos y con un uso justo de los adjetivos. No puede hablarse de una construcción de su prosa que manifieste su personalidad pero, a pesar de todo, Philip K. Dick causa un efecto estilístico a nivel psicológico. ¿Por qué? La causa radica en la presencia ominosa, y aún agobiante, de sus temas y obsesiones preferidos.
La figura de la femme-fatale que mencionaba más arriba, aparece de forma reiterada, por ejemplo, como Rachel Rosen en ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?, por ejemplo, o Pat Conley en Ubik, pero es secundario, en todo caso, en comparación con el peso de otras dos cuestiones esenciales para Dick: la identidad personal y la realidad. En casi toda la obra de Dick, la interdependencia existente entre ambos conceptos es obsesiva o casi: en ¿Sueñan…? Deckard se retuerce en las dudas de su propia identidad al hallarse frente a los Nexus-6 con recuerdos implantados y su actitud frente a ellos, tan carente de empatía como la de los mismos androides en relación a los humanos y los animales.* Los eventos de la novela reforzarán esa misma cuestión al plantearle una realidad que no debería ser. En Ubik, por otra parte, las incongruencias en el tiempo y las actividades de los psíquicos ponen también en entredicho la definición de la realidad para el protagonista. En ambos libros la identidad del personaje se pone en entredicho por una realidad, supuestamente inmutable, que entra en conflicto con sus recuerdos y su concepto de quienes son ellos mismos: la percepción de la realidad les define a ellos tanto como ellos definen su realidad.

Por otra parte, las cuestiones de la religión entran también en el mismo saco, ya que, para Dick, Dios entra a ser el eje inamovible que podría definir la realidad de forma absoluta, terminaría con las crisis de identidad y con la enorme sensación de miedo, de paranoia, que flota en la narración. En Laberinto de Muerte, la presencia de lo divino es el elemento conclusivo para la crisis de identidad y para el miedo. Este esquema, lógicamente, se manifestó de forma aplastante en VALIS y en Radio Libre Albemut, donde resulta sobrecogedor asistir al deslizamiento de Dick hacia el disociamiento de personalidad y su convencimiento de que la realidad que percibía encubría otra realidad enteramente distinta en la que el Imperio Romano nunca había terminado y en la que el cristianismo formaba una resistencia activa. No creo que sea demasiado casual que esta etapa fuese posterior al caso Watergate y a la salida a flote de la podredumbre del COINTELPRO del FBI, por otra parte. En cierto modo, la psique de Dick estaba interpretando los eventos de la realidad adaptándolos a su marco mental. Sufría de paranoia por las anfetaminas, si, pero su paranoia tenía método y operaba de forma muy literaria.

Lo fundamental de la obra de Dick, pues, es ese reflejo de una sensación de los hombres de su tiempo. El análisis crítico de su obra ha llevado a los especialistas a un acuerdo en que, si bien Dick no era un buen escritor, estilísticamente hablando, si que era un gran escritor como cronista de las sensaciones de su tiempo. Su obra refleja una sensación de paranoia, de dislocación de la identidad del individuo en el mundo del siglo XX y, especialmente, en la sociedad estadounidense. Las raíces de esa sensación deberían, si no lo son o han sido, objeto de un estudio serio pero es innegable que estaban ahí y es poco o nada casual que las generaciones posteriores, los hijos de los baby-boomers, revelasen esa inquietud existencialista en los movimientos de los años 60, ya que después de la Segunda Guerra Mundial y sus horrores, había muchas nociones sobre el ser humano que habían quedado en suspenso (¿cómo era posible digerir con valores previos la industrialización de la muerte que se había llevado a cabo en la Alemania nazi?). Creo que Dick es una fruta tardía del mismo árbol que dio el Horror Cósmico de Lovecraft: las circunstancias cambian, el Angst es el mismo.
Sin embargo, la mayor prueba de la tremenda sombra de Dick en sus libros, de su impronta en su obra, está en las adaptaciones fílmicas de su obra. Desde Blade Runner a Minority Report pasando por Desafío Total, en todas ellas está esa sensación del indivíduo corriente atrapado en una situación kafkiana en la que pierde el sentido de su identidad y se convierte casi en una víctima de las circunstancias. En todas ellas flota esa sensación de ambigüedad, de paranoia y desconocimiento sobre los límites de la realidad y si de verdad uno es uno mismo. De alguna forma, no importa quién las adapte, Ridley Scott, Paul Verhoeven, Steven Spielberg, Dick está presente, más que como un fantasma, como una presencia inevitable, una consecuencia necesaria de la historia. Philip K. Dick es más grande que su obra y, como en el título sobre su biografía, está vivo.

*El mismo Dick, durante las proyecciones de los primeros montajes de Blade Runner admitiría que su idea no tenía que ver con el jugo que le había sacado Scott al guión de Hampton Fancher y David Peoples en la película; su idea original iba más por el análisis de indivíduos carentes de empatía, como los nazis de los campos de exterminio, pero quedó muy satisfecho con la interpretación de la historia.

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4 comentarios:

Biónica dijo...

Me mataréis, pero aún no he visto Blade Runner. Me leí el libro antes. No preocuparse, que la tengo pendiente.

Por lo demás es un post súper interesante, me gusta relacionarlo con lo que le he leído :)

Bichejo dijo...

Yo no te mataré, porque ni he visto la película, ni me he leído el libro...es que no consigo que me termine de gustar la ciencia ficción...y ahora me matarán a mí!!!

AkaTsuko dijo...

Tras enterarme de eso del estado mental de Dick en la elaboración de VALIS y Radio Libre Albermut, se han colocado en mi punto de mira. Su lectura debe de ser bastante interesante, a la par que inquietante.

Illuminatus dijo...

Biónica y Bichejo: vergüenza os debiera dar. Y que conste que no os tengo en cuenta que ni siquiera sabréis que hay por lo menos cinco montajes diferentes.

No, en serio, tenéis que verla para saber lo que es poesía visual y comprender que Ridley Scott tuvo una época mejor en la que dirigía maravillas como los Duelistas o Alien, peliculones por los cuatro costados. Blade Runner no es sólo una película, es una experiencia vital muy a pesar suyo (tuvo la tira de problemas y tiene una maldición asociada a las marcas que salen en pantalla, además).

Akatsuko: son libros muy heavys. No me siento con libertad de promocionarlos, ya que, como digo, Dick no era un buen escritor, realmente. Lo que ocurre es que, como en todo lo suyo, su personalidad se superpone a las cuestiones narrativas. Si definitivamente los atacas, simplemente leelos con calma porque en algunos momentos pueden arrastrarte dentro de su lógica.